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Deportes - Literatura

08-02-2020

Una chantada

*Por Agustín Hurtado

Séptima entrega de las historias y pensamientos de Mardones.

Mardones decidió salir a caminar un poco para tomar aire. Nunca le gustó el ritual que implicaba un velorio y todo se volvía más denso si se trataba de un familiar cercano. Primero porque lo invadía su vieja amiga la nostalgia, que en exceso, se convierte en una carga pesada. Pero por sobre todas las cosas, le molestaba la muerte. Le jodía no poder entenderla y para un tipo que es más racional que Descartes, no hay peor cosa que no poder comprender algo.

 

Consideraba que las cosas pasaban en el mundo de manera pragmática. No creía en cuestiones como el destino y la religión, no eran lo suyo. Para él Los acontecimientos de la vida humana dependían de acciones humanas. Pero esa mirada tan terrenal se caía cuando aparecía la "parca". La muy jodida lo obligaba a pensar que "había algo más". No podía ser que después de la muerte no hubiera nada, que alguien simplemente hubiera dejado de existir. De golpe y porrazo, una persona pasaba del ser a la nada.

 

 

En esas tribulaciones andaba cuando se dio cuenta que la caminata había sido a ritmo acelerado. En poco tiempo recorrió varias cuadras y se encontró en cercanías del río. Allí, dio con un grupo hombres que jugaban a las bochas, algo tradicional en el paisaje riocuartense y pensó que indagar en el origen de ese deporte que subsiste dentro de la cultura argentina podía ser una buena manera de distraerse. Sacó el celular del bolsillo y aprovechó los beneficios del internet móvil.  

"¿Alguna de estas personas sabrán que están jugando el mismo deporte que los filósofos griegos o emperadores romanos?", se preguntó Mardones luego de descubrir que los primeros antecedentes de las bochas se remontan a 5.000 años atrás. Los helénicos empezaron a jugarlo en el Mediterráneo y los hijos de Rómulo y Remo lo desperdigaron por su vasto imperio. Así, en la edad media, la disciplina ya estaba totalmente arraigada en el "viejo continente" y la expansión ultramarina de los europeos hizo que llegara a los otros continentes.

 

 

Los españoles lo trajeron al Río de la Plata. Los nativos y los criollos lo aprendieron rápido y se convirtieron en hábiles jugadores. Río Cuarto tiene y tuvo grandes exponentes bochofilos. En una costumbre bien argentina  de relacionar todo con el fútbol, al recordado Gino Molayoli le pusieron el "Maradona" de las bochas, para dar cuenta su talento.

El estereotipo, la manera más básica que tienen las personas para clasificar el mundo, le otorgó a las bochas en los últimos tiempos, la etiqueta de "deporte de viejos". Una calificación que no reconoce la renovación constante que tiene la disciplina. Sólo así podría explicarse su subsistencia a lo largo de las épocas.

 

 

El objetivo del juego es sencillo. Se trata de obtener más puntos que el otro, arrimando bochas al bochín (más pequeña y neutral). La cantidad de unidades que se suman, dependen de la  cantidad de bochas propias que se puedan ubicar entre el bochín y la primera bocha del rival.

La cantidad de bochas será de cuatro por equipo si éste se compone de uno o dos jugadores (individuales o parejas) y de seis bochas para los partidos entre tercetos. En parejas y tercetos cada jugador utilizará únicamente dos bochas por cada juego o «mano».

Hay dos maneras clásicas para arrojar las bochas hacia el bochín. La primera es tirarla a ras del suelo, intentando ubicarla lo más cerca posible, acción que se conoce como "arrime".

 

 

La otra, es la chanta, que consiste en hacer viajar la bocha por el aire, para que impacte la mejor del rival y despeje el camino hacia el bochín. Quién lo haga debe tener buena puntería, porque si no  puede armar un lindo despelote, en el que hasta el bochín puede salir disparado hacia cualquier lado. La "chanta", no debe confundirse con el "chanta". Si bien las dos palabras tienen origen italiano, no son lo mismo. "Aunque (pensó Mardones), andar haciendo ese lio requiere del cierto tipo de viveza y maldad que tienen los chantas".

La división clásica para separar las bochas de uno y otro equipo es el conocido "lisas y rayadas", que sería algo así, como el "camisetas y en cuero" de los picados de fútbol. La modernidad trajo algunos cambios, ya que cuando son de plástico se diferencian además por los colores, ya que las lisas son verdes y las rayadas rojas.

 

 

Mardones imaginó que el pensador francés Michel Foucault diría que incluso allí se puede ver cómo actúa el poder. Las lisas, las normales y regulares son verdes, el color de lo natural o de la esperanza. Las rayadas, las marcadas que se salen de la norma, son rojas como el color del peligro o la sangre. Pero se frenó antes de tomar ese camino. Primero, porque su objetivo a la hora de recorrer los deportes es más descriptivo, no necesitaba demasiada profundidad. Segundo, porque ya se había alejado demasiado tiempo del velatorio y, mal que le pesara, era hora de pegar la vuelta. Mientras lo hacía, se imaginaba a la huesuda, jugando a las bochas, haciendo una chanta y riendo descaradamente, como chanta, al andar desarmando las vidas humanas.     

 

*Periodista

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Anteriores entregas

I – Las tribulaciones de Mardones

II – Mundo ovalado

III – Boxeando con Cortázar

IV – Morder el polvo

V - Filípides lo puso de moda

VI - Escribir sus propias reglas.