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Opinión

21-05-2020

Boban, el futbolista intelectual y la Guerra de los Balcanes

* Por Leonardo Gasseuy

Hace 30 años, el 13 de mayo de 1990, debían jugar el Dinamo de Zagreb (hoy croata) con el Estrella Roja de Belgrado (ahora club serbio). El partido nunca se jugó. Había caído el muro de Berlín, la Unión Soviética se despedazaba en fragmentos y el aire independentista que venía del este europeo se llevaría puesto el ya debilitado comunismo yugoslavo.

 

La Guerra de los Balcanes fue una guerra distinta, cruel como todas, pero una guerra de hermanos, la expresión bélica moderna más fratricida de las que se conozca. Yugoslavia era un estado con siete fronteras, seis repúblicas, cinco nacionalidades, cuatro idiomas, tres religiones, dos alfabetos, un millón de idiosincrasias y un solo deseo: LIBERTAD.

 

Era un domingo de clásico, el clima social infectaba al fútbol, la hinchada local profería gritos en torno a la independencia de Croacia y los ultras de Belgrado su afán totalitario de reemplazar Yugoslavia por Serbia. Comenzó la entrada en calor y los más de cien policías que cuidaban el perímetro de juego comenzaron a reprimir. Se rompieron las rejas, se mezclaron las parcialidades y comenzaron las agresiones. Zvonimir Boban, enganche croata del Dinamo de 21 años, corrió 20 metros y le asestó una patada a un policía, el partido no se jugó y en forma literal fue el preanuncio de la guerra. Lo que todos sentían, se materializó con la patada de Boban. Algunos por la independencia, otros por totalizar, casi todos por la intolerable capacidad de convivir. Serían 5 años de fuego y sería la sangre de 20.000 mil yugoslavos las que delimitarían las fronteras.

 

 

Europa, la que dice ser el cerebro neurálgico del mundo, en solo 31 años -entre 1914 y 1945- escenificó dos guerras mundiales con más de 79 millones de muertos, millones de minusválidos y generaciones de familias desmembradas. En la segunda guerra, Rusia perdió 24,8 millones entre civiles y soldados. Se dice que el 26 por ciento de las familias perdió abuelos, padres y todos los nietos. ¿Cómo se explica que a poco menos de 45 años los fantasmas de la intolerancia nuevamente arrasen esa península? Muy simple: el juego de la fría geopolítica te exige formar parte, te expone y limita, si no, te lo hace pagar.

 

El infierno bélico se libró a lo largo de gran parte de la década del noventa, una época en la que el mundo decidió mirar para otro lado. Yugoslavia pagó muy cara su desobediencia política de no alinearse en ninguno de los dos lados de la cortina de acero durante la bipolaridad cruel, con razón, nadie tenía intereses que defender en esa zona y cuando la hipócrita OTAN intervino con los bombardeos de 1999, fue para convertir en polvo las ruinas de países devastados, que ya no existían como tales.

 

Zvonimir Boban nació en Imostky (Croacia) en 1968. Siempre fue distinto, curioso e intelectual. Con una capacidad superior a la media de un futbolista. Se licenció en Historia por la Universidad de Zagreb. Se convirtió luego en uno de los directivos de Sportske Novosti (un diario deportivo croata), fue comentarista en la televisión de su país y colaboró con la cadena Sky, además de destacarse como columnista del diario italiano La Gazzeta dello Sport. Su gesto violento de la patada en el Estadio Maksimir de Zagreb, si bien estuvo cargado de violencia, no fue un acto irracional.

 

Boban tenía otras inquietudes. Avalaba la independencia de Croacia, consideraba la formación intelectual como la mejor arma para el desarrollo de sus ideas. Fanático de los clásicos rusos como Dostoievsky y Tolstoi, siempre expresó el más sincero producto de su pensamiento: ser independientes, es ser libres. “Ser libres nos hace dueño de nuestro destino, a partir de ahí todo está en nuestras manos”, le dijo al presidente croata Trujman, al contarle como en el Milán de Capello manejó la línea discursiva y apostó todo a su idea.

 


“Ser libres nos hace dueño de nuestro destino, a partir de ahí todo está en nuestras manos”


 

La península balcánica aún en tiempos de paz es una zona caliente, desde siempre los conflictos que ahí se originaron marcaron a fuego sucesos históricos. La primera guerra balcánica terminó definitivamente con lo que quedaba del Imperio Otomano en Europa. El 28 de junio de 1914 en Sarajevo, capital de Bosnia, un joven nacionalista asesinó al Príncipe austriaco Francisco Fernando y originoó la primera Guerra Mundial, en esa zona del mundo, la historia siempre giró en torno a la independencia.

 

El deporte, siempre magnánimo, logra cosas maravillosas y une puentes invisibles generando un vínculo con la peor historia y las causalidades. El 15 de Julio de 1995, 8.000 musulmanes bosnios, incluidos niños, fueron asesinados después de que el enclave de Srebrenica, en el este de Bosnia, fuera tomado por las tropas serbias de Ratko Mladic. Fueron exterminados y enterrados en fosas comunes por el solo hecho de ser nietos y bisnietos de musulmanes. La cara más horrible de la guerra se escondió bajo la fachada cruel de la limpieza étnica.

 

El 15 de julio 2018, el mismo día, pero 23 años después el destino y el deporte balcánico en su punto más alto tienden los lazos de la reconciliación. Ese domingo, en Londres Novack Djockovic define el Abierto de Wimbledon –vencería a Kevin Anderson- y en Moscú la selección de Croacia jugaba la final del mundial de Rusia frente a Francia. Ivan Rakitic, líder del equipo croata, dijo: “espero que en Wimbledon gane Nole, eso nos hará muy felices, las guerras quedaron atrás y Serbia merece esa alegría”. En el mismo invisible puente de concordancia desde Londres, Djokovic expresó: “espero que Croacia sea campeón del Mundo, será una manera de resurgir y que la alegría de ese pueblo, cure las heridas”. Las dos expresiones sinceras y claras, sepultan en el olvido la patada de Boban y marcan la agenda de un futuro mejor.

 

 

*Especial para Al Toque Deportes

Foto: www.polityka.pl

Gráfico: Al Toque