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Turquía: Erdogan, el Islam y la Champions

Por Leonardo Gasseuy *

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El Istambul Basaksehir se coronó campeón de la liga de turca de fútbol por primera vez en su historia.

La madrugada del 10 de agosto de 1915 no solo sería el comienzo del final de la Batalla de Gallipoli, sino, además, el nacimiento de una nueva Turquía. Ese día, el Sultán a cargo del alto comando dio la orden de retirada porque las fuerzas inglesas (con la estrategia de un joven Winston Churchill) había atenazado los Dardanelos, pero  en una acto de irreverencia, el General Mustafa Kemal desobedeció la orden, replanificó la defensa, atacó  y expulsó a los ingleses del Mar de Mármara.

En el último tramo de la batalla, Kemal, enfermo de malaria, fue alcanzado por un trozo de metralla que le atravesó el uniforme y se incrustó en su reloj colgante (hoy es una de las piezas sagradas del Museo Naval de Estambul). Se salvó de milagro, liberó la península y cambió la historia.

Luego de la guerra Kemal comandó la resistencia turca que duró hasta 1922.  Tras esa victoria abolió el sultanato y proclamó la Republica de Turquía.  Asumió como presidente (cargo que mantuvo hasta su muerte) y el congreso del país lo bautizó a Ataturk (padre de todos los turcos).

Modernizó el estado, cerró las escuelas religiosas, sustituyó la justicia islámica por los códigos europeos y cambió el alfabeto árabe por el latino. La Constitución turca de 1924 fue considerada una de las más avanzadas.  Murió en 1938 como héroe nacional. Con su llegada al poder occidente se instaló en el corazón del Imperio Otomano.

En esa Turquía, de bases modernizadas, esta semana el Istambul Basaksehir se coronó campeón de la liga de turca de fútbol por primera vez en su historia. Por increíble que parezca, por segunda vez en el Siglo XXI, Turquía tendrá un campeón que no será ni el todopoderoso Galatasaray, ni el Fenerbaçhe ni el Besiktas (el último fue el Bursaspor en 2009). El campeón es el equipo de Racep Erdogan, el presidente de la República. Y en Turquía, lo que es del presidente es del pueblo o del patrimonio de la nación.

Recep Tayyip Erdoganc con la casaca del Istambul Basaksekir durante un partido de exhibición.

El Istambul Basaksehir nació en 1990 y se desarrolló a partir de 1998, cuando el actual presidente era alcalde de Estambul y decidió crear un nuevo barrio para los habitantes de ideología conservadora de la capital. Una embestida urbanística para retornar a las raíces islámicas y proyectar su camino a la presidencia con discursos y hechos demagógicos.

El club navegó en la mediocridad y las categorías del ascenso hasta que, en 2014, Erdogan lo obligó a privatizarse para ser adquirido por empresas cercanas al gobierno. Ese hecho, y la constante presión oficial a los equipos grandes, lo colocaron en un sitio de privilegio hasta alcanzar el campeonato.

Decididamente fue el equipo del gobierno. Desde 2014 (cuando Erdogan llego a la presidencia) sumó al Complejo Empresario Medipol (Educación y Salud) quien tomó las riendas financieras del club y reclutó a Turkish Airlines, Deniz Bank y Burger King. El eficaz y perverso debilitamiento a los rivales, más las contrataciones de Adebayor, Arda Thuran, Clichy y Robihno hicieron posible el previsible desenlace. Todo se caratula en un viejo adagio turco, que dice que cuando desees algo no es necesario rogar en la mezquita, solo basta con oro y acero afilado.

El brasileño Robinho es una de las figuras del equipo de Estambul que se consagró por primera vez en la historia.

Pepe Mujica, con su estilo, dice que un país cuando mezcla al fútbol con el Estado está verdaderamente jodido. Las relación de Erdogan con la pelota es sincera: jugó en las inferiores del Galatasaray y pudo haber sido profesional. Pero ahora es demagógica y de manipulación. La mitad del país lo odia y la otra mitad le ve como el líder que ha conseguido por fin reconciliar al laicismo y al islam.

Con la popularidad del Istambul Basaksehir los musulmanes tienen su equipo, recuperaron su barrio y más allá de la fe, celebran que van a jugar la Champions con los mejores de Europa, uno de sueños de Erdogan. El otro es que Turquía sea parte de la Unión Europea. Los hinchas son pocos, como naturalmente pasa con los clubes artificiales, pero se hacen llamar Peña 1453, año en que Mehmet II, tomó Constantinopla, fundó Estambul y los Otomanos redujeron a cenizas al Imperio Romano.

Tayip Erdogan es la personificación del Estado y el Gobierno en una sola figura. Su carisma lo convierten en un hábil prestidigitador en cuanto a simbología se refiere. Su cara será el rostro del Club en cada rincón de Europa y sus seguidores se identifican con el joven pobre, hijo de un conductor de lanchas que llevaba gente por el Bósforo, y que, al no poder integrarse a la alta sociedad turca, utilizó los viejos ritos otomanos con el fin de abrazar la mayoría de los desplazados del sistema. Su neopopulismo islámico enamora y asusta por igual.

El sueño deportivo de Erdogan es la repatriación al país de Mesutt Ozil. El futbolista de origen turco tiene mal presente en el Arsenal, posiblemente sea la incorporación para jugar la Champions, tanto por su valía como por la presión del presidente que fue su testigo de bodas. El salario anual de Ozil es de 20,4 millones de euros y fue uno de los pocos jugadores que se negó a la rebaja de salario por el Covid 19. En Alemania, fue víctima de racismo por sus raíces turcas, cumple los ritos musulmanes (peregrinó a La Meca) y se adapta como instrumento a la campaña oficial.

Los hinchas del Istambul Basaksekir se hacen llamar Peña 1453, año en que Mehmet II, tomó Constantinopla, fundó Estambul.

Según la Asociación de Libertad de Expresión (IFOD), entre 2015 y marzo de este año, el gobierno turco ordenó el cierre de 28 mil cuentas de redes sociales, la estatización de los medios es constante y recién a comienzos de este año se restableció el servicio de la enciclopedia digital Wikipedia tras tres años de censura y bloqueo.

Periodismo sin Fronteras dice que Turquía es uno de los peores países para ejercer el periodismo y ocupa el puesto 157 de 180 en la Clasificación Mundial de la Libertad de Prensa. Erdogan quiere ser Turquía y quiere que Turquía sea él. Una de sus frases favoritas es: “La democracia es un tranvía: cuando llegas a tu parada, te bajas”. Si la vida es un tranvía, el Istambul Basaksekir es su estación rumbo a la megalomanía y la perpetuidad.

* Leonardo Gasseuy vive en San Francisco, Córdoba. Es empresario. Apasionado del deporte, la geopolítica y la historia.
Gráfico: Al Toque

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