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No mezcles el fútbol con la política

Por Mariano Saravia

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Mariano Saravia

Periodista y especialista en Relaciones Internacionales.

“No mezcles el fútbol con la política”. Me lo han dicho infinidad de veces y me lo siguen diciendo todo el tiempo. Pero son otros los que mezclan el fútbol con la política, yo solo lo cuento y lo analizo. Por ejemplo, mezcla el fútbol con la política quien va a visitar a un genocida y sobreactúa las sonrisas y los gestos de obsecuencia, mientras el genocida habla, no de fútbol, sino de cómo seguirá bombardeando población civil.


Quien mezcló esta semana el fútbol con la geopolítica fue Donald Trump, el presidente de un país paria que ataca ilegalmente a Irán, y que aprovechó un acto protocolar para beneficiarse personalmente y les tendió una trampa a los jugadores del Inter de Miami, campeón de la MLS. Lo que tenía que ser un mero acto protocolar se transformó en un pedestal para que un asesino se vanaglorie de sus crímenes.


Pero también mezcló el fútbol con la política Leonel Messi, como capitán del Inter de Miami. Lo mezcló porque sus gestos sobreactuados, sus excesos de sonrisas, son un hecho político de apoyo al asesino de Washington. Quiero hacer énfasis en esto, porque no existe la no comunicación, el que no habla o no se mueve, está comunicando algo. El que está en una reunión con gesto adusto, está comunicando, de la misma manera que el que está en la misma reunión con una sonrisa de oreja a oreja. Tampoco no existe la no toma de posición, si sos neutral frente al genocidio, en realidad, tomás posición a favor del genocida.


Lo que más dolió de Leonel Messi no fue que haya ido a la Casa Blanca. Es cierto que podría haber puesto cualquier excusa y no ir. No le pidamos a Messi que sea un héroe ni que tenga la conciencia que tuvo Diego Maradona. Pidámosle simplemente que sea él mismo, que sea el Messi de siempre, el que muchas veces se negó a una foto, como cuando no quiso visitar al presidente argentino luego de ganar el mundial 2022. Pero ponele que, en esta oportunidad, por la razón que sea, tenía o quería ir a la Casa Blanca. Lo que más duele no es su visita, sino sus gestos, sus excesos en adulación hacia un personaje perverso como Trump.


Volviendo a aquello de la comunicación no verbal, un verdadero maestro era el Papa Francisco. Las veces que tuvo que sacarse una foto protocolar con gente con la que no comulgaba (nunca mejor usada la expresión), aprovechaba para que se viera bien en su cara el disgusto. Recuerdo una foto con Mauricio Macri y otra con el propio Trump. Es decir, podés cumplir con el protocolo, ser amable, no decir nada, y, sin embargo, decir mucho. Y, lamentablemente, lo que dijo Messi con sus sonrisas y guiños no nos gusta. Tampoco lo que dijeron De Paul o Mascherano, pero esos son inexistentes socialmente. Messi no.


Y si Messi no tiene conciencia ni de clase ni de pueblo ni de latinoamericano (nunca la tuvo), por lo menos, que tuviera la viveza de entender a quién se debe, quién es el que lo hace ídolo y de quién come. Porque toda su fama y su riqueza la debe (además de a su talento con la pelotita) a una masa de gente (se podría llamar pueblo) que lo idolatra, que paga una entrada para ir a verlo, que prende la tele y mueve el circo infernal de los sponsors, que compra una camiseta. Todo el negocio millonario del fútbol no existiría sin esa enorme cantidad de gente (pueblo). Y esa gente, en este caso de Estados Unidos, es, oh casualidad, la gente perseguida por Trump. Es el pueblo latino que vive como inmigrante en Estados Unidos, un país adonde el fútbol sin ellos es tan inexistente que hasta tiene otro nombre. Entonces, Messi podría pensar en esos miles que son su sustento y a quienes ofendió sonriéndole a su verdugo. De paso, hay que decir que el propio Messi es un inmigrante, inmigrante privilegiado, pero inmigrante al fin. Por lo que todo lo que está pasando con el ICE y el terrorismo de Estado desatado por un presidente fascista, no debería serle ajeno. Podés darle la mano si te lo exige tu jefe, el terrorista dueño del Inter, Jorge Más, hijo de Jorge Más Canosa. Podés darle la mano a Trump, pero también podés poner otra cara.


“Si no luchas, al menos ten la decencia de respetar a quienes sí lo hacen”, decía el poeta cubano José Martí. Y Messi no lucha, ni nunca luchó, ni nunca luchará por nada, ya lo sabemos. Pero tampoco respetó a los deportistas que sí lo hicieron y que sí lo hacen. Porque con sus sonrisas y gestos, dijo mucho. Para no caer más en la comparación con el Diego, quiero mencionar algunos pocos ejemplos del propio Estados Unidos.


Mohamed Alí (Cassius Clay), en 1966 y en lo mejor de su carrera, se negó a ir a la Guerra de Vietnam y criticó públicamente la intervención imperialista de su país. Por ese gesto, lo condenaron a pagar una multa de 10 mil dólares y a 5 años de cárcel, aunque no los cumplió bajo fianza. Pero le quitaron su título de campeón mundial y le prohibieron pelear y salir del país por más de 3 años.


Dos años más tarde, en los Juegos Olímpicos de México 1968, los atletas estadounidenses Tommie Smith y John Carlos subieron al podio e hicieron el saludo del Black Power con un puño en un guante negro en alto. Fue para denunciar el racismo estructural en su país. Nunca más pudieron competir.


En los años 70, la mejor tenista del mundo era Billie Jean King, un prodigio que llegó a ganar 39 Grans Slam. Ella puso todo su talento deportivo al servicio de la lucha por la igualdad de género y fue una feminista que pagó por su lucha. Pero era consciente de su poder y en una oportunidad dijo: “Si no fuera la número uno, nadie me escucharía”.
Esa lucha de las mujeres (es bueno recordarla hoy, 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer), la retomó más adelante Megan Rapinoe, la capitana y mejor jugadora de la Selección Femenina de Fútbol de Estados Unidos. Antes del mundial 2019 criticó a Trump por racista, machista y homofóbico. La respuesta del presidente pederasta y amigo de Jeffrey Epstein fue: “Primero gana, y después habla”. Ella y sus compañeras ganaron, se coronaron campeonas del mundo, y no fueron a la Casa Blanca a rendirle pleitesía al pedófilo.


En 2016, la estrella del fútbol americano, Colin Kaepernick, se arrodilló durante el himno nacional de Estados Unidos (NFL) para protestar contra la brutalidad policial y la desigualdad racial. Otros jugadores negros lo imitaron de ahí en más, iniciando un movimiento contra el racismo estructural, lo que enfureció al presidente racista Donald Trump, quien pidió que los dueños de las franquicias no contrataran a los jugadores rebeldes. Kaepernick pagó el precio y no jugó más.


Por último, a partir de 2018, la megaestrella del básquet, LeBron James, comenzó a protestar contra el racismo y a criticar a Trump en su primer mandato, diciendo que usaba el deporte para dividir a la población. El presidente racista respondió con sus esperables insultos y gritos, pero James continuó con su lucha y continúa actualmente.
Nadie le pide a Messi que sea como todos estos deportistas, verdaderos número uno adentro y afuera de la cancha. Messi afuera de la cancha nunca lo va a ser. Pero por lo menos, como decía José Martí, que hubiera respetado la lucha de ellos y ellas. No lo hizo, mezcló el fútbol con la política, y de la peor manera: sonriéndole de más y avalando a un genocida, a un asesino, a un racista, a un machista, a un homofóbico… y a un pederasta. Duele.

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