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Dzeko y Bosnia, el eterno renacer de Los Balcanes

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Leonardo Gasseuy

Leonardo Gasseuy

El gigante se arrodilla y cierra los ojos. Los gritos de felicidad lo sumergen aún más, en su propio mundo, ese mundo, propio de mil mundos. El penal fue gol. El objetivo cumplido. Los gritos le llegan lejanos, sordos como una letanía. Él, que es héroe, cae arropado por abrazos reales, su vida que cabe en mil vidas, se proyectan en un escenario de realidad. Edin Dzeko lo hizo nuevamente.

Su selección clasificó al Mundial y siente que vuelve a tocar el cielo con las manos. El rostro del guerrero es el testimonio de una felicidad rara, profunda y hueca, más concreta y abarcativa que la estresante angustia de un partido de fútbol.

La expresión del héroe está surcada por la historia y el sufrimiento. Su imagen, aún en el éxtasis de su triunfo, porta el rictus lacerado de una sutil oscuridad, aún en el cenit de su felicidad, su cuerpo y su alma, son el memorial histórico de toda Bosnia Herzegovina.

Dzeko, que tiene 40 años, va a jugar su segundo Mundial con su selección. Sabe, en medio de los abrazos, que su metro noventa y tres son leyenda viva, parte de un pueblo que va sellando sus grietas y sigue en proceso de resurrección, un pueblo que volvió del infierno, insensibilizado por su historia.

“Se lo quiero dedicar a mis amigos con los que jugaba al fútbol en la calle cuando tenía seis años. Un día mi madre se enojó porque salí, y en ese momento una bomba explotó… todos murieron menos yo”, expresó con visible conmoción. Vivía en Sarajevo cuando las Naciones Unidas y el mundo entero permitieron esa guerra entre hermanos.

No puede abstraerse, aun en su resiliente manera de vivir el aquí y el ahora, porque nada fija tan intensamente un recuerdo como el deseo de olvidarlo.


  • Edin es un sobreviviente del sitio de Sarajevo (1992-1996). Su casa fue destruida por bombas del ejército de Serbia y sus amigos murieron por el impacto de una. El trauma de la guerra es una de las razones por lo que se volvió Embajador de Buena Voluntad de UNICEF.

Dzeko, en su más sentido humano, considera que la gratitud no es solo la mayor de las virtudes, si no que se emparenta con todas las demás. «Le pido a nuestros hinchas que cuando suene el himno de Italia, se pongan de pie y aplaudan«, dijo. Previo a la eliminatoria, los azzurros festejaron públicamente haber evitado a Gales como rival y haber tenido la suerte de enfrentar a Bosnia. “Los italianos fueron la primera selección en venir a nuestra tierra ni bien terminó la guerra, la gratitud no proscribe”, recordó.

Mojmra Pastorcic, presentadora de la televisión bosnia, tiene lágrimas en los ojos. Raro en ella, es dura y formal. Conduce los temas sensibles de la cadena. Se ocupó todas las noches, durante este tiempo, de explicar el conflicto de oriente. La guerra -dice- es un estado de conciencia eterno para aquellos que vivieron la guerra. Como símbolo de ese momento, la dura Pastoric citó un verso de Dubioza Kolektiv y envió al pueblo entero a la plaza del Fuego Eterno, celebren -decía- porque que aún en Sarajevo y gracias al fútbol, la vida es bella.

“Veoma je veliko”, gritaba Novak Djokovic con la voz entrecortada y los ojos empañados, como uno más en el estadio Bilino Polje de Zénica. “Es muy grande, Él es muy grande”, es la expresión traducida del croata. Djokovic, con su altura deportiva, miraba a Dzeko y admiraba la obra de los “Dragones” bosnios en medio de tanto llanto italiano. La grandeza a la que se refería Novak, que gritó cada penal con el alma, se refleja en otro dato insoslayable, cuando el 1 de Marzo de 1992 se declaraba la Independencia de Bosnia, Edin Dzeko ya tenía 6 años.

En la paz como en la guerra, la vida o la muerte, la síntesis de las contradicciones, invariablemente siempre construyen algo nuevo. Es circular, dicotómico y recurrente. Los Balcanes lo saben, porque son parte de eso.

La reconciliación o parte de ella, la hace el deporte cada vez que puede. Ahora Djokovic alentando a Bosnia como bosnio. El mismo Nole, que en el 2018 en la mañana londinense, previo a su final de Wimbledon, desde su campamento serbio, se comunicaba con Luka Modric para alentar a la selección croata que estaba en Moscú, en la vigilia de la final del Mundial de Rusia. Serbios, bosnios y croatas emparentados por la sangre que vive, no por el humo, el fuego y la muerte.

El seleccionador de Bosnia-Herzegovina, Sergej Barbarez.

El otro líder de la gesta se llama Sergez Barbarez. El entrenador de la selección.  Hijo de un padre serbio-bosnio y una madre mitad croata y mitad bosnia. Todo se repite. Dicotómico y circular. Nació hace 54 años en Mostar, una ciudad bosnia que fue uno de los símbolos de la disolución de Yugoslavia. Padeció los enfrentamientos de serbios y croatas. Y se desangró: su población de gran mayoría musulmanes murió o debió huir. Al final de la guerra, Barbarez fue a visitar a un tío a Alemania y se probó en el Hannover. Lo aceptaron de inmediato y comenzó su andar, es considerado uno de los mejores jugadores de la historia del Hamburgo.



En su carrera alemana, también existe esa paradoja casi de antinomia. Como la paz o la guerra. Jugó en Unión Berlín, el club pobre de la capital, que es solidario, nuclea a los inmigrantes segregados y tiene una vida social de familia. Pero también en el Hansa Rostock, cuyos ultras son conocidos por su ideología de extrema derecha y nostalgia nazi. Fletaremos trenes a Auschwitz, cantaron hace poco ante el St Pauly. Un todo integrado, como en los Balcanes. Dicotómico, circular e imperfecto.

Una vez exhortaron a Churchill que defina la región de los Balcanes, “ellos dijo- producen más historia de la que pueden consumir”. No se equivocó. Por Nole, por Modric, por Bosnia y por Dzeko. Los que con el deporte lograron convencer que resucitar es posible. En medio de tanta geopolítica tramposa y usurera, la invasión a Irán, el desangre perpetuo de Gaza, el genocidio en Yemén y a 40 años de Malvinas, celebramos con mucha alegría, que las sentidas lágrimas de Italia no provengan del humo, el fuego y la sangre.

Gráfico: Al Toque

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