Fútbol
De los interrogatorios bajo tortura al silbato: la doble vida de un represor en las canchas de Río Cuarto
Juan Carlos Nieto, exintegrante de la Policía de Córdoba e imputado en la Megacausa Di Santo, dirigió partidos oficiales de la Liga Regional de Río Cuarto mientras se desenvolvía en el aparato represivo estatal.
En alguna historia de la literatura kafkiana podría caber una escena en la que un represor de la última dictadura cívico-militar en Argentina torture de lunes a viernes y arbitre partidos oficiales de fútbol los fines de semana.
Que imparta justicia quien dispensa tormentos a detenidos por razones políticas en la clandestinidad suena absurdo; un sinsentido, una irracionalidad digna de una historia del escritor checo Franz Kafka.
Pero no es ficción. No es un cuento. Tampoco un guion cinematográfico. Es el reflejo de la impunidad con la cual se manejaron los genocidas y sus cómplices durante el período más oscuro de nuestro país.
La década de 1980 recién comenzaba. Mucho después se conocería la dimensión de la tragedia: numerosos riocuartenses que integrarían las listas de desaparecidos ya habían sido arrancados de la vida pública. El gobierno de facto imponía el silencio y el miedo impedía que los detenidos-desaparecidos se convirtieran en una causa colectiva.
El miedo aislaba y atravesaba las familias. El hijo de un exdetenido de la región recordó que, cuando secuestraron a su padre y él cursaba el secundario, “a muchos de mis compañeros de la escuela sus padres no los dejaban juntarse conmigo”.
Quienes aprovechaban el anonimato y el empoderamiento que les otorgaban las fuerzas represivas eran los propios represores. Ellos caminaban las calles sin temor a ser reconocidos, muchos con la convicción de estar convirtiéndose en héroes de una guerra imaginaria contra un enemigo que buscaban entre la propia población.
El 21 de julio de 1980, unos días después de que el régimen ejecutara la quema masiva de un millón y medio de libros del Centro Editor de América Latina (CEAL) en Sarandí, en Río Cuarto pocos imaginaban que casi medio siglo después se estaría juzgando a una veintena de torturadores que sembraban el pánico entre sus vecinos.
Ese día, Alberdi y Banda Norte dividían honores en un clásico barrial tan friccionado como anodino. El pitazo final del «juez» selló un aburrido 0 a 0 en el estadio mercedario. Ese mismo año, aquel referí de bigotes tupidos, ceño fruncido y gestos adustos expulsó a un puñado de jugadores de Atenas y de Acción Juvenil en cancha de Belgrano de General Cabrera (hoy la de Ateneo Vecinos), ya que el estadio de Acción Juvenil estaba suspendido. En ese partido, recuerda uno de los futbolistas que disputó aquel encuentro, terminó atajando para Atenas Oscar “Cachito” Prizzón porque vio la tarjeta roja el histórico arquero albo Juan García. El partido estuvo detenido por escaramuzas provocadas por las decisiones polémicas del árbitro que, sin adicionar tiempo, marcó el final. Fue 0 a 0.
- Síntesis del clásico dirigido en El Trampero
Centro Cultural Alberdi: Escudero; Silva, Tallone, Domínguez y Díaz; Bulaccio, Figueroa y Becerra; Zalazar, Morardo y Cuenca. DT: Víctor Muñoz. Ingresaron: Pavón y Monte.
Banda Norte: Morán; Fischer, González, Colautti y Amaya; Tejeda, Gutiérrez y Aimar; Pereyra, Ávila y Torres. DT: Jorge Sturniolo. Ingresaron: Vítulo y Centeno.
Árbitro: Juan Carlos Nieto.
Estadio: Centro Cultural Alberdi.
“Era un flaco de bigotes grandes, estaba en la Policía y era de los ‘bravos’, y como árbitro bastante polémico, bien ‘milico’. Después no lo volví a ver”, agregó el mismo jugador.
El denominador común de esas tardes deportivas, más allá de la carencia de emociones, es Juan Carlos Nieto. Ese árbitro que paseaba su prepotencia y altanería por las canchas de la Liga Regional, no en partidos de escasa relevancia ni tratando de pasar inadvertido, sino en contiendas de gran convocatoria, sin temor a mostrarse ni a ser reconocido, amparado en el anonimato de una época que le permitía transitar nuestras calles con sus manos cargadas del sufrimiento de sus víctimas, es el mismo que hoy contrasta aquellas actitudes con su reacción de esta semana: taparse el rostro con esas mismas manos cuando los fotógrafos lo enfocan en la sala de audiencias del Tribunal Oral Federal N.º 1.

Lo perturbador no es solo que arbitrara partidos. Lo verdaderamente revelador de la época es que podía hacerlo. Mientras hombres y mujeres eran secuestrados, torturados y desaparecidos en centros clandestinos, uno de los integrantes de ese engranaje represivo caminaba cada fin de semana hacia el centro de la cancha vestido de negro, impartía autoridad ante jugadores, dirigentes y simpatizantes, y regresaba a su rutina sin que nadie le reclamara explicaciones. No se trataba de un exceso ocasional del sistema; era una parte constitutiva de su funcionamiento.
Está sentado en el banquillo de los acusados por delitos de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura cívico-eclesiástica-militar en Argentina. Vaya paradoja: de lunes a viernes, torturador; los fines de semana, autoridad designada para hacer cumplir las reglas y velar por los valores asociados al fútbol.
Más conocido como “Mocha” o “Foca”, en referencia a los prominentes bigotes que lucía por entonces, Nieto ingresó a la Policía de la Provincia de Córdoba el 1 de junio de 1974 como agente y prestó servicios en la jurisdicción del Departamento Río Cuarto hasta su retiro. Los datos se desprenden del requerimiento de elevación a juicio de la Megacausa Di Santo, que investiga delitos de lesa humanidad cometidos durante el gobierno militar. Son 21 los exmilitares y expolicías imputados por más de 60 hechos que afectaron a más de 70 personas, entre ellas docentes, no docentes y estudiantes de la Universidad Nacional de Río Cuarto (UNRC).
Dentro de la Unidad Regional Sud (URS), Nieto formó parte de la División Informaciones (D2 – Inteligencia), junto a represores como Miguel Ángel “Gato” Gómez, Daniel Di Santo, Rubén Roque Príncipi y Miguel Ángel Salinas. Según consta en el expediente, su rol abarcó operativos de captura en la vía pública y domicilios particulares, traslados en vehículos policiales, custodias clandestinas e interrogatorios bajo tortura en la sede de calle Belgrano 50 de Río Cuarto y en la Comisaría de La Carlota. Asimismo, Nieto actuaba como sumariante, labrando actas con declaraciones arrancadas bajo tormentos a los detenidos.
Ese mismo personaje completaba su jornada pitando partidos oficiales de la Liga Regional de Fútbol de Río Cuarto. Sin embargo, entre quienes integraban el cuerpo arbitral existía el rumor de que se trataba de uno de los “bravos”, en alusión a sus actuaciones contra los detenidos. “Siempre se comentó que era uno de los represores dentro de la Policía”, llegaron a afirmar.
La convivencia entre ambas facetas no era casual. El terrorismo no solo necesitó centros clandestinos, grupos de tareas y torturadores. También necesitó una sociedad atravesada por el miedo y una estructura institucional que les permitiera a sus ejecutores llevar una vida aparentemente normal. Así, mientras las víctimas eran obligadas al silencio, sus verdugos podían exhibirse en espacios públicos sin esconder su identidad.
Sentado en primera fila, con la cabeza gacha y sin levantar la mirada, Nieto se abstuvo de declarar ante la requisitoria de la presidenta del tribunal, Carolina Prado.
Según la acusación impulsada por los fiscales Facundo Trotta y María Laura Bazo Queirolo, junto con los abogados querellantes, Juan Carlos Nieto habría participado en delitos de privación ilegítima de la libertad, tormentos y abusos sexuales que tuvieron como víctimas a alrededor de 30 personas.
Una de esas víctimas declarará este martes en la segunda audiencia. Se trata de Juan Alberto Muzzolon, militante del PRT-ERP, detenido el 23 de junio de 1975. Fue trasladado a dependencias de la Unidad Regional Sud, donde permaneció alojado hasta el 3 de julio de ese mismo año.
La acusación sostiene que, durante su permanencia en esa sede policial, Nieto, Miguel Ángel “Gato” Gómez y Daniel Di Santo, entre otros aún no identificados o ya fallecidos, sometieron a Muzzolon a torturas físicas y psicológicas. Entre ellas, encapuchamientos, golpes, inmersiones de la cabeza en recipientes con agua para provocarle sensación de asfixia (submarino) y la técnica conocida como “mojarra”, consistente en cubrir la boca y la nariz mientras se arrojaba agua sobre la víctima. A ello se sumaban amenazas y expresiones denigrantes.
“Como señaló nuestro abogado, no voy a declarar acá”, le dijo a la jueza con voz áspera y carrasposa.
En la extensa saga de audiencias que se extenderá durante buena parte del próximo año en la Megacausa Di Santo desfilarán víctimas que aún padecen las secuelas de aquellos tormentos. La varios guardan relación con la Universidad Nacional de Río Cuarto, uno de los principales blancos elegidos por la represión genocida.

La obstinación del destino hizo que los caminos de Nieto y la UNRC volvieran a cruzarse. Fue ya en democracia. El 4 de mayo de 1985 debutaba en el ascenso de la Liga Regional de Fútbol Mutual Estudiantil, el equipo de la Universidad Nacional de Río Cuarto, frente a Los Incas de Achiras. El partido, dirigido por “El Foca” y disputado en cancha de Sportivo Municipal, terminó 3 a 0 en favor del conjunto achirense.
Esa historia no quedaría marcada a fuego por el sello goleador del infalible Gutiérrez ni por la destreza de Grassi, sino por la desfachatada impunidad con la que se desenvolvían durante la última dictadura militar quienes sembraron terror y muerte en el período más oscuro de nuestro país.
- Síntesis de aquel debut universitario:
Mutual Estudiantil UNRC: Dominici; Mora, Pellegrini, Varengo y Molins; Rivera, Sánchez Snipe y Ávila; Garay, Sáenz y Castro. DT: Raúl Ferraris. Ingresaron: Miranda y Domínguez.
Los Incas de Achiras: Andrada; Bravo, Picolichi, Bravo y Marengo; Farina, Grassi y Ladú; Irisola, Gutiérrez y Coria. DT: Oscar Sosa. Ingresaron: Perussia y Scorsetti.
Goles: Gutiérrez (2) y Grassi (LI).
Árbitro: Juan Carlos Nieto.
Estadio: Sportivo Municipal.
Hoy la historia cambió. La UNRC fue una de las instituciones que aportó pruebas a la Justicia para que sea precisamente ella la encargada de dar el pitazo final a las andanzas de “Mocha”.
En 1983 volvió la democracia. Sin embargo, durante años las víctimas cargaron con el miedo, el estigma y las secuelas de la persecución. Los represores, en cambio, siguieron caminando las calles de Río Cuarto, trabajando, asistiendo a reuniones sociales y ocupando lugares de exposición pública. Juan Carlos Nieto fue uno de ellos. La imagen del torturador convertido en árbitro no habla solamente de un hombre. Habla de una época en la que quienes debían ocultarse eran las víctimas, mientras sus victimarios actuaban a la vista de todos.
Aquella postal parecía extraída de una novela de Kafka: un hombre que de lunes a viernes participaba de interrogatorios bajo tormento y los fines de semana impartía justicia en una cancha de fútbol. La diferencia es que aquello no fue literatura. Ocurrió en Río Cuarto. Cincuenta años después, el árbitro que caminó impune entre sus vecinos ya no ocupa el centro de la escena deportiva, sino el banquillo de los acusados. Ya no con la mirada desafiante ante 22 jugadores, sino tapándose el rostro ante las cámaras que cubren el juicio. Allí donde alguna vez faltó justicia, hoy al menos empieza a aparecer la verdad.
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Fuentes: PrensaRed, Radio Universidad y CeDAT (Centro de Documentación Al Toque)
Gráfico: Al Toque
Redacción Al Toque
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