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Media Distancia

A la espera de definir mi personalidad, comencé siendo el de River

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Ser de River. Por Andrés Burgo.

Andrés Burgo

Periodista.

Había días en que no sabía si estaba bien o mal, pero al menos sabía que era de River

Mimetizarse en las multitudes o en las culturas urbanas, como los Hare Krishna, los góticos o los punks, implica desconectarse de uno mismo, perderse en el anonimato, y mi adolescencia fue una buena época para dejarme arrastrar por el gregarismo y tomarme vacaciones de mí mismo y de lo que me rodeaba, al menos 90 minutos a la semana.

No sé por qué terminé de enamorarme del fútbol y de mi equipo –River- pero amo aquel despertar. Ahora, al borde de los 50, me cuesta acordarme quiénes convirtieron los goles en un clásico jugado el mes anterior pero, si algún canal produjera un programa de preguntas y respuestas sobre aquellos años de River, correría a concursar: puedo reconstruir con precisión de forense en qué partido usamos pantalones blancos (contra Platense, 1988) o medias rojas (San Martín de Tucumán, 1992).

Era un fútbol de 2 puntos por triunfo, 44 botines negros recorriendo la cancha, camisetas titulares del 1 al 11, cancheros tirando aserrín los días de lluvia, marcadores centrales sacando desde el área chica mientras los arqueros se sacudían el barro contra los palos del arco, colimbas entrando gratis a las tribunas, árbitros caminando doce pasos antes de un penal para fiscalizar que la distancia estuviera bien medida, jugadores zanjando polémicas con el latiguillo «vamos a ver la jugada a la noche por televisión», comisarios deportivos panzones o calvos bordeando el perímetro del campo de juego, suplentes enfilando hacia el vestuario después de que el técnico realizara los dos cambios permitidos, jugadores sin tatuajes ni piernas depiladas, toda la fecha jugándose a la  misma hora y el público haciendo silencio para escuchar los otros resultados en la Voz del Estadio. En las tribunas no había corralitos ni pulmones y en los medios no había canales deportivos ni diarios especializados.

El River del ’96, uno de los grandes campeones que tuvo la década.

Así como en el futuro me resultaría más fácil hacerme amigo de hinchas de River, el fútbol fue mi gran integrador en el colegio: mi fanatismo sobresalía como un rascacielos en la pampa húmeda. Después de cada partido, ya en el final del domingo, Víctor Hugo Morales leía los nombres de quienes le mostrábamos los carnets al otro lado del vidrio de su cabina de transmisión y el «te nombró Víctor Hugo» con el que mis compañeros me saludaban al día siguiente era una de mis formas de validarme.

En las horas libres jugábamos picaditos entre los alumnos hinchas de River y de Boca y yo me los tomaba como si fueran oficiales. Con el tiempo me reciclaría en un defensor disciplinado tácticamente pero en aquellos partidos en zapatos y pantalones largos sobre las baldosas del patio era un oportuno cazarrebotes: nunca hice tantos goles. El juego también cataliza.

En mi efervescencia, corría a los estadios que quedaban cerca de casa. Le tomé una conmiserativa simpatía a Deportivo Armenio, que cada dos sábados alquilaba la cancha de Platense para partidos de vuelo bajo del Nacional B, a los que asistíamos menos de 100 hinchas. Y si River tenía libre un domingo, rasqueteaba del resto de la fecha, como la tarde en que con un amigo del colegio fuimos a ver Vélez-Mandiyú, un espectáculo al que ahora no le prestaría atención ni en un resumen de tres minutos.

Incluso acompañé un par de veces a mi tío Ricardo para que alentara a su San Lorenzo, en épocas en que jugaba como local en Huracán, pero tampoco quiero hacerme el distraído. Poco después de aquel amistoso contra el Verona, el que marcó mi independencia como hincha, entré en un limbo de energías bajas y confusión. Si el fútbol lo cubrió mucho, casi todo, fue porque me sujeté a River con las dos manos, como a las barandas de un puente de cañas de bambú, mientras atravesaba el río bravo de la adolescencia.

La juventud tiene dificultades incomprendidas y silenciadas. Sin seguridad en quienes me rodeaban, me ganó la inquietud y la desconfianza en mí mismo. Perdí las ganas de hablar, dejé de reír, la oscuridad avanzó casilleros. Estaba simbiótico, sensible: las palabras entraban como balas. Fui más nostálgico a los 15 que de grande. Me acomplejaba mi altura, agachaba los hombros, prefería hacerme invisible. Mientras mis compañeros alardeaban de sus primeros pasos en la pista, yo no me animaba a bailar y me lo recriminaba, sin reparar en que los que medimos 1,90 no solemos bailar. Concurrir a un colegio de alumnos varones, un mundo tan masculino como los pozos petroleros, no ayudaba: mirábamos a las chicas como un arquero a su número 9, allá a la distancia, y con los prejuicios como punta de lanza para relacionarnos. Las más liberales eran «rápidas, fáciles, que se entregan». Conocíamos prostíbulos con señoras de pocas ganas, mientras en casa no se hablaba sobre sexualidad, ese tema solemne, casi dramático. Formateado en su severidad moral, mi papá me haría un escándalo la primera vez que me encerré con una chica en mi habitación.

Sin ánimo de judicializar un estado de ánimo ni un contexto, muchos años después entendería en terapia que había quedado a mitad de camino, como si me guiara un GPS que no paraba de recalcular las coordenadas, entre la incapacidad de mi viejo para comunicarme su afecto y el exceso de apego de mi mamá para contrarrestarlo. A mi hermano, que era más fuerte y resuelto, todo ese barullo no lo afectaba pero yo necesité agarrarme de algo, y acepté la membresía de fiesta que River me puso al alcance de la mano. Había días en que no sabía si estaba bien o mal, pero al menos sabía que era de River. Mimetizarse en las multitudes o en las culturas urbanas, como los Hare Krishna, los góticos, los motoqueros, los punks o los geeks implica desconectarse de uno mismo, perderse en el anonimato, y era una buena época para dejarme arrastrar por el gregarismo y tomarme vacaciones de mí mismo y de lo que me rodeaba, al menos 90 minutos a la semana.

La fabulosa alegría del fútbol fue mi serendipia —esos hallazgos esenciales y fortuitos—, que pasó a guiarme como un perro lazarillo. A la espera de definir mi personalidad, comencé siendo el de River, el gallina, incluso como reafirmación de masculinidad ante un padre presente solo en la lejanía, como el último eco. De aquella época no recuerdo mis cumpleaños pero sí cómo salíamos campeones.

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