Fútbol
Argentina ganó como los grandes campeones: cayó, resistió y volvió a levantarse
Nuestro columnista Gustavo Coleoni compara la clasificación de la Selección a cuartos de final con una pelea de boxeo. Destaca el carácter del equipo para sobreponerse a la adversidad, analiza algunos aspectos futbolísticos y deja una reflexión sobre el espíritu que despierta la camiseta argentina.

Gustavo Coleoni
Director Técnico.
Hay muchos títulos posibles para explicar esta victoria de Argentina sobre Egipto. Pero el que mejor la representa, para mí, está en el boxeo.
Fue una pelea de campeonato. El campeón defendía el cinturón y el retador, por momentos, creyó que lo había destronado. Argentina recibió dos golpes muy duros, quedó herida y hasta dio la sensación de tambalear. Sin embargo, como hacen los grandes campeones, encontró fuerzas donde parecía que ya no quedaban. Cayó, se levantó y terminó ganando la pelea gracias a su corazón.
Desde lo futbolístico también hay cosas para analizar. El equipo sigue dejando una sensación preocupante: tiene la mandíbula débil. Le llegan poco, pero cuando el rival consigue hacerlo, generalmente termina convirtiendo. Es un aspecto que Argentina deberá corregir porque, a medida que avanza el Mundial, esos errores suelen pagarse cada vez más caro.
Ahora bien, también vi una Selección más punzante que en partidos anteriores. Tuvo mayor control de la pelota, manejó el desarrollo durante varios pasajes y prácticamente sólo le permitió a Egipto lastimarla mediante ataques de contragolpe.
En los rendimientos individuales también encontré varios puntos altos. La inclusión de Leandro Paredes fue muy buena. Le dio claridad al mediocampo y ayudó a sostener los momentos de mayor tensión. Alexis Mac Allister fue creciendo con el correr de los minutos hasta convertirse en una pieza importante del funcionamiento. Y Enzo Fernández volvió a demostrar por qué es uno de los mediocampistas más cotizados del mundo. Tiene llegada, aparece en el área cuando nadie lo espera y convierte en un puesto donde no abundan futbolistas con esa capacidad.

Y después está Lionel Messi, que merece un capítulo aparte en cada partido. Lo sorprendente ya no es que juegue bien, sino que siempre encuentre una forma diferente de ser decisivo. Tiene una voracidad competitiva que parece no agotarse nunca. Siempre termina salvando a Argentina desde algún lugar de la cancha. Esta vez lo hizo recostándose sobre el sector derecho del ataque, recordando por momentos al Messi de sus mejores años en Barcelona.

Quiero cerrar con una reflexión que, para mí, explica muchas cosas de esta Selección.
Estamos hablando de futbolistas que hoy son multimillonarios, figuras mundiales y que no tienen absolutamente nada por demostrar desde lo económico. Sin embargo, cada vez que cruzan el portón del predio de Ezeiza y se ponen la ropa de la Selección, ocurre algo especial. Recuperan el hambre. Vuelven a sentirse aquellos chicos que jugaban por un sándwich y una Coca después del entrenamiento. Se olvidan de todo lo que consiguieron y vuelven a competir con la ilusión del primer día.
Por eso digo que Ezeiza es la pensión de la Selección. Es el lugar donde las estrellas vuelven a ser pibes. Y mientras ese espíritu siga vivo, Argentina siempre tendrá una oportunidad de pelear hasta el último round.
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