Fútbol
Bayer y Monsanto zafaron en el reino del mundial

Leonardo Gasseuy
Un Mundial de fútbol es una comunidad compartida. Una ficción pasajera, emocionante y alienatoria. Lo es, aun en este Mundial. Egoísta y amorfo. De una clara conformación comercial, socioelitizada y segregacionista. Naturalmente, el mundo, como marca su propia cosmocirculación, sigue su rumbo cansino y tramposo. Este Mundial que se juega en Estados Unidos es parte de ese mapa timbero y oportunista, donde el panel de Trump intenta monitorear el juego, las libertades, la vida y la muerte.
Werner Baumann nació en Alemania en 1962. Fue el CEO de Bayer. Hijo de padres obreros, fue el primer universitario de la familia. En febrero de 2016, desde el techo de la compañía, a solo tres semanas de haber asumido, convenció a la junta de accionistas de comprar Monsanto. Los 63.000 millones de dólares de la operación convertirían a Bayer y a Baumann en los pilares de la modernización del gigante farmacéutico. Pero, como ocurre con muchas cosas, decir moderno no significa decir mejor y, a lo largo de estos diez años, se confirma que, al igual que este Mundial de Trump, la avaricia es el principal elemento de disociación humana.
Bayer sería distinta. «¿Nosotros en el negocio de las semillas?», le preguntaron. «Sí», respondió Baumann. «En 2050 habrá 3.000 millones de bocas más que alimentar». No había consenso previo. Con Monsanto incorporaba una rentable unidad de negocio cargada de desprestigio. «Estoy aquí para ver la cara de un tonto», le dijo un inversor en su rostro. «Usted compró una fábrica de veneno». Imaginaban lo que pasaría. Baumann les ratificó que él no tenía dudas. «La duda —afirmó— es el mayor pecado de un líder». La operación, además, expuso la precariedad jurídica de la Unión Europea, que permitió, sin mayores exigencias, esta alianza nociva. Un poco, salvando las distancias, tenores y contextos, como la de la FIFA y Estados Unidos, como la de Infantino y Trump.

El mismo jueves 2 de julio, el día que Trump llamó a Infantino y logró que la FIFA anulara la tarjeta roja al jugador Balagun, empezando a consumar esa gran vergüenza, la Suprema Corte de los Estados Unidos reglamentó y oficializó el fallo que le dio una importante victoria judicial a Bayer al limitar miles de demandas que acusan a la empresa de no advertir que el glifosato de Roundup provoca cáncer.
En un fallo de siete votos contra dos, el máximo tribunal revocó una indemnización de 1,25 millones de dólares otorgada a un productor que atribuyó al herbicida el desarrollo de un linfoma no Hodgkin (LNH).
«Esta decisión, que refleja un fuerte respaldo de todo el espectro ideológico del Tribunal, contribuye a contener significativamente el litigio de Roundup», añadieron desde Bayer. Desde el mismo día de la compra, y cuando los propios accionistas lo advirtieron, más de 100.000 personas iniciaron demandas en Estados Unidos alegando una relación entre el herbicida y distintos tipos de cáncer.

Naturalmente, John Roberts, presidente de la Corte de Estados Unidos —republicano, ultracatólico, nacido en Búfalo—, apenas sabe que en su país se juega el Mundial de fútbol que amañó, entre amores y negocios, Trump e Infantino. Pero el fallo de su tribunal colaboró para poner fin a una catarata de juicios millonarios contra Monsanto y Bayer en su país y sienta un precedente más que sustancioso para los millones de reclamos de gente enferma que hay en el mundo.
Monsanto tiene el sello de vida y el código genético de Estados Unidos y de este Mundial, profanado por las corporaciones y que, con burda ingeniería, destroza cualquier vestigio de humanidad. Nació en 1902 fabricando sacarina. Más tarde lanzó un novedoso endulzante líquido, que hoy sigue comercializando bajo la marca NutraSweet, también, invariablemente, sospechado de causar cáncer.
En 1950 patentaron una frase que ahora es un bastión dialéctico de Trump: «Somos una empresa al servicio del Estado y del pueblo de los Estados Unidos». En la década del 60, Monsanto fue contratada por el Gobierno, junto a Dow Chemical, para idear y fabricar el Agente Naranja, un herbicida destinado a destruir la selva vietnamita y su ecosistema. Dejó más de 600.000 muertos y un millón de personas con otras enfermedades.

Desde la sacarina hasta Vietnam, la historia de muerte y veneno no se separa. El glifosato y Roundup, el sello de Monsanto, aún no habían nacido, pero vinieron a constituir una coherente línea de trágica presencia, con distintas formas y el mismo resultado.
Trump, en su Mundial, quiere demostrar el poder que geopolíticamente no tiene. Perdió la guerra con Irán y se desquita con la delegación persa en la Copa del Mundo. Debilitado en su estrategia en la cumbre de la OTAN de estos días en Ankara, donde los líderes mundiales quieren desmilitarizar zonas, él insiste con ocupar y controlar Groenlandia. Cuando no tiene protagonismo, destroza cualquier diplomacia. «Si no se hubiese celebrado en Turquía bajo el liderazgo del presidente Erdogan, que es un gran amigo, no hubiese acudido».
Anular, con la complicidad de la FIFA, una expulsión para sacar ventaja es lo de menos como acto, pero responde a la misma miserabilidad ética, como la vida misma de Trump. Todo con el sello de la casa.
El absolutismo de los líderes —en el deporte, la política y las corporaciones— son las caras de un monstruo letal. Bayer, Trump e Infantino deberán, y van, a rendir cuentas. Por su historia reciente, por avasallar, mentir y dañar. Más que nadie, Monsanto, el amparado del poder estadounidense. Ellos generan muerte de la genuina, con alimentos intoxicados, como los otros con bombardeos, drones y exclusión.

El Mundial de fútbol, que debería ser una excusa, es parte del mismo juego. Un instrumento más de aquellos que militan el fratricidio. Que han tenido la capacidad global de convertir al mundo en una sola matanza.
El otro día un amigo me pidió que definiera el significado de guerra civil. Se me ocurrió decirle que es un infierno en el cual el enemigo llama a su mamá en tu mismo idioma.
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