Fútbol

De dónde sale el racismo

Tal vez, para cambiar el resultado, primero haya que admitir algunas tempestades. Por Ariel Scher.

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Fotografía Ariel Scher

Ariel Scher

Periodista.

Esa mujer, ¿qué hace?

Esa mujer, una mujer entre las mujeres y entre las gentes de este país y de este mundo, una mujer, seguro, con amores y con desamores, con sueños y con desvelos, con fútbol y sin fútbol, ¿por qué hace lo que hace?, ¿por qué se erige en medio de un montón de camisetas de San Lorenzo y gesticula con el racismo en cada poro durante un partido frente al Palmeiras, que es un rival y, más que eso, mucho más que eso en esta circunstancia, es de Brasil?

¿Por qué hace muecas racistas esa mujer?, ¿por qué es racista esa mujer?

Esa mujer, la de la tribuna de San Lorenzo, a la cual San Lorenzo anuncia que sancionará, una mujer que será sancionada con justicia porque San Lorenzo es un club, un extraordinario club, y los clubes fueron concebidos para ser con otras y con otras en estado de individualidad y, sobre todo, de colectividad y de comunidad, ¿por qué es racista adentro de una cancha de fútbol?

Esa mujer, ¿qué tiene en común con los tipos que, en la misma semana pero en el estadio de Getafe, le gritaron «mono. Vienes del Mono» al argentino Marcos Acuña y «gitano, gitano», como cuchillazo y no como elogio, al entrenador Quique Sánchez Flores?, ¿o, también en esas horas, con quienes le soltaron «puto negro de mierda» a Cheikh Sarr, el arquero de Rayo Majadahonda español (que, encima, fue expulsado por ir a replicarle esos dichosa sus agresores)?,  ¿o con las voces que provocaron que el camerunés Luis Awono, que juega en el cordobés San Carlos de Noetinger, inaugurara abril denunciando: «Vengo recibiendo insultos y comentarios racistas dirigidos hacia mi piel, algo muy difícil de sobrellevar»?, ¿o con las furias -ya sistemáticas- discriminatorias que le destinó parte del público de Lazio al estadounidense Weston McKennie, de Juventus, menos de medio día antes de que la mujer de San Lorenzo escenificara lo suyo en el Nuevo Gasómetro?, ¿o con las prédicas también racistas de la ultraderecha francesa frente a la perspectiva de que la compositora y cantante francesa de origen maliense Aya Nakamura, símbolo de la música afrobeat y urbana, ejerza un rol principal en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de París en julio?, ¿o con aquellos y aquellas que periódicamente, en las tribunas argentinas, cantan sobre Boca con voluntad agraviante al decir «sos de Bolivia y Paraguay»? No todo es idéntico porque, como desmenuza el sociólogo francés Pierre Bourdieu, «no hay un racismo sino racismos». Pero todo sí carga con lo que también advierte Bourdieu: «Hay tantos racismos como grupos que necesitan justificar que existen tal cual como existen, lo cual es la función invariable del racismo».

«Es folklore», se excusa un pibe que podría o no ser esa mujer, la de San Lorenzo, que asegura no poseer el más mínimo vínculo con las ultraderechas de un lado u otro del Atlántico y que habita cada dos semanas la hinchada de su club mientras confidencia que, en el nudo de la popular, habla y grita lo que allí se habla y se grita sin poner en cuestión nada. ¿Es folklore, o sea algo que (suspendiendo aquí las precisiones que enseñan la antropología y la sociología) resulta una conducta, un ritual, una manifestación que le pertenece al pueblo y, como le pertenece al pueblo, alguien del pueblo la reproduce de manera acrítica, casi porque sí? ¿Todo folklore es legitimable por ser folklore? ¿De verdad, hay inocencia -o siempre hay inocencia- en el folklore? O, como plantea un amigo de ese pibe, acaso distante de la antropología y de la sociología pero muy cerca de la indignación, «¿por qué no cantás que son todos de Suecia y de Noruega? Si el fútbol en esta época potencia la afirmación de la identidad a través del odio al adversario, ¿por qué la expresividad sobre ese odio apela tanto y tan seguido al racismo? El rabino polaco Abraham Hershel, que perdió a parte de su familia por los crímenes nazis, migrado a los Estados Unidos, amigo de Martin Luther King, compañero del movimiento de derechos civiles en los Estados Unidos, opositor al significado imperial de la Guerra de Vietnam, hubiera contestado: «El racismo es la mayor amenaza para el hombre, lo máximo de odio por el mínimo de razón«.

En sus imprescindibles estudios sobre el fútbol en América Latina, el sociólogo Pablo Alabarces descifra cómo el fútbol, por su visibilidad y por su masividad, permitió y permite la puesta en escena del racismo en las sociedades «blancas» (las comillas portan una doble certeza: la palabra «blancas» aquí es textual y es irónica) latinoamericanas, un trazo que, con matices y más que matices, podría esparcirse a sociedades no latinoamericanas. Y no atribuye la responsabilidad del racismo a la cultura de masas. Lo precisa: «Sociedades ampliamente homofóbicas, xenofóbicas y racistas no pueden sino tener una cultura de masas -y, por consiguiente, un fútbol- con esas características».

https://twitter.com/Palmeiras/status/1775949503863898169

La FIFA hace campañas contra el racismo. La Conmebol establece castigos bravos para quienes se comporten como la mujer de San Lorenzo. Las instituciones de allá y de más allá enarbolan discursos severos en esa línea. Los medios de comunicación editorializan reclamando medidas más drásticas. Más de una analista, sin embargo, sugiere que son procederes «políticamente correctos», pero que, de fondo, los miles de individuos que, aunados o sueltos, distribuyen blasfemias segregacionistas lo único que hacen es transparentar un sesgo ideológico acunado en los sectores sociales a las que pertenece la mayoría de las cúpulas directivas de esas entidades. «Reproducen la ética de sus clases dominantes», sintetiza , sin vueltas, Alabarces.

Porque, al cabo, ¿de dónde sale el racismo? Desde luego que no es inherente a la condición humana, ya que, como abrevia el sociólogo español Josep Vincent Marqués, en lo social y en lo cultural, «nada es natural». No de casualidad, luego de las brutalidades contra Acuña, el ex futbolista y periodista José Luis Lanao editorializó entrecruzando racismos y naturalizaciones: «Transitamos tiempos en que lo miramos todo con la indiferencia tumoral de lo naturalizado». Erigido en emblema contra el racismo, el líder sudafricano Nelson Mandela suscribía ese registro cuando se esmeraba en remarcar que el racismo es una construcción: «Nadie nace odiando a una persona por su color de piel, por su origen o por su religión». El racismo no es moral o no es solamente moral. Es político.

Bourdieu habla del «racismo de la inteligencia», que integra «las formas de racismo que son probablemente las más sutiles, las más difíciles de reconocer y, por ende, las que más rara vez se denuncian, quizá porque los denunciantes ordinarios del racismo poseen ciertas propiedades que los inclinan hacia esta forma de racismo». Semejante a lo que conmociona en «¿Sabes quién viene esta noche a cenar?», una película que Stanley Kramer dirigió en 1967, en la que una pareja «bienpensante» estadounidense (representada por una dupla sin olvidos: Spencer Tracy y Katherine Hepburn) desnuda las fragilidades y las hipocresías de su posicionamiento público cuando su hija les presenta a su novio: un negro. Quizás, en más de un sentido, por cáscaras como esa es que las cosas sean como dijo recientemente un enorme artista español, El Gran Wyoming: «El fútbol es un deporte de once contra once en el que al final los racistas se salen con la suya».

Tal vez, para cambiar el resultado, primero haya que admitir algunas tempestades. Primero, que esa mujer, la de San Lorenzo, no desparrama la mancha fea y extemporánea de una sábana limpia sino que, al revés, retrata a parte de la cal y la arena de esta época. Y, después, que el partido está bravo, muy bravo: tanto que hay que jugarlo en todas las canchas, no sólo en las de fútbol. 

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