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El camino al Mundial de la selección femenina, con origen de potrero y después de los conflictos internos

“Nunca me di por vencida. Pudimos remontar el resultado y ahora somos mundiales”, dijo la delantera Yamila Rodríguez, en la victoria ante Paraguay por el tercer puesto de la Copa América. Por Ayelén Pujol para La Nación.

Delfina Vettore

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Yamila Rodríguez es mentirosa. Es una patología rara que emociona y confunde. Ocurre cuando, pegada a la raya, observa cómo la pelota la busca. Ahí arranca su propio repertorio de falacias: su metro 60 se vuelve elástico y hace indescifrable leerle la jugada. Parece que va hacia el balón, pero no, lo deja pasar, gira y lo va a buscar. Cuando se reencuentra, empieza su carrera. Y sigue engañando. Miente para llegar al arco rival. Las rivales lo saben, pero no pueden evitar caer en la trampa. Sus compañeras alimentan sus calumnias: la buscan para que haga del pecado su mayor virtud. Argentina pierde 1 a 0 contra Paraguay y podría quedarse sin Mundial. Insiste, se tropieza, busca y choca. La número 11, la embustera más carismática del mundo, va a conseguir el empate y abrir el partido cuando el reloj marca los 33 minutos del segundo tiempo.

Yamila tiene la varita de las mentiras de la felicidad y Argentina, su Selección, cuenta con ella. Por eso también va a ganar el partido -después de sumar un gol de tiro libre de Florencia Bonsegundo y otro más de la chica de apellido común- para colgarse la medalla de bronce y meterse, sin escalas, en la Copa del Mundo de Australia-Nueva Zelanda 2023. Rodríguez hace de cuenta como si jugara al truco: la que mejor miente, gana.

El viaje por la raya -a veces casi pisándola, por momentos alejándose y tirando la diagonal hacia el centro- es también un regreso a las fuentes del fútbol mismo. Fue una de las cartas que hicieron fuerte a la Selección durante toda la Copa América: intentar jugar y desplegar recursos de potrero en los pies de sus futbolistas más habilidosas. La característica distintiva -por trabajo y por origen natural- a la que no renunció, incluso en un partido decisivo como contra Paraguay, con un adversario que esperó ordenado, que se puso en ventaja, que pegó dos tiros en el travesaño y que, hasta que apareció Rodríguez, tuvo a una arquera que evitó la igualdad. Argentina estará por segunda vez en dos Mundiales consecutivos: lo hizo en 2003 y 2007: y ahora, después de 2019, llegará 2023. Por cuarta vez desde que la FIFA organiza este torneo que arrancó en 1991 escribirá su nombre en una Copa del Mundo.

En la cancha el juego de este equipo emana una mirada a las fuentes, al disfrute del juego por el juego mismo, al deseo de jugar. Ese que la historia intentó prohibirles a ellas porque no era para mujeres. Se evidencia en la picardía, en la gambeta, en el amor propio. De Yamila y del resto.

“Estamos en el Mundial, no lo puedo creer”, expresó Rodríguez, emocionada, apenas terminó el encuentro en el estadio Centenario de la ciudad de Armenia. “Esto es gracias a nuestro esfuerzo, del plantel y del cuerpo técnico, y se lo quiero dedicar a toda la gente que nos sigue y nos brinda su apoyo incondicional”, agregó.

Rodríguez apuntó que en el entretiempo hablaron mucho en el vestuario y se convencieron de que “se podía dar vuelta el resultado” porque Argentina “había jugado mejor que Paraguay”. “Por suerte en el segundo tiempo se me abrió el arco y pude sumar dos goles. Creo que también es un premio al esfuerzo porque nunca me di por vencida. Pudimos remontar el resultado y ahora somos mundiales. Todavía no lo puedo creer”, concluyó.

De los potreros al Mundial

Hay aquí un grupo de futbolistas que arrancaron a jugar con varones en los potreros del país. Florencia Bonsegundo lo hizo en Morteros, Córdoba, en la Liga de San Francisco, Estefanía Banini en Mendoza, Vanina Correa en Rosario, donde les pedía a sus amigos de barrio que le sostuvieran la muñeca que había recibido de regalo para ir a jugar. Rodrígez en Posadas, Misiones, sobre tierra colorada y arcos de madera. Soledad Jaimes en las canchitas donde hacía goles descalza, en Entre Ríos, porque su mamá, que estaba a cargo de ella y sus hermanos, no tenía plata para comprarle otro par de zapatillas si rompía las que tenía pateando pelotas.

El sueño del viaje al Mundial sin escalas, gambeteando el repechaje, arrancó en Armenia, la Ciudad Milagro, el Día de la Independencia. Fue ese 9 de julio y no parecía ser una buena señal: Brasil le ganaba 4 a 0 a este equipo, aunque después iba a quedar claro que la caída, evidente, no perturbaría el ánimo. En tiempos de globalización, de futbolistas criados en laboratorios, donde las identidades parecen haberse perdido, estas jugadoras mostraron que tienen la brújula correcta. Conectaron con sus raíces: hilvanaron goleadas contra Perú y Uruguay, y cerraron el grupo con un triunfo sólido contra Venezuela. En semis, la derrota contra Colombia representó el desafío mental de cambiar el chip. Las discusiones por los testeos positivos de Aldana Cometti, central clave, y también por los de las paraguayas -decisiones de Conmebol que despertaron sospechas- no tenían que desenfocar a la Selección.

El repechaje, distinto al de otros años, aparecía como un mini torneo entre 10 equipos que invitaba a pensar en arrancar de cero. Otra vez. Pero no. Incluso con una dupla central que jugó junta por primera vez -Sophia Braun y Miriam Mayorga-, con un mediocampo comandado en la recuperación por Daiana Falfán, las gambetas de Banini, destacada pese al cansancio físico, la aparición en los momentos claves de Bonsegundo -golazo de tiro libre para la remontada- y los goles de Rodríguez -artillera de la Copa por lo menos hasta que Brasil juegue la final- la Selección se llevó el premio mayor.

A quienes ven el fútbol como un juego puramente físico, en el que hay que cuidarse y no arriesgar, este equipo le dio una lección o al menos dejó la pregunta para pensar: ¿no será que el futuro y la evolución están en el pasado? En apostar a buscar el partido con una futbolista que puede gambetear y tener la pelota como Dalila Ippolito, o en el juego colectivo, en la propuesta de toque, en el hambre, en disfrutar también del riesgo. En la adrenalina que genera tener un cuatro de copas y dos sotas; y mentir y cantar falta envido. En las memorias de una wing derecha. Argentina creó sus propios sueños. Los alimentó incluso conviviendo con algunos conflictos grupales, parte de las dinámicas de un grupo con jugadoras que tuvieron que saltar choques. Como el que vivió el grupo después del Mundial 2019. Sin embargo, en la cancha todo eso pareció quedar afuera. Otra vez la ley del potrero. Esta Selección cuidó los anhelos a capa y espada.

Se anota en una nueva Copa del Mundo. La perspectiva de futuro es enorme: si los buenos resultados atraen visibilidad, un Mundial es la mejor vidriera para las niñas y mujeres que tienen sueños de fútbol y no pueden concretarlos frente a las resistencias que siguen vigentes.

Aquí en Colombia, anoche, estas pequeñas almitas bailaron de alegrías futboleras.

Por Ayelén Pujol para La Nación

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