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El deporte neoliberal

Por Marcelino Gasseuy

Marcelino Gasseuy

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A los 90 años falleció Carlos Saúl Menem. Durante su presidencia, en la década del noventa, el deporte ocupó un lugar central en la agenda mediática y el deporte se convirtió en un producto de consumo masivo que construyó fuertes lazos de identidad. Exhibicionismo y frivolidad: el legado de la política deportiva del menemismo.

Habían pasado apenas dos meses de su asunción a la presidencia cuando Carlos Menem, el martes 29 de agosto de 1989, disputó un partido con las principales figuras del básquet argentino. Antes del encuentro, que tuvo fines benéficos, el Presidente declaró: “Yo me formé en la escuela del deporte y por eso estoy convencido de que detrás de un hombre que hace deportes hay un hombre bueno. Por eso, siempre les digo a los padres que enseñen a sus hijos a hacer deportes”.

Menem jugando al básquet con la Selección Argentina que tenía en sus filas a Jorge “el Gigante” González.

La anécdota permite comprender cómo el gobierno menemista utilizó al deporte con fines estratégicos. “El deporte fue el costado de mayor exposición pública de Carlos Menem durante su década de gobierno y fue tal vez uno de los pocos sectores en donde el presidente pareció peronista”, escribió Ezequiel Fernández Moores El Menem de los primeros tiempos salía a una cancha de fútbol con Diego Maradona, jugaba básquetbol en el Luna Park, manejaba con Carlos Reutemann y jugaba tenis con Guillermo Vilas y Gabriela Sabatini.

Continúa Fernández Moores: “Igual que Perón, Menem también construyó infraestructura deportiva y celebró sus propios Juegos Panamericanos. Si la Argentina de Perón ganó los primeros que se celebraron en Buenos Aires en 1951, la Argentina de Menem conquistó una inédita cantidad de 159 medallas en los de Mar del Plata ‘95. Si Perón construyó el Autódromo Oscar Gálvez y financió la consagración de Juan Manuel Fangio, Menem logró la vuelta, aunque fugaz, de la Fórmula 1. Si Perón celebró el Mundial de Básquetbol de 1950, Menem tuvo el suyo en el noventa”.

También jugó al tenis junto a Gabriela Sabatini.

A finales de 1989 se elevó de rango la cartera deportiva convirtiéndola en Secretaría de Estado con nivel de Ministerio y se reglamentó por decreto la Ley del Deporte 20.655, aprobada por el Congreso de la Nación 15 años antes.

Sin una inversión genuina en el deporte y sobretodo en el deporte social y comunitario fueron tres los secretarios que manejaron el deporte durante el período menemista. Fernando Galmarini fue el primer secretario de Deportes y durante su gestión se construyó el Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (CeNARD), pero debió alejarse del cargo, fuertemente enfrentado con el Comité Olímpico Argentino (COA), tras el fracaso en los Juegos de Barcelona ’92 en donde la delegación sólo cosechó una medalla de bronce.

partido con la selección argentina que contaba con diego maradona.

El siguiente ciclo olímpico, los Juegos de Atlanta ‘96, puso fin a la polémica administración del riojano Livio Forneris quien administró la secretaría entre 1992 y 1996 y renunció después de las olimpiadas tras las críticas por el atraso en el pago de las becas de los atletas que participaron de la competencia. Además, el profesor y masajista personal de Carlos Menem, que no desentonó en una época plagada de corrupción, fue llevado a juicio oral porque un informe de la Sindicatura General de la Nación (Sigen) reveló negociaciones incompatibles con el ejercicio de su cargo, malversación de caudales públicos y defraudación por unos 15 millones de pesos/dólares.

El riojano fue reemplazado por Hugo Porta “quien a través de una gestión de bajo perfil y buen diálogo con los deportistas disimuló la sensación de abandono que pareció trasmitir hacia el deporte el Menem de final de ciclo. Un claro ejemplo es la reducción del presupuesto del área a un mínimo record de 23 millones”, sostiene Fernández Moores.

Junto a Maradona. Los unió una relación especial.

También durante el menemismo Argentina soñó ser olímpica. El Comité Olímpico Internacional (COI) preseleccionó en 1997 a Buenos Aires junto con Roma, Ciudad del Cabo, Estocolmo y Atenas. La presentación ante el COI, que incluía el saneamiento del Riachuelo y otros puntos de dudosa concreción, recibió sólo dieciséis votos en la rueda final. El sueño costó unos 10 millones de dólares. La Argentina que se imaginó olímpica no tenía atletas ni nadadores olímpicos. Pero tampoco tenía interés. El día de la votación, en Roma, Madrid y Ciudad del Cabo miles de personas aguardaban el resultado en las calles. En Buenos Aires apenas se juntaron doscientos voluntarios, un ex comisario y ningún deportista en el Teatro San Martín.


Por Marcelino Gasseuy, miembro de Cooperativa Al Toque Ltda.

Este artículo es fruto del trabajo autogestionado de Al Toque Deportes. Estamos preparando un modelo para que nos acompañes y estemos cada día más cerca.

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