Efemérides

La dignidad de la vida

El 15 de agosto de 1949 nació José Alfredo Duarte. Tendría 75 años. Es uno de los tantos desaparecidos en la última dictadura militar. El 1 de marzo de 1976 fue visto por última vez. Peronista y Montonero escribió su propia historia que vale pena ser contada y es su hija Clarisa la que se encarga de transmitir los valores que su padre jamás perdió.

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“Papá déjame buscarte, guía mi camino // Yo cerraré mis ojos y comenzaré a andar // Silba papá, canta una canción para que pueda escucharte // Comprende papá, hay mucha oscuridad”. Con estas palabras, que nacen del sentimiento profundo y la necesidad de búsqueda, Clarisa Duarte utiliza la poesía como la manera más noble de conectarse junto a su padre José Alfredo Duarte, secuestrado y desaparecido durante la última dictadura militar. “La dictadura me robó perversamente el derecho a ser feliz porque siempre siento que me falta algo. Que ésa persona a la cual amo no puede descansar en paz. Me falta su presencia y me causa dolor imaginar su padecer. Todavía hoy espero encontrar su cuerpo porque también una parte de mi está perdida, divagando por allí, esperando poder cerrar su historia, aunque sé que las heridas jamás cerrarán”, dice Clarisa quien tenía apenas un año de vida cuando las patotas militares secuestraron en la ciudad de Córdoba a su papá. El 1 de marzo de 1976 fue visto por última vez. Pero antes de ese triste día, “Peco”, como lo llamaban sus seres queridos, escribió su propia historia. Que vale pena ser contada y es su hija Clarisa la que se encarga de transmitir los valores que su padre jamás perdió.

Compromiso y militancia José Alfredo Duarte nació el 15 de agosto de 1949 en Río Cuarto y creció en el seno de una familia humilde de trabajadores en donde nada sobraba, pero el esfuerzo laboral de sus padres hacía que tampoco nada faltara. Tras una infancia feliz en el barrio Fénix, ubicado en el sector este de la ciudad y en donde habitan en su mayoría obreros, “Peco” empezó a absorber los valores de la solidaridad social que generó en él una conciencia política que lo llevó a ingresar a los 21 años en las filas de la Juventud Peronista y comenzar a militar en Montoneros. “Fiel a su personalidad llena de valores quería lograr que los sectores más postergados socialmente tuvieran un mayor bienestar. Alguien escribió en su memoria, que “al ‘Peco` le dolían los pobres, y así era, le dolían las diferencias sociales, la falta de libertad, la falta de oportunidades. Quería cambiar ése destino y sumó su compromiso, su voluntad y su vida para lograrlo”, dice Clarisa Duarte. “Peco” pensaba que un pueblo educado jamás sería explotado ni humillado. Por eso trataba de luchar contra el flagelo del analfabetismo brindando asistencia social en barrios humildes de la ciudad de Río Cuarto. Presente en la Universidad José Duarte cumplió funciones como trabajador No Docente entre 1974 y 1975 en el Comedor y en el Departamento de Imprenta y Publicaciones de la Universidad Nacional de Río Cuarto. En la casa de estudios universitarios dejó un importante legado y muchos amigos que todavía lo recuerdan con admiración. Pero a pesar de que a “Peco” la arrebataron tempranamente su vida, en la Universidad estará presente por siempre. En el año 2000, el Consejo Superior propuso que un aula emblemática del campus, como es el Aula Mayor, llevara su nombre. Mediante Resolución 029/2000 aprobó un proyecto del consejero superior no docente Miguel Daniele por el cual el aula pasó a denominarse José Alfredo “Peco” Duarte.  El texto resolutivo expresa que Duarte “era, como tantos otros trabajadores, un ciudadano comprometido con la comunidad universitaria de Río Cuarto y es un símbolo de reconocimiento para todos los miembros que fueron parte de la comunidad universitaria y que fueron víctimas de desaparición forzada, con todo el perjuicio que aquello acarreó para sus seres más queridos y para la sociedad en su conjunto”.  Años más tarde trabadores universitarios nucleados en la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE) de la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA) lanzaron la Agrupación de Trabajadores No docentes Universitarios denominada «Peco Duarte».

Un apasionado del deporte Cuenta su hermano Miguel que “Peco” en su infancia jugaba al fútbol y practicó boxeo. Siempre jugaba en los picaditos junto a los chicos del barrio Fénix. “Eran imperdibles los partidos ante el clásico barrial la “Cueva del Caño de Escape”, equipo en el que jugaba José ‘Pato` Svaguza, otro joven desaparecido durante la última dictadura militar. En la década del sesenta también se dedicó al boxeo y lo practicaba en Centro Cultural Alberdi”, recuerda Miguel, quien se desempeñaba como policía cuando su hermano fue secuestrado y desaparecido. En los campeonatos de Papi Fútbol era arquero de Triángulo Rojo y participó en varios torneos con destacadas actuaciones que lo consagraron como uno de los mejores arqueros del campeonato. Mientras que durante su etapa del secundario defendía la casaca del Colegio Nacional, equipo en donde también jugaba Juan Carlos Perchante, otro riocuartense desaparecido. Como jugador de plantel federado, “Peco” jugó en la cuarta especial de Centro Cultural Alberdi. Tras vestir la casaca del “mercedario” pasó a defender los colores de Sportivo Reducción. Cuenta su hermano que “Peco” ya había comprendido que, siendo arquero, puesto en el que jugó en su etapa de la niñez, pubertad y juventud, daba ventaja por la estatura. Por esta razón, es que comenzó a jugar como delantero, siendo un nueve habilidoso y goleador. No faltaba a ningún picado y era hincha declarado de Talleres de Córdoba.

Persecución y desaparición Bastó simplemente su condición de militante social para ser incorporado en las listas negras de la Triple A. Empezó otra historia para la familia Duarte. Empezaron a huir y a esconderse de los militares que el 24 de marzo de 1976 pasarían a gobernar imponiendo el terror y derramando sangre que provocaría una mancha imborrable para la historia de nuestro país. Debieron refugiarse en diferentes hogares. En aquellos lugares que estuviesen dispuestos a recibirlos. “No era fácil lograr esto puesto que la sociedad misma estaba amenazada. Sólo bastaba ser ‘conocido de` para que te hicieran un allanamiento en tu casa y vulneraran tus derechos sin importarles nada. Hubo gente que no nos abandonó y jugándose nos brindó alojamiento y también hubo quienes nos cerraron sus puertas por miedo. Fueron tiempos difíciles”, cuenta Clarisa. A fines de 1975 lo amenazan y junto a su esposa Susana y su pequeña Clarisa se trasladan a Córdoba. Se encontraba en la casa de su padrino cuando arribaron tres autos y se lo llevaron. Nunca más se supo algo de José Alfredo Duarte. Fue asesinado y sus restos jamás aparecieron constituyéndose en un desaparecido más de la dictadura militar más cruel de la República Argentina. Miedo, desesperación y espera Cuenta Clarisa que, a causa del miedo causado por las situaciones vividas, su mamá se enferma de paranoia y al ver que su marido no regresa comienza con ataques de pánico y desesperación. Temían un secuestro y deciden regresar a Río Cuarto porque significaba un peligro quedarse en Córdoba. “Al llegar a nos quedamos en la casa de mi abuela materna en la que por cinco años mi mamá se esconde sin salir a la calle. En ése período hubo allanamientos en la casa lo que incrementa su miedo y agrava la enfermedad”, dice Clarisa. En sus primeros años de vida tuvo que aprender a guardar silencio. Para proteger a su madre no podía decir que estaba viva y sólo el círculo íntimo de su familia sabía que ella estaba allí. “En el barrio se sabía que a mi papá lo había secuestrado la dictadura y había vecinos que no dejaban a sus hijos juntarse conmigo porque según ellos yo era hija de ‘subversivos`, un poco quizás por lo que trasmitían los medios de comunicación de la época, influenciados por la dictadura. A la discriminación también la viví cuando entré al Jardín de Infantes. Todavía guardo el informe en el que dicen que soy hija de prófugos. Sólo era una niña de cinco años a la que le habían desaparecido su padre, le habían enfermado a su madre y también le estaban robando su infancia”, recuerda Clarisa con dolor. Y agrega: “También me quitaron el derecho a ser feliz. Jamás pude compartir un paseo con mi mamá, jugar en la plaza ó recibir la carpeta en el jardín. Crecí viendo deteriorarse la salud de mi mamá sufriendo la ausencia de mi papá al que todavía esperaba. La recuerdo todas las noches caminando de rodillas abrazando un cuadro de Jesús pidiendo para que él volviera y yo siguiéndola también de rodillas, tal vez en forma de juego, lo que generaba en mí la espera expectante de volverlo a ver”. Clarisa creció esperando a su padre que jamás volvió. “Recuerdo que cuando llegó la democracia nuestra familia esperaba que él hubiera estado detenido en algún lugar y lo dejaran regresar. Pero eso nunca sucedió. Ni siquiera pudimos reencontrarnos con su cuerpo y saber que hicieron de él”, explica Clarisa que, junto a su esposo Marcelo y su pequeño hijo Stefano, ha conformado una hermosa familia que es uno de sus principales sostenes en esta búsqueda que ya lleva 36 años. Reivindicación y búsqueda “Sentirás la fuerza del sol // y el aire puro de la mañana // sé que alguna estrella te inspirará // y me cantarás una canción de cuna”, le dice a través de su poema Clarisa a su padre mientras no pierde las esperanzas de encontrarlo. Aunque por siempre su herida costará cauterizar, no hay peor dolor que la incertidumbre de no saber en dónde está su padre y entiende que la mejor reivindicación que puede hacer por él es no bajar los brazos y seguir buscándolo.     Después de tantos años sin saber que había sucedido con su papá, Clarisa pudo averiguar que “Peco” estuvo detenido en el centro clandestino campo La Ribera de la ciudad de Córdoba. “Papá creo que te he encontrado… ¿eres tú? // Mira lo que te han hecho // Toma… te devuelvo tu vida… te pertenece // A la dignidad no te la devuelvo porque siempre estuvo contigo // Lo hiciste muy bien, jamás la has perdido”, son las expresiones que emergen del hermoso poema “Un lugar para ti” con el que Clarisa le habla a su padre José Alfredo “Peco” Duarte mientras espera reencontrarse con él.

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