Fútbol
Los 3 mosqueteros, la cámara y el algoritmo impostor
Por Leonardo Gasseuy
Nacho vive en México, Victoria en Barcelona y Manuel en una ciudad del interior de Córdoba en Argentina. Los tres son diferentes en casi todo. No comparten franja etaria ni proyectos conjuntos, ninguno sabe qué piensa, qué moviliza y en qué frecuencia vibra el otro. Literalmente no se conocen. Pero tienen en común un apéndice físico que es una extensión sensorial de sus propias vidas. Caminan por el mundo con una cámara fotográfica en sus manos y esa mancomunidad que involuntariamente los une, hace que los tres vivan colocando la cabeza, el ojo y el corazón en un mismo eje.
Consideran que la fotografía es un medio poético de revelaciones y asombros que se encuentran invocados y convocados en cada centímetro del planeta y en cada segundo de sus vidas.
Claramente el mundo en sí, es una dicotomía amorfa. La fotografía como ser social corpóreo, acompaña ese movimiento vivo dando presencia, inmortalizando y permitiendo perdurabilidad. Si consideramos el sociograma como una miscelanea cambiante, circular y vivo, la fotografía es el principal general de un ejercito abstracto de un tiempo pretérito.


Los tres son fotógrafos modernos. Intentan hablar por sus imágenes en la era que todo se visualiza y donde las redes enredan el sentir, exigen inmediatez y reemplazan las palabras, sumado el combo artificial de filtros y manipulaciones que tienen las imágenes de las redes.
Ese giro candente y constante que es el mundo actual necesita testigos eclécticos provistos de alma, más cuando la fotografía será siempre el eje de una forma de belleza motorizada por la contradicción. Nacho, Victoria y Manuel, son sin pretenderlo, testigos de realidades que al existir y ser visibles, suponen ser un impacto emocional a capturar. Entienden, que después de una buena foto, todo cambia y piensan que no existe cambio cultural sin emoción duradera.
Para ellos tres el mundo (su mundo) es el París de Daguerre y el lustrín del propio Louis, es el apetito voraz de sus ojos y sus mentes inquisidoras. La cámara ve un poco más de quien la maneja y detrás de esa unción estética hay siempre una función documental y los tres coinciden en que una imagen, agiliza como nada el ejercicio de la razón.


Como dijo Borges (ellos tres coinciden) todos los hombres nacen platónicos o aristotélicos. Los primeros intuyen que las ideas son realidades y para los últimos son meras generalizaciones. Como la vida real (o la foto real) y las redes sociales que pasaron con impostura a ser el nuevo dogma de la urbe panteísta.
Nacho es Ingeniero, camina México con su cámara y hace revivir los rostros sociales del Distrito Federal. Igual, su obra vanguardia el interior profundo, indígena y digno del país entero. Las manos, las caras y paisajes que componen su obra ratifica eso de que lo importante no es cómo el fotógrafo mira el mundo, sino su íntima relación con él.
Manuel, en algún lugar de Córdoba, ejecuta imágenes con latidos y revive la historia de los anónimos, mientras que Victoria en Barcelona ratifica con su obra, su rol de inmortalizar (aún mas) la inmortalizada obra de Gaudí. Los tres desafían el poder instantáneo y artificial de las redes solamente con la convicción de creer que la creatividad es el arte de tener una mente salvaje y un ojo disciplinado.


El 25 de junio de 1978 Argentina ganó su primera Copa Mundial. A las 17:57, a solo un minuto del final del partido, el fotógrafo Ricardo Alfieri de Editorial Atlántida capturo el instante en que Ubaldo Fillol el arquero argentino se funde en un abrazo con su compañero Alberto Tarantini. El primero lloraba pensando en su familia y Tarantini ofrecía el título a la memoria de su papa recién fallecido. Sin embargo, la escena sumó un tercer protagonista inesperado que transformó una celebración deportiva en una obra de arte visual. Víctor Dell’Aquila, un joven que había perdido ambos brazos en un accidente con descarga eléctrica, saltó al campo de juego y se unió al festejo de los jugadores.
¨Toque el cielo con las manos” dijo Víctor mientras la imagen era una leyenda. DellAquila nació en San Francisco Solano y desde los doce no tiene sus brazos. La obra de Alfieri “El Abrazo del Alma”, que es considerada la mejor foto de la historia de los mundiales, lleva recibida más de 80 premios nacionales e internacionales. Es símbolo de felicidad, dramatismo y resiliencia. Conjuga el sentimiento real y la historia viva de una imagen de calidad que hizo de la perdurabilidad su sello.
El debate moderno que enfrenta la foto arte, genuina y compacta con la inmediata artificialidad de las redes solo se refiere a una banal disputa de época que no confronta naturaleza ni espacio.
Las redes con su bombardeo algorítmico son personas y objetos lejanos que con el tiempo se diluyen en contornos desenfocados e imprecisos, mientras que la fotografía seguirá con su derrotero cansino, la de un cazador obsesionado cargado de convicción y paciencia.
El legado de Ricardo Altieri, que nos regaló El Abrazo del Alma, se representa en Nacho, Manuel y Victoria. Los tres mosqueteros, que con una cámara defienden el rigor de una imagen, pura y corpórea, que no tiene otro afán que darle música y latido a su trabajo. Coinciden en eso de que el fotógrafo es el principal enemigo del polvo y el olvido, y que la fotografía es el único idioma universal que no necesita traductores.
Bruce Gilden es un fotógrafo callejero está a punto de cumplir 80 años. Casi en su totalidad su obra gira en torno a los habitantes de Nueva York, hace poco le preguntaron bajo que conceptos elegiría una buena foto. Es muy simple, dijo, si puedes oler la calle al mirar la foto, sin dudas es una foto de la calle.
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