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Ana Laura Viglione, el talento que tocó la élite y eligió volver para formar
En una ciudad donde el deporte se vive con intensidad, aunque muchas veces lejos de los grandes focos, Ana Laura Viglione supo construir un camino que la llevó desde Río Cuarto hasta el alto rendimiento internacional. Su historia está atravesada por el talento, el esfuerzo y también por las dificultades de una época en la que sostener una carrera profesional en el tenis era un desafío tan grande como competir dentro de la cancha.
Sus lágrimas, todavía presentes cuando recuerda aquel recorrido, condensan mucho más que nostalgia: hablan de la angustia, de las decisiones difíciles y de ese inevitable “qué hubiera pasado si…”. Pero también de una vida marcada por el tenis, que hoy continúa desde otro lugar.
Desde muy chica, el destino parecía escrito. “Empecé a jugar a los 5 años porque mi familia jugaba al tenis. Mi abuelo y mis papás me llevaban al club Banda Norte. Mientras otros chicos estaban con la palita y el balde, yo agarraba una raqueta y me iba al frontón”, recuerda. Lo que comenzó como un juego rápidamente se transformó en algo más serio. A medida que su nivel crecía, también lo hacía su pasión.
El salto hacia la competencia llegó temprano. A los 9 años comenzó a entrenar en Estudiantes bajo la guía de José Luis Prieto, a quien define como un pilar fundamental en su desarrollo. “Nos exigía mucho, pero a mí me encantaba. Disfrutaba entrenar, viajar a torneos y esa adrenalina de competir que creo que todavía tengo”, cuenta.

El esfuerzo tuvo su recompensa. En 1995 alcanzó el número uno del ranking nacional y fue nominada para representar a Sudamérica en el Sudamericano de Colombia. “Esa convocatoria fue algo hermoso”, asegura. Aquella experiencia marcó un antes y un después, no solo por el nivel de competencia, sino por lo que vendría después: una gira por Europa que le permitió medir fuerzas con jugadoras de otro calibre.
“El choque fue fuerte. Se notaba la diferencia física y la costumbre de jugar en distintas superficies. Tenían más recursos”, admite. Sin embargo, lejos de achicarse, ese escenario la impulsó a seguir creciendo.
En 1997 dio uno de los pasos más importantes de su carrera: participó en torneos de primer nivel como el Abierto de Canadá y el US Open en categoría junior, además de competir en el circuito ITF en busca de un lugar en el profesionalismo. En Nueva York disputó el cuadro principal de singles junior, donde cayó ante la eslovena Katarina Srebotnik, quien años más tarde alcanzaría el puesto 20 del ranking mundial.

Pero mientras su nivel dentro de la cancha crecía, afuera comenzaban a aparecer los obstáculos más difíciles. La falta de acompañamiento constante y, sobre todo, las complicaciones económicas empezaron a pesar.
“Ese fue el cambio más duro. Empezás a preguntarte si esto va a ser para toda la vida o si en algún momento se termina. Cuando sos chico no lo pensás tanto, pero después aparecen otras cosas”, explica.
En 1998, tras una experiencia de tres meses jugando para un club en Alemania, tomó la decisión más difícil de su vida: dejar el tenis profesional. Tenía apenas 18 años.
“Me costó muchísimo. Yo me imaginaba que mi vida iba a ser siendo profesional. Preguntarme qué hacer sin el tenis, que ocupaba todo mi tiempo, fue muy duro”, confiesa. El proceso no fue sencillo: necesitó terapia y atravesó momentos de duda, sobre todo al ver a ex rivales que lograban dar el salto al circuito mayor.
Sin embargo, la historia no terminó ahí.
En 2001, ya alejada de la competencia y enfocada en sus estudios, recibió una oportunidad inesperada. Un torneo universitario en Buenos Aires otorgaba la clasificación al Mundial de Universidades en China. Decidió participar, casi sin expectativas, y lo ganó. “Fue algo que el tenis me dio sin esperarlo. Fui a disfrutar y terminé viviendo una experiencia increíble”, recuerda.
Con el paso del tiempo, el vínculo con el tenis encontró una nueva forma. Tras un breve alejamiento total, entendió que no quería soltar aquello que había sido parte central de su vida. Así comenzó su camino como entrenadora.
Hoy, Viglione es profesora en su academia y una de las referentes del tenis formativo en Río Cuarto. “Me apasionó desde otro lado, poder transmitir todo lo que viví a mis alumnos”, señala.
Pero el regreso no fue solo desde la enseñanza. Hace un tiempo volvió a competir, esta vez en el circuito de veteranas. Y, como le anticiparon, redescubrió sensaciones que creía guardadas. “Me dijeron que una vez que volvés no te querés ir más… y así fue”, cuenta entre risas.
La historia de Ana Laura Viglione es la de una carrera que rozó la élite, que se vio condicionada por factores externos y que encontró un nuevo sentido en el regreso. Una historia que demuestra que, en el deporte como en la vida, no todo pasa por llegar, sino también por lo que se construye en el camino.
La entrevista completa
Producción Al Toque
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