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Fútbol

Cuando Carugati pensó en Gaza

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Leonardo Gasseuy

Pasa por estos días. Como desde hace décadas. Hamas tomó la iniciativa de atacar, perforo el mito de la “inviolable” seguridad israelí y desató el infierno. Mató y secuestró. A las horas Israel redobló los fuegos, contratacó y alimentó el  mismo infierno. Antes fue al revés.  Es doloroso y repugnante tanto dolor, como la estupidez de las posturas sectoriales. Todos analizan, pocos piensan.

Las razas, la geopolítica y el fanático egoísmo de conceptos, no tienen lugar o sobran cuando aparece tanta sangre. 70  años  de mutua autoeliminación nos invalidan como especie. La banal complicidad mutua hace que muchas generaciones identifiquen al sagrado enclave como sinónimo de terror y muerte. Cuando se necesita un consenso global al conflicto, más oportunistas hacen su juego. Las potencias mundiales se convierten en carroñeros convidados y  en vez de altruismo son portadores de cerillas y azufre. Aunque lo nieguen llevan el infierno en la imaginación.

Gaza hoy tras los intensos bombardeos entre Israel y Hamas.

¿Las coincidencias no estarán en un ámbito más cercano? ¿No será hora de que los que fracasan y manchan de sangre con actos, gestos y misiles sean desplazados por el sentido común?. Imposible, todos autoconspiran. Los propios palestinos y judíos. Estados Unidos y China. Arabia Saudita e Irán. Todos tienen sus razones. Siempre se impone la muerte. Israel es una monocromía de sirenas y Gaza  una sufriente prisión penando al aire libre.

CARUGATI Y SU SIMPLEZA, SÍ PENSARON

Como miles de niños – sueños, Ricardo Carugati recibió la sentencia a un costado de la cancha, el técnico de su categoría le comunicaba que no sería tenido en cuenta. Por un momento el mundo – o su ilusión de vida – se destrozaba en pedazos y si bien llevaría sus guantes a otra parte, quedaba claro que ante la decisión de Argentinos Juniors, no sería arquero profesional. El vacío del fútbol: un pibe más,  un sueño menos.

Carugati, fiel a su obstinación, no sacó al fútbol del radar de su cotidianeidad, superó ese golpe de la adolescencia. En 1994 recibió el título de técnico y arrancó en las inferiores de Deportivo Merlo. Cuando hablaba, sus ideas suponían  una serie de engranajes inconexos que eran difíciles de entender, una cabeza distinta en el conurbano bonaerense, con el mundo y la  geopolítica como meta,  entendía que lo irrealizable sería posible mientras estuviera al alcance de sus manos.

Se contactó con las Naciones Unidas y fue derivado a ese medio de integración que son los Cascos Blancos donde presentó un proyecto para fomentar la práctica de futbol entre los jóvenes de la Franja de Gaza, recibió el apoyo de Yasser Arafat, fue tan profundo el ímpetu de su gestión, que en un terreno donde solo existían piedras, arena y rencor le dio nacimiento a  la Selección Nacional de Futbol de Palestina.

Ricardo Carugati junto al profesor Raúl Oscar Paglilla en Palestina.

La guerra de estos días genera una cruel involución a los endebles tratados. La ciudad de Jerusalén es demasiado amplia, sagrada  y heterogénea, para que el cuestionado  Netanhyu y su sistema de opresión la quieran catapultar como la capital eterna de Israel.  Mahmus Abbas, el Presidente Palestino, es débil y genuflexo, ambos conspiran para que  Hamas, cada vez más teocrática y conservadora,  se convierta en una horda asesina.

Los habituales manipuladores de la geopónica mundial juegan al ajedrez desde lejos, en un tablero de sangre y terror que parece no tener fin. La ultraderecha Sionista que asesinó a Rabin y los que llaman a la intifada, son solo parte del juego macabro. Tan fácil de identificar, tan difícil de resolver.

El dolor y la muerte son corrosivos pero superables, Ricardo Carugati antes de llegar a Gaza, cuando vivía en Buenos Aires vivió el peor martirio, perdió a su hija de 3 años. Cauterizó su dolor dedicando su vida a una causa. Organizó el proyecto y le dio forma, fue muy respetado por Arafaf que lo ponía de ejemplo.

Empezó a armar su equipo de futbolistas, conformó dos grupos por las disposiciones logísticas que perversamente marca la guerra, el primero entrenaba en Gaza y el otro en la ribera de Cisjordania. Dialogando y enseñando fue superando resistencias y haciendo entender que existe futuro, siempre que haya disposición. Pasaron los años,  su modelo se sostuvo pero  no tuvo imitación.

Logró con el empeño de los soñadores, que en 1998  la FIFA  reconozca al seleccionado como Asociación miembro. Paradójicamente, Palestina   tenía internacionalmente un representativo en fútbol, antes que soberanía estatal (aun no logra que la ONU lo reconozca como estado) solo un año después ganaron la medalla de bronce en los Juegos Panarábicos tras perder ante Jordania en la semifinal.

El impulso estaba dado, en el año 2000 Carugati moriría en Zurich en un Congreso de FIFA  donde fue a recibir un premio  por su obra en Gaza, en ese momento dirigía  la Selección de Jordania,  las paradojas que solo tiene el mundo de los hacedores: cuando creía que su mundo particular  no tenía solución,  encontró su felicidad y paz en el único lugar del mundo donde estos dos estados, no existen.

Lo de Carugati es una muestra banal (o no tanto) de que alguien pensó en la región con una actitud superadora. No la barbarie diplomática conjunta y arbitraria que condena al dolor. Estados Unidos quiere a Israel en romance con Arabia Saudita para asediar  con más comodidad, mientras que  los chinos presionan a los saudíes para afinar una alianza con Irán.  Como fuere, todo será igual o peor.

“No somos dioses pero somos ingleses, que es casi lo mismo». Pocas frases como ésta podrían definir mejor y más brevemente el espíritu imperial británico, y al mismo tiempo, pocas definiciones contienen más ironía: al fin y al cabo es una pasaje del genial relato de   Rudyard Kipling, pero grafica una de las génesis del problema de oriente medio. Los ingleses (o casi dioses) les prometieron a dos pueblos la misma tierra. Fin de la historia, comienzo del conflicto.

El hombre está empecinado en autoeliminarse. Desde que el mundo es mundo, chapalea en ese derrotero. La muerte de civiles es el límite a todo.  Muy cerca de la actual convulsionada Franja de Gaza, en los primeros minutos del hombre, Caín, el primogénito de Adán y Eva,  mató a su hermano Abel y comenzó a marcar el rumbo de una humanidad penante. Fue el mayor genocidio de la historia. El mundo estaba habitado por 4 personas y ese asesinato se llevó el 25 por ciento de la población.

A través de los siglos la historia es la misma, la cruenta estupidez fratricida que no se detiene por nada, sin entender  que arrojar misiles y matar a niños que están jugando,  es simplemente anticipar  el fin del mundo.

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