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Efemérides

La barbarie

Fragmento del capítulo 13 de “Deporte Nacional. 200 años de historia”, de Ariel Scher, Guillermo Blanco y Jorge Búsico, publicado por Tea y Deportea y Emecé, en el 2010

Iván Ortega

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Ese país roto, fusilado, torturado, estafado y, en especial, desaparecido que diseñó la dictadura militar encaramada en el poder desde el 24 de marzo de 1976 silenció todo menos el fútbol. Menos el fútbol que, en medio de órdenes para prohibir y prohibir y prohibir, fue lo único que se permitió.

El comunicado número 23 de la Junta Militar que había derrocado a María Estela Martínez de Perón interrumpió la secuencia de los contenidos que una voz grave y monocorde leía y releía para notificar las disposiciones del quinto gobierno argentino del siglo XX surgido de un golpe de Estado. Marchas militares, ninguna programación y la voz grave y monocorde que, de pronto, anunció algo distinto en ese comunicado número 23: “Se ha exceptuado de la transmisión por cadena nacional de radio y televisión la propalación programada para el día de la fecha del partido de fútbol que sostendrán las selecciones nacionales de Argentina y Polonia”. Durante noventa minutos, esa sociedad a la que se le ordenaba detener los movimientos vio cómo una pelota iba de acá hacia allá.

La Argentina le ganó a Polonia 2 a 1, con goles de Héctor Scotta y René Houseman, aquel partido que se jugó en la ciudad industrial de Chorzow, el segundo de una gira que se había abierto auspiciosamente con una victoria sobre piso de nieve y por 1 a 0 ante la Unión Soviética. “Teníamos mucho miedo a todo, a lo que fuera, una guerra civil, por ejemplo. Horas después del partido llegó a la concentración una orden del propio Jorge Rafael Videla diciendo que la Selección ‘tenía que jugar’ ese encuentro ante Polonia”, contó Scotta muchos años después. Por fuera del juego y de los goles, la resolución de televisar el partido anticipó muy claramente que en la nueva etapa el fútbol, en particular, y el deporte, en general, constituían un instrumento político preeminente. O de otra manera: si la historia del país revelaba que el deporte podía ser —para coincidir o diferir en el propósito— una máquina de poder (tal la definición del periodista italiano Gianni Miná), la más bruta de las brutas dictaduras argentinas trató de que esa máquina produjera más efectos que nunca.

Hace 45 años, en el mismo día del golpe militar, Argentina jugaba un amistoso con Polonia.

Fue el fútbol en particular el foco de sus miradas no solo por todo lo que abarcaba hacía muchísimo tiempo en la Argentina. Además, estaba concedida la sede del Mundial de 1978, que los militares debatieron y avalaron realizar también en su primer día en el poder. No tendrían dificultades de formato político con la FIFA, una organización que no les ponía trabas a los gobiernos salvajes de cualquier parte del mundo.

El único cuidado en ese terreno era diferenciarse de las dos dictaduras anteriores y no intervenir la AFA, ya que el máximo ente del fútbol internacional requería que sus afiliadas tuvieran autonomía —al menos formal— para llevar adelante este tipo de campeonatos. Lo dejó en claro el ex oficial de las SS nazis Hermann Neuberger, alta autoridad de la FIFA, quien desembarcó en la tierra donde miles eran secuestrados para avisar que no habría problemas. “El cambio de gobierno no tiene nada que ver con el Mundial. Somos gente de fútbol y no políticos”, afirmó.

El abogado Alfredo Cantilo, con un pasado en la AFA en la época en que fue interventor Juan Martín Oneto Gaona, ocupó el cargo de presidente hasta 1979, luego de que un bloqueo a las cuentas de la entidad acelerara la salida de su titular, David Bracutto. El poder real del fútbol y de la organización del mayor de sus acontecimientos lo condujo el marino Carlos Alberto Lacoste desde la vicepresidencia del Ente Autárquico Mundial 78, un organismo que jamás presentó su balance.

Lacoste, otro de los militares en el Gobierno de facto que incidía en el fútbol argentino.

Todas las indagaciones sobre cómo la dictadura construyó su idea de Mundial convergieron en que el Ejército y la Marina, los dos brazos más fuertes de las Fuerzas Armadas, estaban de acuerdo en el valor político del campeonato que Argentina había empezado a buscar en 1938, invitando a Jules Rimet a Buenos Aires.

En la dimensión económica, los acuerdos no eran tantos. Si el Ejército apostaba por una versión más módica, fracasó en el intento porque el hombre designado para llevarlo adelante, el general Omar Actis, fue asesinado en agosto de 1976, en un hecho cuya autoría fue atribuida inicialmente a “cuatro delincuentes subversivos”, aunque investigaciones posteriores consideraron que la acción pudo ser impulsada por sectores de la Armada. El general Antonio Merlo, sucesor de Actis, no pareció exponer suficientes recursos políticos personales como para oponerse al poder de Lacoste.

El Mundial, según cálculos privados, costó alrededor de setecientos millones de dólares. No hubo proyecto político deportivo militar ni, tampoco, un modo de jugar de la dictadura. Lo que existió fue una decisión de ubicar a militares o a civiles que adherían a los postulados de la dictadura en lugares claves de las instituciones deportivas. El caso más notorio fue el del Comité Olímpico Argentino, en el que al ex tirador Pablo Cagnasso lo reemplazaron con el coronel Antonio Rodríguez, esgrimista en los Juegos Olímpicos de Londres de 1948 y en los Panamericanos de 1951, quien se acostumbró al cargo y allí permaneció hasta 2005.

Previsiblemente, a los clubes y a los espacios de la educación física y del deporte a nivel escolar los atravesaron las líneas generales de una etapa signada por la represión y por la censura de contenidos. Como tantas veces en la historia, aun en ese contexto que lo volvía una pieza relevante en los esquemas del poder, el deporte funcionó como un refugio para muchos que vieron cercenadas sus áreas de acción en otros campos. El periodismo deportivo dio alguna señal en el mismo sentido. Al burdo disciplinamiento entero con el gobierno que exhibieron las transmisiones de José María Muñoz o la línea editorial-patronal de la revista El Gráfico, se le contrapusieron las pequeñas filtraciones que podían leerse en las páginas de deportes o en expresiones como la revista Goles Match, que durante 1980 y 1981 —hasta que hubo una avanzada en contra desde el seno del poder militar— se atrevió a una búsqueda más democrática.

Entre otras notas, publicó una entrevista valiente con el premio Nobel de la Paz de 1980, el arquitecto argentino Adolfo Pérez Esquivel, un ex detenido político al que la mayoría de los medios mostraba como un enemigo del país. En un contexto de censuras e intimidaciones, con alrededor de un centenar de trabajadores de prensa desaparecidos, otra contribución refrescante la construyó Tomás Sanz desde las páginas deportivas de la revista Humor.

Adolfo Pérez Esquivel junto a las Madres de Plaza de Mayo.

El gobierno militar sí hizo un esfuerzo para tratar de asociar los éxitos deportivos con su gestión. El dictador Jorge Videla apareció en escenarios del deporte desde antes del Mundial, como cuando fue al día definitorio de la final de la Zona Americana de la Copa Davis de 1977 en el Buenos Aires Lawn Tennis Club. La Argentina superó a los Estados Unidos y el jefe de Estado se regocijó al escuchar cómo parte del público cantaba: “Vea, vea, vea, señor presidente, somos los mejores de todo el continente”.

La lección del Mundial, donde no solo Videla se exhibía todo el tiempo en todas partes, profundizó esa tendencia. No había causas para que el comportamiento fuera distinto. Igual que otras cuestiones, para la dictadura el deporte era un cosa de vida o muerte. Sobre todo, de muerte.

Del libro “Deporte Nacional. 200 años de historia”, de Ariel Scher, Guillermo Blanco y Jorge Búsico (2010).

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