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La tercera invasión inglesa

Cuando los ingleses dirigieron los partidos de la Primera División en los años cuarenta. Por Alejandro Fabbri.

Iván Ortega

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El fútbol argentino se organizó rudimentariamente en 1893 y fue creciendo sin prisa pero sin pausa. Florecieron los clubes de origen británico primero, pero en los últimos años del Siglo XIX y en las dos primeras décadas del Siglo XX explotaron en pueblos y ciudades una enorme cantidad de pequeñas entidades dedicadas al fútbol propiamente dicho.
El juego “de los ingleses locos” fue cambiando de estilo y de modales. Los argentinos, con el enorme refuerzo de la gigantesca inmigración española e italiana que llegó buscando un mejor nivel de vida aquí, modeló las maneras, el enojo con las decisiones reglamentarias, la irascibilidad ante el fallo de un juez en un partido, las protestas permanentes. Así fuimos desde los años veinte en adelante, cada vez con menor índice de tolerancia.

La AFA fue creada en noviembre de 1934, cuando hacía tres años que el profesionalismo había blanqueado el pago de sueldos que venía siendo escondido desde dos décadas antes. Con la libertad de inyectar dinero, aquellos equipos con dirigentes y socios pudientes se esforzaron en contratar a los mejores jugadores de los clubes más modestos, estableciendo diferencias claras en las posibilidades deportivas.

Ante la intolerancia que había en los estadios –en 1930 había surgido la primera dictadura cuando los militares derrocaron al caudillo radical Hipólito Yrigoyen- y las protestas por las malas condiciones de vida de los sectores humildes eran permanentes y reprimidas casi siempre. En medio de semejante cóctel, el fútbol apareció como epicentro de la pasión de muchos porteños y bonaerenses, amén de rosarinos, platenses y cordobeses.

Ya en 1937, la dirigencia contrató a un juez inglés llamado Isaac Caswell, que mostró una singular capacidad para dirigir con su estilo sajón y para ser respetado por los mismos jugadores que no aceptaban la autoridad de un árbitro que viviese en la misma ciudad. Caswell se fue unos días antes de que Alemania iniciara la Segunda Guerra Mundial invadiendo Polonia en 1939 y el fútbol volvió a las andadas.

Para 1948, estaba claro que nadie le ponía el cascabel al gato. Entre 1946 y 1947, el juez Osvaldo Cossio estuvo a punto de ser ahorcado por los hinchas de Newell’s en Rosario, fue agredido otro árbitro cuando Independiente cayó ante Platense en Avellaneda y sobre todo, sufrió Humberto Dottori cuando Atlanta –que había conmocionado ese año al mercado contratando a Adolfo Pedernera- se fue al descenso al caer ante River en Villa Crespo.

No había autoridad, no había disciplina. Protestas, quejas, denuncias de todo tipo. La dirigencia resolvió negociar la incorporación de jueces británicos con el fin de terminar con las sospechas de corrupción de los árbitros locales y confiando en el respeto que había generado el respetado Caswell. El 4 de abril de 1948 debutó el primero de los jueces extranjeros. Lionel Gibbs arbitró en la victoria que Estudiantes consiguió en la Bombonera ante River por la Copa Británica, justamente.

El 18 de abril se inició el campeonato. Ocho partidos y ocho jueces británicos. Nombres que quedarán registrados: David Gregory, Aubrey White, el propio Lionel Gibbs, John Cox, James Provan, Harry Hartles, Charles Dean y William Brown.

Algunos detalles de esas primeras actuaciones en canchas porteñas y bonaerenses. El juez Gibbs fue ovacionado en Huracán 1- Boca 1, unos días después los jugadores de Tigre y San Lorenzo hicieron fila para felicitar a Charles Dean una vez finalizado el partido. El cuadro de Victoria había ganado 4-0 y todos coincidieron en elogiar al míster del silbato.

El rigor y el apego al reglamento de los jueces fue mejorando la incorrección dentro del campo, pero poco cambió en las tribunas. Fue en 1949 cuando se hizo obligatorio el número en la camiseta de cada futbolista. Sin embargo, el detalle que diferenció a los jueces extranjeros de los argentinos fue que no tenían escrúpulos en sancionar penales y tiros libres peligrosos. La clave, además, consistió en que como no tenían vínculos con el fútbol local, se manejaban como si todos los clubes tuvieran el mismo poderío y no como hasta ese momento ocurría, en que cinco o seis equipos resultaban habitualmente beneficiados por jueces venales.

De hecho, cuando este cronista preguntó hace muchos años a un futbolista de los años treinta si era verdad que los cuadros más pequeños nunca podían ganar en canchas de los clubes más poderosos (los cinco grandes) el veterano se lo explicó así: “Mire pibe, si en el año 40, el nueve de Chacarita que se llamaba Palomino (lo chequeé y ése era su apellido) entraba al área de Boca en la Bombonera y el defensor José Marante sacaba un revólver y le pegaba un tiro adentro del área local, el árbitro solamente cobraba penal si podía encontrar la bala…”

La actuación de los árbitros británicos fue clave para un cambio en la sanción de penales. En 1946 los jueces nacionales cobraron 62 penales en 240 partidos. En 1947 fueron 56 en la misma cantidad de encuentros. Con la llegada de los jueces ingleses, hubo 100 penales en 1948 y 133 en 1949, lo que demuestra que si bien el reglamento era el mismo, los europeos no tenían tantos condicionamientos ni exigencias como los locales para cobrar una pena máxima. En 1951 fueron 129 y en 108 en 1951, muy lejos de los 56 de 1947, casi el doble de penales.

De hecho, el posicionamiento en la tabla general al finalizar cada temporada, fue bien distinto. Racing era el puntero en 1948 pero una huelga de los futbolistas hizo que se jugaran las últimas cinco fechas con juveniles, lo que le permitió a Independiente ser campeón tras nueve años de espera. En 1949, Racing campeonó, pero Platense alcanzó el segundo puesto en una campana brillante y lo compartió con River, pero la novedad fue que Boca peleó hasta la última fecha para no descender a Primera B. Venciendo a Lanús por 5-1 como local en la fecha 34, los xeneizes zafaron de milagro. Equipos más pequeños se codeaban con los grandes.

En 1950, Estudiantes, Ferro y Platense hicieron buenas campañas y al año siguiente fue Banfield el que compartió el primer puesto con Racing, que tenía un equipo con cracks de todos los colores. En las dos finales, los jueces ingleses cumplieron actuaciones sobresalientes, sin dejar ninguna duda de su capacidad y criterio. De a poco, fueron cambiando los nombres británicos y todo fue volviendo lentamente a la normalidad. La normalidad mal entendida, con hijos y entenados, con ricos y pobres, con débiles y poderosos. Fue un momento especial, donde la habitual rebeldía mal entendida dentro de la cancha se hizo más serena y proclive a aceptar las decisiones de un grupo de jueces que vivieron una aventura inesperada para sus vidas.

Por Alejandro Fabbri. Periodista, historiador y escritor de fútbol.

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