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Las dos violencias

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Leonardo Gasseuy

Las dos nacieron en distintas épocas. La violencia física, la que hiere y mata, la de la sangre, es decana de tiempos inmemoriales.  La violencia virtual, la que camufla, agrieta, e intolera es joven, hija de la globalización.  A su manera se acoplaron a una rara simbiosis. Se hermanaron con la posmodernidad y ambas son funcionales a los más estrambóticos sicariatos. El futbol, además de cobijarlas, da concepto al razonamiento del filósofo esloveno Slavoj Žižek quien considera que la imposición simbólica de nuestras preferencias se constituye como la principal causa de violencia.

Una tribuna de futbol refleja pasión desmedida, simula con su heterogeneidad a una sesión de psiquiatría colectiva, una terapia incoordinada de grupo. Ecléctica, folclórica y violenta. Uno de los lados oscuro del futbol, el que exime solo a algunos, es un sólido concreto donde políticos y oportunistas toman a los clubes y elaboran (sea con la pócima que sea) la binaria y efectiva combinación de negocio y violencia.

Ramón Javier Mestre tiene 50 años y vio demasiadas cosas en su vida. Su padre fue Intendente y Gobernador de Córdoba, el también estuvo durante dos períodos al frente de la Municipalidad. Tantas vivencias galvanizan o sensibilizan el alma, eso es discutible, lo que sí es concreto es que, a personas como él, por el ajetreo de experiencias, se les reduce la capacidad de asombro. Mestre estuvo en el Amalfitani junto a los 300 hinchas de Talleres que fueron patoteados por treinta hinchas de Vélez armados. Nunca había visto tal barbarie.

De milagro no fue una tragedia. “Llegaron más de 30 y le pegaron a todo lo que le pudieron pegar, ese barra que estaba con la llave en cruz me pasó al lado…fue una trampa. Había niños, ahí”. Con Mestre estaba el vicegobarnador de Córdoba, Manuel Calvo, los directivos de Talleres y los familiares de los jugadores. Dos personas aún están en terapia intensiva con pronóstico reservado. Un chico de 29 años perdió un ojo y otros 297 fueron bendecidos por un milagro. Todo esto en medio de un partido de cuartos de final de Copa Libertadores en pleno 2022.

Cuando hay violencia no interesa analizar si se liberó la zona o los matones mandan más que Sergio Rapisarda. La misma fue ejercida por personas físicas, en un lugar físico, atentando a otras personas en presencia física. Violencia concreta, tangible a cargo de los que mandan: los matones. Adulados por ser parte de un show, sobrecargados de prebendas y funcionales a cualquier corrupto que los convoque.

La sociedad va cambiando, ellos no. Continúan con esa liturgia de crimen organizado que se consolidó en los 80 con la creación de la Fundación Jugador Número 12 de José Barrita (el Abuelo) para blanquear el dinero recaudado en la extorsión a jugadores, dirigentes y políticos. Barrita, que recibía dinero de Antonio Cafiero, pero se subió al Menemovil en contra de Don Antonio, era puntero del radical Carlos Bello. Una perfecta amalgama de tránsfugas y violentos que permanece inalterable.

Lo de Liniers es solo algo más, pero muchísimo menos grave que lo ocurrido en julio pasado en la cancha de Luján, cuando los violentos (hinchas /directivos de LN Alem) se llevaron la vida de Joaquín Coronel de 19 años. ¿Cómo se combinan las dos violencias? ¿Cómo cohabitan y hacen del futbol un territorio de tétrica convivencia?, Es tan intimidante la presencia de la sangre y la muerte como lacerante la impunidad que genera el anonimato de quienes ejercen la violencia cibernética. Una, la moderna, la violencia pulcra en este tiempo prepara el territorio, inflama y le da lugar al terror, que en tiempo y espacio actúa y enluta.

#Andate_sapo_fracasado_no_hagas_mas_daño, ese hashtag fue tendencia en marzo de 2020, a días del comienzo de la pandemia. Los hinchas de Central Córdoba destrozaban al entrenador, que debido a esas presiones fue echado por el presidente  José Alfano. Coleoni, que había llegado 2 años antes, llevo al equipo desde el Federal a Primera División, hizo jugar al Ferroviario una final de Copa Argentina con River y estuvo a dos minutos de clasificarlos a la Copa Libertadores (En Lima, Gaby Gol y Flamengo se lo negaron). Las redes, que antes lo endiosaron desmedidamente, ante la presencia de la derrota magnificaron la intolerancia.

“No podemos permanecer más tiempo inmóviles frente a un contexto que amenaza a todos los clubes y jugadores. Es necesario que la sociedad reflexione sobre qué fútbol quiere para sí misma, sus familias, para el presente y para el futuro», dijo el presidente del Corinthians, Duilio Monteiro Alves. El Timao hace dos meses suspendió por varios días todas las publicaciones en sus redes. Tiene 26 millones de seguidores. “Es para desterrar el odio, y para evitar el riesgo físico y los traumas psicológicos de nuestros jugadores”. El capitán del equipo Casio y Paulinho Becerra fueron agredidos a la salida de la práctica. En Brasil la combinación también funciona.

Las tribunas físicas, las pobladas, testifican un mundo que no tolera y no lo disimula. La homofobia arde en Europa desde siempre. Es la misma violencia que desacredita el Estado social de derecho. “Algo apesta, se huele a perro, están llegando los napolitanos”. Mateo Salvini, lo decía en 2009, antes de un partido de su Milán con el Nápoli. Salvini fue Vicepresidente de Italia, hoy es la voz europea de la erradicación de los inmigrantes. Las mismas voces que fagocitan el buuuuuu emulante del mono cuando entra en juego un jugador africano. Son hechos concretos. Se suman a la ovación a Vladimir Putin de los hinchas del Fenerbahce cuando enfrentó al Dynamo de Kiev. Soñar con un “mundo” Saint Pauly es imposible, pero ver como se globaliza la intolerancia, no deja de sorprender como se autoridiculiza la condición humana.

Las dos violencias caminan de la mano, en el futbol y en la vida. Es muy llamativo que los griegos hayan establecido un nexo tan estrecho entre la guerra y la belleza, también que hayan visualizado esa unión como algo subrepticio, de lo cual nacen tanto verdaderas calamidades, como el terror, así como maravillosas sensaciones las mismas que paradójicamente nos da el futbol nuestro de cada día.

La mitología griega cuenta que dos dioses se hicieron inseparables: Afrodita y Ares, la belleza y la guerra. Nunca se separaron, aun dañándose en forma sistemática, inexplicablemente nunca caminaron en busca de la concordancia. El fútbol y la violencia se correlacionan a esa historia. Cuando Afrodita queda embarazada, nace Fobos, que, ante tanto conflicto de padres se convierte en el Dios del Espanto y huye eternamente. El futbol y su gente deberá cambiar y mucho, antes que la fobia de tanta violencia  nos espante a todos.

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