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Maxi López en tierra de los Peaky Blinders

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Leonardo Gasseuy

Las pancartas claman como suplica: “Hagan algo bien antes de irse”. Los inanimados (o no tanto) carteles se expresan en el St Andrews. El estadio mudo testifica el fin de un ciclo comercial.  El Birmingham City pierde (como casi siempre en el último tiempo) ante el Blackburn y los hinchas exigen la salida del chino Paul Suen Cho Hung, el accionista mayoritario del club.

Suen, llamado el Rey de los Penny Stocks (compran empresas quebradas y las revalorizan) lo compró en 2016, padece su permanencia y ya tiene decido vender su parte. Lo compra Maxi López y sus socios. Quienes son es una anécdota. Pudo ser cualquiera.  Suen, que se corre de escena, pone una condición, necesita conservar una mínima participación, sólo para mantener la cotización de su holding en la bolsa de valores de Hong Kong, una ordinaria mercadotecnia que juega con el sentimiento de muchos.

La ciudad de Birmingham es conocida por la de los mil oficios. Bastión de la Revolución Industrial, madre del primer gran horno capaz de fundir hierro, ahí nació la industria del algodón y se desarrolló el sistema de rodillos de hilado, fundamental para la industria textil. Si algo define a Birmingham es autorresolución. Carl Chinn, periodista de Birminham, dice Here we do with our hands (aquí lo hacemos con nuestras manos) exponiendo el contrasentido barato, de entrometidos mecenas, que copan la escena y solucionan poco.

Mucho se ha (y hemos) hablado de la mercantilización del futbol británico. La composición del mosaico siniestro que maneja los clubes. Esa heterodoxa jungla de millonarios rusos, con dinero sucio del Kremlin (aportantes del Partido Conservador), oscuros políticos escapados del sudeste de Asia, chinos (ahora en retirada) y americanos (en avanzada). Los estados árabes, además de ser los obscenos inversores, son los sutiles operadores para que los bancos (socios estratégicos) respondan al principio de “que hay que anteponer la confidencialidad de la banca y los banqueros a la ley sobre información pública«. Legalizan el lavado. Los árabes y el narcotráfico manipulan las regulaciones del sistema financiero inglés.

El futbol se sube a esos “beneficios” y les permite a los inversores mover los excedentes y jugar su timba en zona liberada. La Premier League, con el flemático estilo inglés, averigua todo sobre el jugador que se incorpora a la liga y ejerce un severo poder de veto, pero sugestivamente no objeta la conformación, origen y legalidad de los fondos que llegan al sistema. Fue tan escandaloso el arribo de la corona saudita al Newcastle que le costó el cargo de presidente de la Premier a Gary Hoffman. La banda del régimen genocida se llevó puesto un banquero. No es usual, los que nunca pierden debieron ofrecer una cabeza.

Gran Bretaña lo admite, amparado por el subterfugio genoma londinense, que ha adaptado sus maneras a las leyes del mercado. Por deber moral, Birmingham no lo puede permitir, al menos en forma tan liviana. Los Grummies tienen una historia de dignidad distintiva. En todas las guerras tuvieron los soldados de mayor arrojo. El St. Andrews, el estadio de los Blues (la nueva casa de Maxi y sus socios), fue adaptado en 1941 como un polígono de tiro para capacitar a las tropas. Del recinto salieron los mejores francotiradores del ejército británico.

Fue en Birmingham donde William Mc Gregor,  considerado  el fundador de la Football League, la primera liga de fútbol organizado del mundo, tuvo la idea. Una tarde de sábado en 1888, el escoces de Braco, un pueblito del condado de Perth escribió, “Pido ofrecer esta sugerencia. Que 10 o 12 de los clubes más destacados de Inglaterra se combinen para organizar partidos de ida y vuelta cada temporada” envió ese simple manuscrito a los presidentes del Blackburn Rovers, Bolton Wanderers, Preston North End y West Bromwich Albion.

“¿Por qué no? Así sabremos quién es el mejor de todos”, le respondió el delegado del Bolton. Mc Gregor, representaba al Aston Villa, el vecino de los Blues. Todo lo formalizaron 27 días después en el Hotel Anderton de Londres. Aun con los aplausos resonando, Mc Gregor exhortó a que el torneo sea una típica expresión británica. Hoy, su Aston Villa, pertenece al norteamericano Wesley Edens, uno de los dueños de Lehman Brothers y los Milkwaukee Buks entre tantísimas cosas más.

También en Birmingham nacieron los Peaky Blinders, la famosa pandilla callejera que tan magistralmente filmo la BBC con el guion de Steven Knigh. Al final de la Primera Guerra dominan las calles. Cilian Murphy es Tom Shelby en la ficción, que a la vez representa a Bill Kimber, el pandillero real, que manejaba el negocio de apuestas hípicas clandestinas. Kimber el verdadero matón, desplaza a los judíos con métodos violentos, estos recurren a una familia italiana los Changretta, que tenían deudas pendientes con la pandilla.

Tras una emboscada un italiano es tomado vivo. Luego de los aporreos, es llevado ante Shelby. Tom, enciende su enésimo cigarrillo y lo mira un minuto sin hablar, cuando deja de fumar, le dice: “te perdono la vida solo para que lleves un mensaje. En Birmingham no hay lugar para nadie, menos para aquellos que vienen a rapiñar. La ciudad y sus calles son nuestras”. Hoy todo cambió en Inglaterra. Las pandillas perfeccionaron sus métodos (no su perversidad) y La Premier League se constituyó en el portón de ingreso de todo y todos.

Los Peaky Blinders eran un clan mafioso de raíces gitanas. Despiadados y codiciosos, condiciones no aptas para el estado social de derecho. Pero amaban entrañablemente a Birmingham. Un día, otro italiano en nombre de Sabini, tan mafiosos como ellos, quiso apoderarse de un cargamento de licor en el bar Garrison (pegado al estadio St Andrews por si faltara algo), lo detuvieron y antes de ejecutarlo le dijeron haz lo que quieras but.no here (pero no aquí).

En medio de la ficción, no tenemos certezas que haría Tom Shelby si viviera en este momento. O, si habría hecho algo más que agitar pancartas en un estadio silencioso tras una derrota y tendría en su mesita de luz todos los libros de David Goldblatt.

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