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Por Marcelino Gasseuy

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“El engaño y la complicidad de los genocidas que están sueltos, el indulto y el punto final a las bestias de aquel infierno”. León Gieco (Cañada Rosquín – 1951)

Al igual que la guerra civil española, el nazimismo  y el stanlinismo, la dictadura argentina entendió al deporte como una prioridad.  Los primeros comunicados de la Junta del miércoles 24 de Marzo de 1976 hablaban de suspensión de derechos, intervenciones y prohibiciones. Pero el número veintitrés informaba que se interrumpía la transmisión de la cadena nacional para permitir la difusión en directo del partido Argentina-Polonia. Ese día, a pesar de que varios jugadores quisieron volverse al país al enterarse del golpe de estado, el encuentro se disputó sin inconvenientes y la victoria fue para el elenco argentino por 2 a 1.

Los encargados de enarbolar la bandera de la seguridad nacional, que era digitada desde el hemisferio norte de nuestro continente, tenían como enemigos a personas que pensaban distinto y anhelaban una sociedad mejor. Poetas e intelectuales, estudiantes secundarios y universitarios, obreros y delegados gremiales, docentes y profesionales, militantes sociales y dirigentes barriales fueron los más perseguidos y asesinados por los militares que no tuvieron piedad y que en nombre de Dios acribillaban a sangre fría. Entre ellos también hay veintiséis deportistas:una veintena de rugbiers de la ciudad de La Plata, el atleta Miguel Sánchez, el tenista Daniel Schapira, la jugadora de hockey sobre césped Adriana Acosta y el futbolista Carlos Rivada, entre otros, desaparecieron tras el golpe del 24 de marzo.

Días después del 24 de marzo, Emilio Massera comunicó a Videla que Argentina debía confirmar su decisión de organizar la Copa Mundial ‘78. Según los militares iba a costar 70 millones de pesos. Terminaron pagando más de 700 millones de dólares.

El almirante Massera dejó que el Ejército impusiera al coronel Antonio Rodríguez como presidente del Comité Olímpico Argentino (COA) y que a la Confederación Argentina de Deportes (CAD) la manejara el interventor Miguel Ángel Bruno, allegado al general Reynaldo Bignone. Él se hizo cargo del dominio del fútbol.

Como nuevo presidente de la AFA impuso a Alfredo Cantilo. Luego se encargó, según manifiestan diversos testimonios, de deshacerse del general Omar Actis quien había sido designado por el propio Videla, a través de la Ley 21.349, como el presidente del Ente Autártico Mundial 78 (EAM 78).  Pero horas antes de presentarse ante la prensa internacional Actis fue acribillado. Según cuenta Pablo Llonto en el libro “La vergüenza de todos” a las pocas horas de lo sucedido, Montoneros se adjudicó el hecho en un comunicado que aún se guarda en los archivos de sus ex dirigentes. Pero en 1984 el periodista Eugenio Martínez, a quien muchos vinculaban a sectores del Ejército, publicó el libro “Almirante Lacoste ¿Quién mató al general Actis?. En su escrito instaló la teoría de que el primer presidente del EAM 78 fue asesinado por las bandas de Massera.

Tras la sospechosa muerte de Actis fue el almirante Carlos Lacoste quien se transformó en el nuevo presidente. Lacoste, fallecido el 24 de junio de 2004, era primo de Raquel Hartridge de Videla y primo político de Leopoldo Galtieri.

Con él al frente el EAM 78 manejó la caja con la que se desarrolló el Mundial. El decreto 1261 de abril de 1977 permitía que el ente a su cargo mantuviera “reserva” en la difusión de sus actos. Jamás se presentó un balance de lo que Lacoste gastó.

Silencio, terror, ignorancia, indiferencia y complicidad se unieron para que una sociedad hipnotizada por un Mundial conviviera con el horror. El deporte en su macabra expresión. Mientras se disputaba la fiesta del fútbol mundial, en la ESMA (a metros de la cancha de River Plate) y otros centros de detención, los militares torturaban y asesinaban a miles de argentinos. Se calcula que sesenta y tres personas fueron secuestradas durante los días del Mundial y permanecen desaparecidas.

“Tenemos por delante el gran match que nos obliga a ganar el proceso”, decía Martínez de Hoz horas previas al partido frente a Perú que Argentina ganó por 6 a 0, haciendo alusión a la importancia que significaba ganar el mundial para el futuro del régimen militar manejando los destinos políticos y económicos del país.

“El hito histórico no es el mundial ni el fútbol. El hito histórico es que pasamos de perdedores a ganadores. No en fútbol en todo”, expresaba Carlos Lacoste después de la consagración argentina en el Mundial ´78. Quien además advirtió que “el Mundial comenzó siendo un hecho deportivo, pero terminó siendo un hecho político”.

“Este fue un triunfo de la Argentina que excede el ámbito estricto de lo deportivo. Esta fue la confirmación de la nunca desmentida victoria de la Argentina como país”, declaraba un efusivo Videla mientras un país anestesiado de gloria no visualizaba el dolor y el horror que invadía a su pueblo.

La FIFA no opuso ningún reparo al Mundial argentino, pese a que el propio Joao Havelange sabía que a sólo setecientos metros del estadio de River funcionaba la ESMA. Al contrario, Joao Havelange influyó para que Lacoste ocupe la  vicepresidencia de la Confederación Sudamericana de Fútbol (CSF) en lugar del fallecido Santiago Leyden. Se le abrieron las puertas de la FIFA y el 7 de julio de 1980 lo designaron como vicepresidente del máximo ente del fútbol mundial., donde llegó a ocupar seis cargos.

“La imagen de Argentina en el Mundial era custodiada desde los micrófonos por José María Muñoz y por la pluma de Aldo Proietto, director de la revista El Grafico. Raúl Portal atendía a periodistas extranjeros  en la Cancillería. Argentina ganó el Mundial el 25 de junio de 1978 y los torturados de la ESMA no escucharon los gritos del estadio de River pese a la cercanía. Ellos se enteraron, porque su represor, el «Tigre» Acosta, irrumpió en el tercer piso al grito de «¡Ganamos, ganamos!». Obtenida la Copa, El Gráfico, abrió su edición con una entrevista exclusiva a quien creyó figura de la Copa, el general Videla. Fueron años en que la política abusó del fútbol. Años de Kempes, el Matador. Años de Videla, el asesino”, escribe el periodista Ezequiel Fernández Moores en su artículo “Botas y botines”

En “La vergüenza de Todos”, Pablo Llonto describe que la Conducción Nacional de Montoneros comprendió que no boicotear al Mundial perpetrado por sus principales enemigos sería una muy buena estrategia para demostrarle al mundo lo que sucedía en el país. Oponiéndose a muchos de sus propios compañeros, quienes consideraban que Mario Firmenich y sus hombres había realizado un “sucio pacto”,  los Montoneros decidieron emprender el operativo Mundial. “El boicot es una pelotudes mayúscula”, decía Firmenich. “Estos boludos no tienen ni idea de cómo podemos aprovechar este Mundial”, expresaba Roberto Perdía, segundo en el orden jerárquico de la Conducción Nacional.

“Queremos que vayan a la Argentina para que se den una idea del clima que reina en el país. Queremos que vayan a ver la opresión y la pauperización que vive nuestro pueblo”, expresaba Rodolfo Galimberti ante los micrófonos de los periodistas europeos.

Años más tarde se originó la sospecha de una o más conversaciones entre la conducción de Montoneros y el almirante Massera para sellar un pacto de no agresión que permitiera que durante el Mundial no corriera sangre. “Todas mentiras. El único diálogo que existió entre Massera y Montoneros fue en las mesas de tortura. Massera de un lado, y nuestros compañeros en el otro”, le respondió Perdía a Llonto.

El operativo Mundial, redactado por el propio Perdía, se llamó “Campaña de ofensiva táctica”. Los objetivos fueron dos: militar y propagandístico.

La Comisión Especial del Mundial realizó folletos de brillante papel, conferencia de prensa y una enorme cantidad de obleas. Las mismas tenían impreso el contragauchito, el símbolo montonero del Mundial. Era una réplica de la mascota oficial del EAM 78, pero portaba una lanza tacuara y usaba poncho.

El jefe del Ejército Montonero, Horacio Mendizábal, fue quien dirigió desde México, y sin pisar territorio argentino, la Campaña de Ofensiva Táctica. A pesar de los dieciocho atentados en contra de los militares y no sufrir ninguna baja  en su agrupación, la estrategia de Montoneros no logró el efecto deseado y Videla y los suyos aprovecharon al máximo el título logrado por la selección argentina. Éxito que les posibilitó perdurar en el poder durante cinco años más.

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