Octubre Rosa: “Fue un telón negro enfrente”; Noelia Heredia cuenta cómo el club la acompañó
Un diagnóstico que la paralizó por un instante, una familia que la sostuvo y un club que se convirtió en refugio, compañía y terapia. Relata cómo atraviesa el cáncer de mama sin aislarse y cómo Unión de Olaeta fue clave para mantenerse de pie en uno de los momentos más difíciles de su vida.
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En el marco de Octubre Rosa, el mes dedicado a la concientización sobre el cáncer de mama, Noelia Heredia de Aguirre, tesorera del Club Recreativo Unión de Olaeta, compartió su conmovedora experiencia tras recibir el diagnóstico en 2025. A pesar del impacto inicial y los miedos propios del proceso médico, encontró en su familia y en el constante apoyo de la comunidad del club un motor fundamental para seguir adelante.
Para Noelia, mantenerse activa y vinculada a la institución funcionó como su mejor terapia para evitar el aislamiento y afrontar la enfermedad. Con un camino largo aún por recorrer y un tratamiento hormonal en curso, su mensaje principal es no quedarse estancada, permitirse descargar las emociones y buscar siempre contención externa. Asimismo, destacó la importancia de comunicarse con respeto cuando se acompaña a alguien que atraviesa una situación similar.
“Yo empecé en el club en abril del año pasado, del 2025, como dirigente. Antes estaba porque, desde que se hizo el Infanto-Juvenil, tengo a mi hijo jugando ahí, entonces como que estaba ayudando en lo que se podía. En febrero me invitan a ser parte de la comisión, decimos que sí con mi marido, con Iván (Aguirre), y empezamos en lo que es la directiva del club. En abril me ofrecen la tesorería y ahí es cuando empiezo más firmemente en el club, a estar fin de semana tras fin de semana. Sábado y domingo, ahí estamos”, cuenta su inicio como directiva de Unión.
– A poco de involucrarse en la comisión llega el diagnóstico: primero es una sospecha, después un estudio y luego la confirmación. ¿Cómo se vive todo eso?
– Me descubrí una bolita en el pecho izquierdo en junio del 2025, hacía poquito que estaba. Entonces empecé con estudios hasta que el 17 de abril confirmamos que era cáncer de mama. Mi primera reacción fue decir: Me alejo, porque sentía que no iba a poder con todo lo que yo venía haciendo, más todo lo que debía hacer conmigo. Pero desde el club me dijeron: Vas a poder, y si no podés, estamos para empujar. Así que ahí me quedé. Fue desgarrador recibir el diagnóstico de cáncer. La verdad que fue un telón negro enfrente que no sabés para dónde disparar.
– ¿Cuántas cosas piensa uno en dejar?
– Yo, en otro momento de mi vida, hubiese hecho nada. Yo tuve a mi mamá que falleció de cáncer, entonces como que ya venía conociendo un poco el tema. Los tratamientos de por sí son todos agresivos, yo no quería pasar por lo mismo. Pero tenía hijos. Entonces el motor de ese momento fueron mis tres hijos: Florencia, de 21; Ignacio, de 17; y Rocío, de 12. Así que había que hacer, no había otra cosa, era eso.
– En el club, ¿seguiste haciendo todo igual o tuviste que dejar en algún momento?
– Una sola vez. Yo tuve cirugía donde me sacan el tumor el 24 de septiembre del 2025, que fue jueves. Entonces ese sábado mi hijo jugaba en Baigorria; fue el único partido que no me dejaron ir, así que ese partido me quedé en casa. Pero ya el otro fin de semana estaba de vuelta. Hasta el día de hoy me siento cuidada en el club porque con mi brazo izquierdo no puedo hacer tanta fuerza, no puedo usarlo como lo usaba antes. Entonces hago lo que puedo y me encanta estar dentro del club. El compañerismo, el grupo que tenemos, es muy unido. Hay miembros de la comisión con los que me he criado junta porque Olaeta es un pueblo chiquito; nos hemos criado juntos y el apoyo fue grandísimo.

– Por ahí uno prefiere algunas cosas no hablarlas…
– Es imposible no hablar. Es más, yo me entero de que tengo cáncer el 17 de julio. Mis hijos tenían todo planeado su fin de semana para el Día del Amigo. Entonces, cuando recibo el diagnóstico, le digo a mi marido: Cero palabras hasta el lunes, que haya pasado todo, porque no íbamos a solucionar nada diciendo que tenía cáncer. Entonces hicimos así. Ese domingo 20 de julio mi hijo jugaba en Holmberg. Saliendo de la cancha dije: No doy más. Entonces paramos entre los cinco, lloramos, nos desahogamos y dije: Ustedes son mi motor, la mamá va a cambiar, pero ustedes no. Y así seguimos. Fue una charla muy íntima, muy sentida, y de ahí salimos los cinco para adelante. Después de ese partido sentí necesidad de hablar porque era algo que tenían que saber. Yo era una persona que no iba nunca al médico, por ejemplo. Entonces, que me vieran todos los días venir a Río Cuarto a hacerme un estudio, también ellos debían saber qué estaba pasando. Después de que lo hablo con ellos, lo hablo en el club. Más allá de que llegué hasta el centro de salud donde Gastón (Bravo), que es el médico del pueblo, también es el intendente y quien me había dado la tesorería meses anteriores, él me dijo: Vamos para adelante. Lo hablé con él en el consultorio. El domingo lo hablo con los dirigentes que estábamos en la cancha; digo: Pasa esto, esto y esto. No sé si voy a poder, no sé qué tengo que hacer, porque en ese momento no sabía nada todavía de cómo seguir. Pero estuvieron todos ahí para acompañar en todo momento: en la cirugía, en los rayos, en la quimio, con el mensajito y el apoyo.
– En un momento me dijiste, en las charlas previas, que sin darse cuenta fueron la mejor terapia que tuviste.
– Sí. Ellos no se dieron cuenta, pero para mí fue la mejor terapia el no quedarme en casa. Es más, yo tenía una tele en mi pieza y desde el 17 de julio dije: La saco porque no me voy a permitir ir a tirarme a la cama ni a ver tele. Así que desde ese día no tengo tele en la pieza tampoco. Y sin querer, el grupo de dirigentes, en la semana, al organizar todo lo del club, hicieron que fueran mi mejor terapia siempre.
– Normalmente, cada quimio o rayo deja uno o dos días físicamente con mucho agotamiento. ¿Cómo fuiste llevando esa parte?
– Yo me operé en Córdoba; fue una cirugía ambulatoria. Entré a quirófano a las 7:30 de la mañana y bajé a las 2 de la tarde. Me subí a mi auto, nos vinimos despacito con mi marido y a las 10 de la noche estaba en casa. Vida normal, no me permití tirarme a la cama. La quimio tampoco me dejó tirarme. Después tuvimos que suspender la quimio por una alergia a una de las drogas, por eso hoy estoy con tratamiento hormonal por boca. Lo que sí me dio consecuencia fueron los rayos, porque a los 10 días me quedé sin piel en la axila por las quemaduras propias de los rayos, y desde ahí debí cuidarme del sol. El año pasado nos tocó jugar semifinales y finales del Infanto y estuve abajo de la sombrilla, le pregunté a mi médico de acá si podía ir y me dijo: Siempre en la sombra, Noelia. Estuve en semifinales con la Sub-17 donde jugaba mi hijo y después nos fuimos a Sampacho a las finales. Iba con la sombrilla para todos lados. Pero era mi forma de sentirme bien, de no quedarme en casa.
– Si no hubieses tenido al club…
– Siento que iba a salir para adelante lo mismo porque mi propósito son mis tres hijos, pero la terapia que me dio el club no sé dónde la hubiese buscado. A lo mejor me integraba igual porque ya ayudaba en la cantina, pero el grupo del club me ayudó un montón.
– ¿Qué mensaje dejarías a alguien que empieza a transitar esta situación?
– No quedarse, mirar para adelante. Al principio mi diagnóstico fue una pared negra en la que le pedí a mi marido que no me soltara la mano porque no sabía para dónde caminaba. Fui aceptando todo lo que los médicos me indicaban y hoy veo todo lo que pasé. Hay que buscar siempre algo fuera de la casa, hablar con otra gente, porque en la casa el ambiente se pone nostálgico ya que la que está enferma es la mamá. Y en mi casa siempre se dijo: las mamás no se enferman. En el club el lema es que Unión es familia, y para mí pasó la barrera de ser familia de sábado y domingo; fue familia de lunes a lunes. Buscar relacionarse con otra gente ayuda a despejar la cabeza de los pensamientos sobre la enfermedad.
– Dijiste recién “la cabeza de la persona que lleva el cáncer”. ¿Cuántas veces al día pensás en esa palabra?
– No se va. Llega un momento en que la tomás como algo común, pero la palabra cáncer siempre está. En el tratamiento que estoy haciendo me cuesta decir que tengo 10 años de tratamiento por delante porque estoy luchando contra un cáncer. Me gustaría decir: ya tengo el alta, pero no tengo el alta; el camino es largo. Lo que realmente me dio el golpe de realidad fue cuando se me cayó el pelo y la imagen del espejo no era la mía. Cuando nos rapamos con la maquinita, cayeron un poco los cinco en mi familia, pero a los pocos días dije: Nos tenemos que levantar, me puse un turbante y volví al club. Recibí muchísimo cariño de la gente. El día de mi cirugía, cuando el club publicó en Instagram deseándome suerte, recibí una cantidad enorme de mensajes.
– ¿Qué le dirías a alguien que recibe el diagnóstico y qué no harías si volvieras el tiempo atrás?
– A quien recibe el diagnóstico le diría que se permita llorar, gritar, enojarse, tirarse en una cama a desahogarse y después decir: Vamos, que yo puedo. Yo me tomé mi tiempo para sacar esa bronca y dar batalla. De lo único que quizás dudé fue de no habérselo dicho antes a mis hijos, pero preferí que disfrutaran su fin de semana del Día del Amigo antes de contarles. Hablé con los directores y docentes de la escuela de mis hijos y con sus entrenadores de fútbol para que supieran la situación y los contuvieran. De resguardarlos a ellos no me voy a arrepentir.
– Para los que nos toca estar del lado de afuera, ¿cómo preguntar o ayudar sin temor a ser invasivo?
– Siempre con respeto, ante todo. No un mensaje suelto como: ¿Estás bien?, que parece más por chusmear, sino un mensaje sincero y respetuoso de alguien que realmente se preocupa por saber cómo estás.
Mirá la entrevista completa, acá
Foto: Al Toque
Redacción Al Toque
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