Fútbol
Orban y Neuer: dos casos, dos temas en la anciana Europa

Leonardo Gasseuy
El resultado fue contundente: 157 a 1. El partido Fidesz de Víctor Orban puso en marcha su aceitada maquinaria y el Parlamento húngaro no dejó lugar a dudas. El cuerpo legal aprobado en parte decía que “los contenidos que representen la sexualidad o promuevan la desviación de la identidad de género, el cambio de sexo o la homosexualidad no deben ser accesibles a menores de 18 años”. La ley se aprobó en minutos; con ella también se suspendían los programas de educación sexual, un atropello arcaico en una nueva era. Fue una troglodita manera de inaugurar un sentido de convivencia pospandemia.
Orban, con poder plenipotenciario, festejó la sanción como un nuevo viento social e invitó —dijo— a una nueva era cultural para proteger el derecho de los niños. Fue el 15 de junio de 2021: Hungría desangraba su alma de impotencia ante una oscuridad que amenazaba ser eterna. No lo fue.

Ese mismo 15 de junio de 2021, Manuel Neuer, el capitán de la selección alemana que estaba concentrado para jugar la Eurocopa 2021 en su país, recibió la fría negativa de la UEFA para iluminar el Allianz Arena con los colores arcoíris del colectivo LGTB. “En Múnich no dejaremos en ningún caso que nos impidan enviar una señal clara a Hungría y al mundo”, había dicho Dieter Reiter, alcalde de Múnich. “Me parece vergonzoso —dijo el socialdemócrata— que la UEFA nos prohíba enviar una señal para el cosmopolitismo, la tolerancia y el respeto”. No se quedaron de brazos cruzados. Neuer, sin pedir autorización de ningún tipo, usó la cinta multicolor y desafió a la UEFA, que —a decir de Ceferin— es una organización política y religiosamente neutra. Ese día el arquero fue el capitán social del mundo. No fue simbólico: el rival fue Hungría.

Todo el combo en la vieja Europa que, en 2021 y hoy, derrapa en su impotencia. Lo dijo Pérez-Reverte hace poco: “Agoniza —dice— creyendo que vivimos en el Primer Mundo porque hay pan caliente y perejil fresco a las nueve de la mañana, ajenos a que el nuevo orden no es ideológico ni épico, sino operativo”. Hace un lustro y hoy tiene un tendal de temas sensibles sin resolver: la inmigración, tensiones geopolíticas, crisis energéticas, falta de competitividad industrial y un carretel de endeudamiento público que no para ni muestra horizontes claros. Es muy simple: la madre continental debe asumir que ya no manda, no produce y no decide. ¿Lo bueno entre tanta pálida fetidez? Algunos liderazgos van cambiando. Es algo.
Europa es un escenario cultural bonito, lejos de esa luz referencial que marcaba el camino. En la geopolítica actual es nada. “Es una vieja paqueta —dijo Pepe Mujica antes de morir—, medio depresiva, que sin darse cuenta se le pasó el cuarto de hora y ahora no la visita ni el loro”. Es parte de las múltiples posibilidades de justificación para la irrupción de Giorgia Meloni, el neerlandés Dick Schoof, el eslovaco Robert Fico, entre tantos rostros inhumanos.
A fines de diciembre de 2022, Orban asumía su cuarto mandato en Hungría. Había arrasado en las urnas: Fidesz obtuvo 135 de los 199 escaños y ratificó sus políticas de avasallamiento, un neoconservadurismo nacionalista y religioso que pisotearía derechos sociales y líderes opositores. Ese diciembre de 2022 fue de terror para Neuer: su selección fue eliminada en primera ronda en el Mundial de Qatar y, el 9 de ese mes, se fracturó la tibia y el peroné cuando esquiaba en la cima de Roßkopf, en la zona de los Alpes bávaros. Estaría 10 meses inactivo. Sol y sombra para las antinomias más singulares que puede mostrar la sociología europea.
Pero todo cambia y gira. Abril de 2026 fue soñado para Neuer: es considerado casi por unanimidad el mejor arquero del mundo. Eliminó en cuartos de final al Real Madrid, encaminándose a jugar su cuarta final de Champions (ganó 2), y el 12 de ese mes ganó su 13.ª Bundesliga con el Bayern. Ese mismo domingo de gloria, Víctor Orban perdía las elecciones en Hungría a manos del partido Tisza, siendo desplazado categóricamente luego de 16 años. Concéntrico y circular, solo una miscelánea en el giro perfecto de las antinomias.

Orban y Neuer son solo dos casos, dos accidentes sociales azarosos de estadísticas y auras. Pudieron ser miles, pero han testimoniado una época en la que Europa sucumbe y pendula en su inacción y lontananza.
El panorama es sórdido, sombrío. Los pesimistas, euroescépticos, dirán (lo mismo que Mujica, con otras palabras) que el poder de reconversión es cíclico y los plazos no se perciben en la geometría global, que el poder de coagulación es el de un cuerpo viejo y gastado. ¿Los optimistas? Dirán que en Europa, mucho antes de Orban y Neuer, ardieron mil guerras, gestionaron mil desquiciados con mil rostros distintos, soportaron un sinnúmero de pestes y los cimientos nunca se socavaron. Dirán que todo es como la vida misma: esa que vivimos los optimistas, los que no le damos crédito a la penumbra y no creemos en la noche, a la que describimos como una gran nube más grande que el propio mundo.
Gráfico: Al Toque
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