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París 2024, el salvavidas de plomo

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Mariano Saravia

Periodista y especialista en Relaciones Internacionales.

Los juegos olímpicos son una cita universal. Y este año tendrán lugar en la ciudad universal por definición: París. Por otro lado, la cita olímpica carga con una dicotomía: en su origen y esencia busca despegarse de la política, pero en la práctica estuvo siempre atravesada por los conflictos coyunturales. Y esta vez, no será la excepción.

Francia está en el primer tramo del segundo quinquenio de Emanuel Macron, un político que intenta surfear los mares de las ideologías, pero que está tironeado por muchos contextos, tanto internos como internacionales.

A nivel europeo avanza la extrema derecha a paso firme, que ya gobierna en Italia con Giorgia Meloni y Mateo Salvini. Además, forma parte de los gobiernos de Finlandia, Hungría, Eslovaquia, Rumania y Chequia. Acaba de ganar en Portugal en alianza con la derecha más tradicional, y en Suecia apoya al gobierno desde el parlamento, pero sin formar alianza. En España, Vox gobierna cinco comunidades autónomas y crece a nivel nacional. Y en la propia Francia, Marine Le Pen le viene marcando la cancha a Macron desde hace rato con su Frente Nacional, y como si eso no fuera poco, surgen expresiones aún más ultras que la propia Le Pen, como el ex periodista de espíritu bufonesco Eric Zemmour. Para colmo, se vienen las elecciones para el Parlamento Europeo de junio y se prevé un nuevo avance tanto de la derecha como de la extrema derecha.

Los temas centrales que explican el auge del neofascismo en Europa son: las migraciones, los derechos de las minorías y las luchas feministas, aunque también se incluyen en los debates los nacionalismos extremos, el euroescepticismo, la negación del cambio climático y hasta el terraplanismo.

En ese contexto, Macron pareciera una garantía de moderación y pluralismo. En realidad, a pesar de sus intentos de surfista, él termina siempre en las playas del conservadurismo y el neoliberalismo. Pero visto en el panorama internacional, pareciera un garante de la democracia. Mucho más si por fuera de Europa se lo compara con personajes como un Milei, un Bolsonaro o un Trump.

Emanuel Macron, presidente de Francia, un político que intenta surfear los mares de las ideologías y evita el avance de la extrema derecha en su país.

En cuanto al frente interno, Macron también la tiene difícil. Francia, como toda Europa, atraviesa una crisis económica derivada de la guerra de Ucrania y el posicionamiento de la OTAN contra Rusia, lo que llevó al “Gran Oso” a cortar el chorro de gas y generar escasez y el aumento de los precios por la compra de la misma energía, pero más cara, a los Estados Unidos. En este sentido, Macron deambula como desorientado, cometiendo una serie de “errores no forzados”. Entre esos errores podemos mencionar el alineamiento francés con Marruecos en el conflicto con el pueblo del Sahara Occidental que lucha por su independencia. Esto elevó la tensión con Argelia, aliada de los saharauis, y gran proveedora de gas a Francia, ya sea en forma directa o a través de España. Otro error no forzado de Macron fue cuando en el mes de febrero insinuó que podría mandar tropas a Ucrania, lo cual significaría definitivamente entrar en guerra directa contra Rusia. Inmediatamente hubo una enorme repercusión social, con debates mediáticos y hasta actos callejeros en contra. Si fue un globo de ensayo, lo inflaron pinchado, y si fue una cortina de humo, empeoró el mal humor social.

La Guerra entre Ucrania y Rusia provocó una seria crisis económica en toda Europa, donde Francia se ve directamente afectada.

El año pasado Macron ya vivió su Vía Crucis cuando reformó por decreto las jubilaciones, subiendo la edad mínima de 62 a 64 años y llevando los años requeridos de aportes de 42 a 43. Las calles estallaron y el gobierno apeló a la represión policial. Antes habían sido los chalecos amarillos. Cada dos por tres son los estallidos sociales de africanos y mediorientales que piden ser franceses de primera, no sólo cuando son convocados a la selección nacional de fútbol.

Pero el estallido más reciente es el de los agricultores, enardecidos contra la Política Agrícola Común (PAC), la quita de subsidios, las regulaciones estrictas, el aumento de los servicios, sobre todo la energía, y la posibilidad de eventuales acuerdos extra zona como con el del Mercosur. En enero y febrero, los campesinos y ganaderos inundaron París de tractores, bloquearon las entradas a la “Ciudad Luz”, y mostraron su músculo. Luego hubo una negociación con el gobierno de Macron, promesas, y todo se calmó. Pero si no se ven resultados, la llama se avivará.

En el fondo, todos los sectores critican lo mismo: hay ajustes para el pueblo mientras sigue el chorro de millones y millones de euros para sostener la aventura bélica de Zelenski y el trato preferencial a Ucrania en lo comercial. Es decir, hay una política diseñada en Washington, ejecutada en Kiev, pero los platos rotos los pagan los europeos, entre ellos, los franceses.

Hay algo que hace que Macron respire un poco aliviado, y es el sistema de gobierno, distinto al de la mayoría de los países europeos, que tienen un sistema parlamentario. En cualquier país vecino, sea una república como Italia o Alemania o sea un reino como España o Reino Unido, si el gobierno pierde el apoyo del parlamento, cae inmediatamente y debe llamar a elecciones anticipadas. En Francia no. Antes se hablaba de la famosa cohabitación entre el presidente y el primer ministro, un sistema intermedio, muy extraño y único, pero en las últimas décadas aquel sistema ha ido virando hacia un sistema netamente presidencialista. Tan es así que en esta nota hablamos de Macron y ni mencionamos a su primera ministra Élisabeth Borne. Por eso puede respirar el presidente, tiene asegurado un mandato de cinco años.

En ese contexto, París prepara la inauguración de la Villa Olímpica y Paralímpica, diseñada por el arquitecto posmoderno Dominique Perrault. Y todo esto también genera ruido y críticas. En general, los Juegos Olímpicos de 2024 constituyen el evento deportivo más caro de la historia de Francia. El costo operativo de los juegos será de 4.400 millones de euros, pero el costo total, incluyendo la remodelación de estadios y otras infraestructuras, asciende a unos 8 mil millones de euros. Sin embargo, el gobierno de Macron asegura, sin mostrar pruebas, que el evento se financia solo, porque “hay cola de empresas pidiendo ser patrocinadoras de las olimpíadas”. Una de esas marcas claves será Louis Vuitton, que a través de una de sus joyerías diseñará y fabricará las medallas, y al mismo tiempo vestirá a la delegación francesa. En definitiva, según deja entrever el gobierno, los Juegos Olímpicos en total, podrían dejar una ganancia de entre 1.500 y 3.500 millones de euros para el sector privado, incluyendo los transportes, la hotelería y la gastronomía. Hasta anuncian que habrá un servicio de “taxis voladores”, que no serán otra cosa que helicópteros que harán el tramo entre el aeropuerto Charles De Gaulle y la Villa Olímpica.

París 2024 anunció su programa de celebraciones en Francia para los próximos Juegos Olímpicos bajo el lema: ‘Games Wide Open’ (‘Juegos abiertos de par en par’).

Así las cosas, Macron espera que los Juegos Olímpicos le den aire político en éste, su segundo mandato. Pero sabe que siempre es un arma de doble filo y en su fuero íntimo no debe dejar de pensar en los juegos de 2016 en Río de Janeiro, que fueron el epílogo de un proceso destituyente de la presidenta brasileña Dilma Rousseff. Un proceso destituyente que había comenzado antes del Mundial de fútbol del 2014, con manifestaciones que cuestionaban los gastos en infraestructura. También en aquella oportunidad el gobierno brasileño alegó que, en realidad, organizar estos eventos era un buen negocio por las divisas que ingresaban al país, pero no hubo caso, y la derecha golpista aprovechó al máximo el descontento social preexistente. Finalmente, los Juegos Olímpicos de ese año se realizaron ya con Michel Temer en la presidencia.

Son “apolíticos”

Cuando se reeditaron los Juegos Olímpicos, en 1896, la idea era que el deporte dejara de lado las diferencias políticas, económicas, de género, raciales y religiosas. Así lo decía la Carta Olímpica antes de aquella primera cita moderna en Atenas.

Sin embargo, más allá de la hipocresía del Comité Olímpico Internacional (COI), la política siempre estuvo asociada a este evento ecuménico. En 1932 los Juegos Olímpicos fueron en Los Ángeles. A nadie le importó que en ese mismo momento Estados Unidos ocupaba con sus marines Nicaragua, Haití, Cuba y Puerto Rico.

En 1936 la cita fue en Munich, y Hitler aprovechó para “vender” la superioridad de la raza aria y lavarle la cara de su régimen nazi que ya había sancionado las leyes antisemitas de Nüremberg. Siga, siga.

Los Juegos Olímpicos del nazismo, el Tercer Reich politizó el deporte en pos de un mensaje racista que acabaría por eclosionar poco tiempo después de la competición.

En México 1968, ganaron los 200 metros los atletas afroestadounidenses Tommie Smith y John Carlos. Cuando fueron a recibir las medallas, agacharon la cabeza y levantaron sus puños enfundados en guantes negros, como grito de rebeldía contra el sistema de segregación racial imperante en su país. De hecho, la situación de Estados Unidos no difería demasiado del Apartheid de Sudáfrica, país que no fue admitido en las citas olímpicas hasta 1992, cuando en elecciones limpias ganó Nelson Mandela.

Ese mismo año de 1992, se hicieron los juegos olímpicos de Barcelona, como simbólico premio a España por los cinco siglos de lo que en ese momento se seguía considerando como el “descubrimiento” de América. Dudoso mérito imperial para ser compensado con una cita donde la concordia en el deporte es la regla.

Veinte años antes, en los juegos del 72 en Munich, un comando palestino secuestró a 11 atletas de la delegación israelí esperando negociar la liberación de 234 combatientes prisioneros. Pero un intento de liberación por parte de la policía alemana terminó con el trágico saldo de los 11 deportistas, un policía y 5 secuestradores muertos.

Pero el punto cúlmine de la utilización política de un evento que se jacta de ser apolítico, fueron los juegos olímpicos de 1980 y 1984. Eran los últimos estertores de la Guerra Fría, y Estados Unidos encabezó un boicot contra las olimpíadas de Moscú, boicot que arrastró a 50 países, entre ellos la Argentina. Cuatro años más tarde, los soviéticos pagaron con la misma moneda boicoteando la cita en Los Ángeles. Para Moscú ‘80, no fueron ni siquiera periodistas argentinos a cubrir el evento, sea por miedo, sea por coincidencias ideológicas con la dictadura. O mejor dicho sí, viajó un solo periodista, el enviado de la revista Goles. En cambio, El Gráfico solo incluyó una editorial en la que decía textualmente: “La decisión evaluada y meditada con profundidad obedece a intereses superiores que nos ponen del lado al que pertenecemos, del lado del mundo libre, occidental y cristiano (…) Ir sería presentarnos a compartir una fiesta que pretende organizar un país que ha vulnerado los verdaderos principios de paz y confraternidad. Significa darle la espalda a esa falsedad y responder a nuestra autentica forma de vida”.

Hoy, 44 años después, otra vez los rusos son los malos de la película, y Macron juega con eso todo el tiempo, para ver si puede desviar la atención de tantos problemas internos que tiene, muchos de los cuales son derivados de su política exterior de enfrentar a Moscú y de mandar miles de millones de euros en pertrechos militares a una Ucrania ya vencida desde el inicio de la guerra. Ahora, después de dos años de guerra, Francia y Europa no saben cómo hacer para salir del laberinto sin pagar los costos de lo que realmente es: una derrota humillante de la OTAN frente a una nueva potencia mundial. Es el costo de haber perdido identidad, soberanía, y haber transformado a la vieja Europa en el nuevo perrito faldero de Estados Unidos.

Hoy, 44 años después, el COI repite su hipocresía y doble estándar. Los atletas rusos no podrán representar a su país. Si quieren, deberán competir como “neutrales” e “independientes”, pero, además, el COI examinará su vida y si han hecho alguna declaración pública en apoyo a su país en la guerra de Ucrania, también serán censurados. Algunas federaciones, como la de atletismo, mantiene estrictamente la prohibición a Rusia, por lo que no podremos ver a sus atletas en París. Otras han impuesto a los rusos un sistema de clasificación que les impedirá estar en la cita. Y en otros casos, son los propios deportistas los que renuncian a prestarse a la farsa, como el nadador Kliment Kolesnikov, multicampeón europeo y mundial y medallista olímpico en Tokio 2021.

El medallista ruso Kliment Kolesnikov se autoexcluye de París 2024.

En contraste con la actitud del COI hacia Rusia, Israel no sufrirá ninguna sanción, en momentos en que ese país lleva a cabo un verdadero genocidio contra el pueblo palestino en la Franja de Gaza. Y lo de genocidio no lo dice solo Al Toque, lo dice la comunidad internacional e incluso la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Sin embargo, preguntado por alguna sanción contra el equipo olímpico israelí, el presidente del COI, Thomas Bach, respondió lacónicamente “No habrá sanción, eso está fuera de discusión”.

Carlos Marx decía que la historia ocurre dos veces, primero como una gran tragedia y la segunda como miserable farsa. Y pareciera que los franceses (y los europeos en general) no aprendieron las lecciones que dejó la Segunda Guerra Mundial. Una guerra que destruyó Europa y catapultó a Estados Unidos. Hoy, otra vez, la vieja Europa paga los platos rotos de una política que no es la suya y unos intereses que no la benefician.

¿Podrá el evento deportivo más convocante del mundo tapar esto, mejorar el ánimo social, retrasar el avance del neofascismo? Todas las fichas en este 2024 están puestas en esos juegos olímpicos que se disputarán entre el 26 de julio y el 11 de agosto. Ah, y en la reapertura de la catedral de Notre Dame, prevista para el 8 de diciembre, día de la Virgen María. Casi dos experiencias religiosas, dos actos de fe.

La cosa es ver si no habrá ateos que conspiren contra la religión del deporte inmaculado, como ha ocurrido tantas veces en la historia de los juegos olímpicos modernos.

Gráfico: Al Toque

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