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Por los colombianos, Colombia puede

Por Leonardo Gasseuy

Marcelino Gasseuy

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Creer que por imponer el impuesto al valor agregado a los funerales y crematorios – por citar dos medidas al azar – es el motivo de esta nueva crisis social en Colombia, es como creer que quienes mutilan y destrozan diariamente el Amazona son evangelizadores que solo buscan comunidades para enseñarles a sacar panales, para obtener miel pura de abejas. La fratricida acción del neoliberalismo tiene muchas caras, pero siempre un solo objetivo: generar dependencia, saquear y dominar. Este es el problema recurrente que Colombia tuvo en su momento y tiene en estos días.

El hartazgo de una sociedad cansada y abatida que suplica cambios. No alcanza que el gobierno de Iván Duque despida a su Ministro de Economía, ni dé marcha atrás con su reforma tributaria que busca equilibrar las cuentas para pagarle a la usura global.  Iván Rengifo, líder de los movimientos estudiantiles, dijo en plena lucha “comencemos por desmilitarizar el país, será la primera medida para que haya menos muertos”.

Colombia debe entender que todo puede cambiar. Aun cuando su historia sea ratificada por un presente que lastima y expone. Hoy arde ante la protesta social y ese grito que desgarra muestra el perfil exacto de cómo actúa la hegemónica elite colombiana: reprime ferozmente hasta matar para disuadir las manifestaciones y construye un blindaje mediático, para que los oligopolios de prensa oculten la realidad.

“Nos están matando que lo sepa el mundo”fueron las palabras- suplicas del futbolista Juanfer Otero. Síntesis de un desgarrador presente que mata y miente o, peor, oculta y niega. Otero tiene 25 años juega en el Santos Laguna de México, nació en Sipi, Departamento Choco.

En ese enclave los españoles fundaron Santa María la Antigua del Darién. Fue la primera Ciudad española en América. La crearon con el objetivo de sacar los minerales del noroeste remontando el Rio San Juan. En 1510 Vasco Núñez de Balboa masacró a la tribu del cacique Cemaco y saqueó las alhajas de oro de los nativos. Santa María fue la capital del despojo. La historia de muertes y desigualdad en Colombia nace en el minuto cero de su vida.

El sociólogo italiano Antonio Gramsci dijo hace muchos años que la crisis es el punto intermedio posterior a la muerte de un suceso y anterior al nacimiento de otro. Colombia sintetiza esa gran cicatriz generada por el acero de las transiciones que generaron las desigualdades, el terrorismo de Estado y el olvido a las poblaciones indígenas.

La historia moderna del país se empieza – entre otras cosas a entender – con el devastador efecto que durante años generó el Triángulo de Oro formado por Bogotá – Medellín y Cali, donde se concentra la mayoría de la población, las industrias y los tentáculos del poder concentrador. Además  la zona rica, poderosa y popular que tracciona gran parte del país se vio anarquizada por la violencia. El pueblo está  condenado, víctima  del centralismo del triángulo de oro que no integra, solo descuartiza y excluye.

Con 7.000 muertes en un año Medellín era la ciudad más violenta del mundo. Pero pudo cambiar. Medellín y Antioquia entendieron que el giro respondía a variables de construcción social. El homicidio no se aplica solo al que aprieta un gatillo y detona un explosivo, sino también lo generan los problemas de convivencia, que es parido por la desigualdad. El axioma fue claro; mayor igualdad de oportunidades y trabajo, más presencia de talleres culturales promovidos por el Estado, redundó indefectiblemente en la desaparición progresiva del paramilitar y el narco.

En Medellín, en las comunas del este, donde vivió mucho tiempo el diablo a decir de Líber Cifuentes, se organizaban todos los fines de semanas grades rifas. Al número lo compraba todo el pueblo, el premio era siempre el mismo, un kit completo de sicario: pistola, balas y moto enduro. Ganó la planificación, la inclusión. Fue y es un triunfo social. La inclusión de procesos culturales fue una cuña entre el narco y la nada.

Atlético Nacional de Medellín fue fundado en 1947. En su rico legajo de historia tiene sus páginas negras escritas por Pablo Escobar,  quien lo manipuló con la binaria gestión de la mafia: soborno o violencia. Por aquellos años el club era un espejo de la ciudad: oscuridad, terror y muerte. Pero la evolución del mosaico social se incorporó a la hinchada del club y se generó la conversión.

El cambio de la hinchada se produjo en 2002, cuando todos coincidieron que no había más lugar para la violencia, ni en el club ni en la ciudad. Se formaron subgrupos y se juntaron con las hinchadas rivales ofreciendo un juramento: que en el Atanasio Girardot los estribillos jamás hablarían de muerte, no habría emboscadas y se respetarían a nivel sagrado las banderas rivales. Comprendieron que era absurdo seguir matándose por una camiseta o un resultado.

La barra forja acciones estructurales. Los jóvenes acorralados por la droga y el alcohol son atendidos por los psicólogos de la hinchada, hacen cursos de chef y se reinsertan en pizzerías de la ciudad. Hoy conforman un colectivo de obreros formados, estudiantes reaccionarios y una juventud que escucha hablar de la muerte de antaño con respeto y prudente distancia. Colombia tiene salida y el camino está a la vista.

Las medidas fiscales que propone Iván Duque es parte de ese mal que ajusta, anestesia y mata. Los cambios deberán nacer del colectivo social o solo serán remiendos mal suturados. Ocultaran números de muertos y aceitaran los engranajes de la represión. Le rogaran al fariseísmo de la Conmebol esperar que pase este chubasco y les reprograme la Copa América, circo de opio que cada vez engaña menos. Los gobiernos egoístas entenderán que, participando a los sectores postergados, comenzará la producción de anticuerpos, santo remedio gestado desde las propias entrañas de un cuerpo que sufre.

Cuando Bush vino a Colombia, en 2007, “Los del Sur”, la hinchada de Atlético Nacional, ataron una bandera que decía “Fuera Bush. Otra América es posible”. La historia es recurrente. Los oprimidos son los mismos y para toda Latinoamérica el mal endémico siempre proviene del mismo sitio. Los colombianos pueden solucionarlo con sus manos. Los hechos sobran y están a la vista.

* Leonardo Gasseuy vive en San Francisco, Córdoba. Es empresario. Apasionado del deporte, la geopolítica y la historia.

Este artículo es fruto del trabajo autogestionado de Al Toque Deportes. Estamos preparando un modelo para que nos acompañes y estemos cada día más cerca.

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