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Trump: la vergüenza que se institucionalizó

Por Leonardo Gasseuy *

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“Cuando subestimes algo, solo te encomendarás al error”. Lo repite hasta el hartazgo Zorba el Griego, en la pluma de Nikos Kazanzakis. Fuimos muchos los que subestimamos a Donald Trump, antes y durante, trataremos que no haya un después. Desde que irrumpió en la arena, hace muy poco tiempo, siendo un outsider, le pronosticamos una corta vida política. Nos sobraban los argumentos. Luego de ganar potenció las dudas y las mutó a realidades. Un personaje de la peor calaña en la cima del mundo. Nadie podía presumir que saldría de eso. Lógicamente el tiempo confirmaría que el resultado sería el peor.

¿En qué subestimamos? La “lógica” indica, “casi” sin fallar, que un ser humano autoritario, abusivo, xenófobo, misógino, deshonesto, racista, inepto, divisivo, mentiroso y delirante no puede compartir su vida en comunidad. Menos ser un presidente exitoso y menos aún de un país como Estados Unidos, que luego de la Segunda guerra convirtió al mundo en una inmensa base militar con su bandera.

Trump recibe una remera de regalo de su principal aliada deportiva: la NFL.

Trump por estos días denuncia maniobras ilegales y no reconoce ganador a Biden, olvidando que su triunfo de 2016 en parte se debió a que hackers rusos jugaron un papel fundamental para debilitar a los demócratas. Desde que llegó a la Casa Blanca no se cansó de dividir a su país y al mundo. Se erigió en forma demagógica como el presidente del proletariado norteamericano, representando a los obreros de las fabricas pobres que fueron sistemáticamente aterrorizados con la modernización, la globalización y la tecnología. Trump contaminó con odio cualquier proactividad de avanzada y deja un país agrietado como nunca.

Los blancos desempleados y a una mayoría agrícola con sistemas de producción rudimentarios que aman a Trump aprueban sus formas. Es toda una paradoja que la mitad de los “dueños” del mundo traten de edificar poder diciendo que el calentamiento global es un mito, las energías renovables son un disparate y militen combatiendo la inteligencia artificial y la robótica.

Los cuatro años de Trump en el poder se sintetizan en la creación del muro divisorio con México de 3.000 kilómetros, una pared elevada de racismo anti latino inaceptado en esta y en cualquier época – a la frontera con Canadá, nunca planeó cerrarla -. Abandonó cualquier avance medioambiental y retiró a EEUU del Acuerdo del Clima de París que suscribían 195 países.

Su política exterior fue aislacionista, pisoteó la comunidad internacional como la UNESCO, la OEA, la OMS y, parado en el pedestal de la soberbia y el poder, sancionó comercialmente por la fuerza a cada país que quiso.

Estados Unidos es la síntesis entre otras cosas de intercambio desigual, extorsión financiera, sangría de capitales, monopolio de la tecnología y de la información y la alienación cultural. Se autoconsideran la democracia modelo y desde ese sitio digitan al mundo con los atributos binarios de la mafia: soborno o violencia. Operando como los gerentes digitativos de la usura supranacional y sentados sobre el arsenal bélico más grande del planeta. La administración Trump, no ahorró esfuerzos en solidificar estos históricos atributos de dominación.

Donald Trumpo junto a Jonh Henry, dueño del equipo de beisbol Red Sox de Boston.

Nos encontramos entre la gran cantidad de analistas que subestimamos y nos equivocamos, creyendo que su triunfo de 2016 era un accidente y terminó siendo una tendencia. Consolidó con astucia el conservadurismo social con populismo económico, con un alto poder de manipulación, que confundió a las minorías latinas y logró que el Partido Republicano sea el partido de los trabajadores, algo tan impensado como la propia historia política de Trump. Después de tantas aberraciones realizadas, cosechar 71 millones de votos y ser aprobado por el 47 % es solo poner a germinar un modelo que llegó para quedarse.

Biden, como nuevo inquilino de la Casa Blanca, no generará mayores cambios para Latinoamérica, tal vez un maquillaje de corrección sobre el duro cuerpo de la estatua opresiva de siempre. Lo que esperamos que cambie es la manera en que los latinos abordamos la realidad de nuestros pueblos en materia de comunicación. La misma patética imagen de superflua inconsistencia de Trump se vio en gran parte de la prensa argentina a lo largo de la gestión republicana, con una asombrosa liviandad de contenidos, generando una baja densidad periodística, sin entender que, desde su lugar, la prensa es un fuerte pilar que edifica el estado social de derecho.

LeBron James es el ícono deportivo que se manifestó en contra de las políticas de Trump.

‘More than a vote’ –hacer que la gente vote- fue la campaña de LeBron James.  Pocas veces en la historia electoral de EE UU, una campaña unipersonal expresó la solidez y conciencia que generó LeBron. Sintetizando al hombre común, con simpleza, dijo “elijamos a uno mejor”. Logró su objetivo con la misma tozudez con que se cargó la Liga sobre sus hombros cuando Trump acusó a la NBA como una organización política.

LeBron deberá entender que su verdadero partido comienza ahora. Cada día que pase la grieta se agigantará. Twitter será tan protagonista como en estos últimos cuatro años, donde la velocidad y la beligerancia tiene prioridad sobre el rigor y la verdad. Para nosotros los del cono sur Biden y sus demócratas no nos reportan esperanzas. No pasa por abrigarnos con el sórdido pesimismo de los descreídos, sino por conocer claramente la historia, tanto que cuando miramos al norte y sus recetas parafraseamos a Galeano con eso de que “cada vez que Estados Unidos salva un pueblo, lo deja convertido en un manicomio o en un cementerio”.

* Leonardo Gasseuy vive en San Francisco, Córdoba. Es empresario. Apasionado del deporte, la geopolítica y la historia.

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