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Canadá aún espera

Leonardo Gasseuy

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El movimiento en el aula magna de la Universidad Urbaniana de Roma era frenético. Todo estaba preparado para un acto. La presencia de tanto despliegue entregaba una certeza: estaría el Santo Padre. El Papa llegó en su silla de ruedas, sonriente, sereno. Presentaría la Tercera Edición del Partido de la Paz.

Ambiente ecléctico. Francisco con una pelota en la mano, el locutor diciendo que el juego se haría el 10 de octubre en el Estadio Olímpico de Roma.  Bono y gente de U2 sentados con cardenales de Senegal, Maxi Rodríguez se reía con Ronaldhino, Dani Alvez firmaba autógrafos a estudiantes brasileños, mientras el sindicalista Julio Piumatto sacaba fotos con su teléfono.

El eficiente protocolo papal contaba en detalles que la celebración será organizada por el movimiento educativo Scholas Occurrentes, una organización Internacional de Derecho Pontificio que integra a más de medio millón de escuelas y redes educativas (también recibirá lo recaudado). Hasta ese día, Scholas era una Fundación.

¿El momento más emotivo? Cuando se oficializa que el partido, más allá de los fines recaudatorios, serviría para homenajear a Diego, el que nació en Fiorito. Se exhibieron videos de Dalma y Gianina. Francisco dijo que en la cancha era un poeta, pero fuera un hombre frágil. También Messi envió un video y el acto se cerró cuando el Papa anunció en forma menos ostentosa, que, a través de un quirógrafo de su propio trazo, Scholas pasará a ser una “Asociación Privada de Fieles de carácter Internacional”. Se le pueden objetar muchísimas cosas al Vaticano, pero nunca carecer de timming para manejar sus tiempos. De fondo, tenue como una letanía, Manu Chao decía en su canción que haría si fuera Maradona.

La presentación quedó en el tiempo, a intramuros, en medio de la ocre opacidad donde se cuecen los entresijos del Estado más pequeño del mundo. Liviana y anecdótica. En un mundo casi monárquico, en el que cada cosa que se “oficializa” resulta ser un sutil cosmético. ¿Lo concreto? El viaje de Francisco a Canadá. El Papa tiene la oportunidad histórica de comenzar a desandar un camino que conduzca a la justicia verdadera. El mismo lo dijo: “Este es un viaje penitencial, lo hacemos con ese espíritu”.

En el viaje número 37 de Francisco, la comitiva vaticana se encontró cara a cara con los máximos representantes de las comunidades indígenas de las tribus Inuit, First Nations y Métis. Miembros de las familias aborígenes que sufrieron tanto dolor durante muchos de sometimientos, abusos y muertes.

Canadá en su oscura historia debe rendir cuentas. Lo mismo la Iglesia Católica. La colonización en el norte del continente tuvo su página aberrante, con el más sensible órgano social: el niño.  El Vaticano siempre lo supo. Fueron 116 años (desde 1880 a 1996) cuando funcionaron las siniestras residencia e internados de las escuelas católicas canadienses.

En 1880, junto con otras políticas federales de asimilación forzosa, el gobierno comenzó a establecer colegios residenciales en todo Canadá. Llevaban a los niños indios a escuelas lejos de sus comunidades de origen, como parte de una estrategia para alienarlos de sus familias y entornos familiares. En 1920, bajo la Ley Indígena, se hizo obligatorio que todos los niños autóctonos asistieran a una escuela residencial. Sería ilegal asistir a cualquier otra institución educativa. La Ley homologaba el terror que más de 150.000 niños sufrirían en 139 escuelas alojamientos.

La historia comenzó con la misma brutalidad que terminó. En 1879, el primer ministro canadiense, John A. Macdonald, encargó a Nicholas Flood Davin (Periodista y Miembro Conservador de la Cámara de los Comunes) que estudiara las escuelas industriales para niños indígenas en los Estados Unidos.  Davin recomendó seguir el ejemplo estadounidense de “civilización agresiva”. “Si hay que hacer algo con el indio, hay que atraparlo muy joven. Los niños deben mantenerse constantemente dentro del círculo de las condiciones civilizadas”, escribió. Nació el informe Davin. Un esquema educativo diseñado específicamente para “matar al indio en el niño”

 A los jovenes se les prohibía hablar en su lengua nativa o practicar su cultura y con frecuencia eran víctimas de violencia, abuso sexual e inanición. Se dice que, a partir de 1940, científicos enviados por el gobierno federal instalaron laboratorios y los experimentos que se hacían con ratones y conejos, se empezaron a hacer con los niños indígenas. Siempre reinó el silencio. En enero de 2021 comenzaron a salir las evidencias. Más de 1.100 tumbas infantiles sin registros fueron encontradas en torno a Iglesias, linderas a los internados.

Naciones Unidas exigió que se investigara el tema. Así nació la comisión “Verdad y reconciliación” que terminó sus trabajos en 2015. 4.000 niños murieron y el informe consigna que podrían existir fosas comunes con más restos. “Canadá cometió un genocidio cultural”, concluye la investigación. A principios de 2021 más de 17 templos católicos fueron incendiados en territorios autónomos.

Francisco llegó a Edmonton y mostró su impronta. No se reunió de inmediato con Justin Trudeau. Fue en busca de los líderes y les llevo el sincero perdón de toda la iglesia. Se encontró con miles de indígenas sobrevivientes del terror. El jefe Randy Emineskin, de la nación Ermineskin, uno de los anfitriones dijo con la voz quebrada: gran parte de mi familia fueron residentes. Ya no están aquí. Exigen algo más que un acto de contrición.

El Papa debe dar respuestas más sólidas.  No basta que Francisco sea un hombre a favor de las corrientes migratorias y en contra de los muros, que esté involucrado en la lucha contra el cambio climático y a favor de que las vacunas de Covid-19 sean gratuitas para todo el mundo y le de lucha a la ultra derecha vaticana. Como jesuita debe condenar lo de Canadá con la misma fortaleza que enfrenta los oscuros personajes de su iglesia. Bergoglio rompe el paradigma y el esquema actual de un clero con tendencias conservadoras y en muchos casos neofascistas. No basta con el perdón. Ni si quiera alcanza para disimular la vergüenza.

Maradona tendrá su partido. El marketing pontificio engalana a Diego con la fecha del 10 del 10. El Olímpico de Roma será una fiesta, con Messi y las estrellas. Pero solo cotillón. Superfluo y mercantil. En ningún momento el Papa, ni nadie del Vaticano se comprometió ante los familiares de los indígenas canadienses en abrir los archivos de la iglesia para saber el destino de miles de niños que fueron reclutados forzadamente y no regresaron a sus hogares. La típica política vaticana. Cerrada y sin compromiso. ¡Porque nos arropamos en el sórdido pesimismo? Tal vez valga recordar la metáfora del genial Eric Frattini,  “Una noche, en Jerusalén, una prostituta señala a Pedro y le dice: «Tú eres un seguidor del nazareno», a lo que Pedro responde: «¿A qué se refiere?». Esa misma noche nacía la diplomacia vaticana, que seguirá actuando del mismo modo durante los siglos siguientes.”

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