Fútbol
Taty, en el Cilindro

Ariel Scher
Periodista.
Taty llega al Cilindro, por vez inaugural, en la noche de ese viernes gélido y húmedo de julio de 2017. Como siempre, habla firme. Como siempre, habla con esperanza. Late plena de cara a una de las puertas de acceso. Ni nadie ni ella saben que, en unos años, el 7 de diciembre de 2021, el Cilindro, ese estadio de tanta vida, albergará la ceremonia grande en la que Racing le restituirá la condición de socios y socias del club a los desaparecidos en la última dictadura que, entre identidades enormes y diversas, se proclamaban de Racing. Ni nadie ni ella tampoco conocen que, en esa ceremonia, abajo del cielo de Avellaneda, alguien pronunciará el nombre de Alejandro, su hijo, secuestrado el 17 de junio de 1975 a los 20 años, muy y más que muy de Racing, para volverlo, como enunciará el carnet en una síntesis certera e impresionante: socio eterno.

Lo que sí domina Taty -Taty Almeida, Madre de Plaza de Mayo, madre de madres, madre de Alejandro, de Fabiana y de Jorge, madre de luchas que jamás se agotan porque ella jamás se agota, madre de infinitas gentes que la sienten madre cada vez que la oyen, la miran, lo acarician en una foto o la aplauden con el alma- en ese viernes de julio de 2017 es que en el Cilindro cabe un mundo porque en el fútbol cabe un mundo. Un mundo en el que, a su vez, cabe Alejandro, que estudiaba, que militaba, que soñaba, que entretejía poemas, que trabajaba, que se la jugaba por las pertenencias colectivas, que no sólo gritaba igualdades y justicias sino que luchaba por construirlas, que gritaba goles, que se abrazaba. Que llevaba todo eso que lo constituía cada vez que desembarcaba ahí, también en ese mundo, en ese mundo suyo, en el Cilindro.
Entonces, cuando Taty llega al Cilindro ese viernes de julio de 2017, ve ese horizonte. Lo ve con su corazón gigante, lo ve con su valentía gigante, lo ve con su memoria gigante. Ve el mundo en el que saltaba, y reía, y respiraba, y palpitaba, y se embroncaba, y se desembroncaba, y retornaba a la ilusión, Alejandro, su Alejandro. Ve y se le nota que ve. Porque Taty, alguien que ya ha visto todo o casi todo, es una madre parida por su hijo, una madre que ve como únicamente puede ver una madre.

Así que, mientras ve todo lo que ve, Taty carraspea para hablar como siempre firme, para hablar como siempre con esperanza, para hablarle un poco a la humanidad y otro poco al estadio. Y, hermosa Taty, dice de un modo que hasta el frío y la humedad la oyen:
-Acá está Alejandro.
Y otra vez tiene razón: ahí, eterno como Taty, Alejandro está.
Foto principal: Luis Angeletti
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