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Los marchantes del Andino

*Por Agustín Hurtado.

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La marcha atlética, la nueva inquietud de Mardones.

Una de las actividades que Mardones disfruta mucho es acompañar a Mía al Andino, cuando ella sale a hacer sus rutinas de ejercicios. Claro que sólo la acompaña hasta el lugar. Una vez allí, mientras ella camina, trota, corre y demás, él se instala en algún banco o sobre el césped y se pone a leer. A veces ni siquiera se lleva un libro, simplemente se sienta a observar lo que sucede a su alrededor.

Cada tanto sus pensamientos son interrumpidos por los insultos y quejas de Mía. Su novia se toma un descanso y llega despotricando. Le recrimina al mundo, a la vida, a Dios y a otras tantas entidades metafísicas el tener que hacer ejercicio. Para ella, el salir a correr es una cuestión de salud más que de iniciativa propia. Asmática desde chica, necesita mantener el cuerpo en movimiento. Además, según ella, le sirve para mantener los kilos a raya.

Ante las quejas, Mardones -que no siempre es el tipo más compresivo del mundo- le dice que si tanto le molesta correr, no lo haga. «Parece un poco masoquista lo tuyo», le dice con algo de ironía. «Lo que pasa es que algunas no tenemos la suerte de otros, que pueden comer lo que quieren y no engordan», le responde su novia algo ofendida y se pone los auriculares para volver a la rutina.

Una tarde, el intercambio de opiniones fue un poco más elevado de tono y su novia demostró una de sus cualidades más interesantes: su capacidad para el insulto. Mía no tiene problemas en demostrar su disgusto o su admiración a través de alguna grosería. Es de palabrota fácil. En esa ocasión no dudo en dispararle un sonoro epíteto a Mardones. Lo dijo de tal manera que una pareja de ancianos que pasaba por allí no pudo evitar oírla y soltar una carcajada. A ella mucho no le importó que la escucharan y volvió a lo suyo. Mardones se quedó mirando a la pareja que iba por Boulevard Ameghino en dirección a Pasteur.

A Mardones le llamó mucho la atención el extraño movimiento que hacía la pareja. Estaba claro que eso no era correr pero tampoco estaban caminando. Avanzaban como descaderados y con tranco bastante corto. Vistos desde atrás parecían patos recién salidos del agua.

Mientras aguardaba que Mía volviera, Mardones se puso a investigar qué era lo que estaba haciendo esa pareja que recorría el Andino. Teléfono en mano, le pidió los primeros datos a «San Google».

Rápidamente descubrió que se trataba de una disciplina tradicional dentro del atletismo y el olimpismo. Su denominación oficial es la de Marcha Atlética y ha estado presente en los Juegos desde 1908. Lo única que ha ido cambiando es la distancia que deben recorrer los competidores.

Los primeros registros de este tipo de competencias datan de finales del siglo XVIII en Europa. Con su incorporación en los Juegos Olímpicos Modernos la disciplina se popularizó en todo el mundo.

Vista desde lejos, tiene las características de una prueba de resistencia al estilo de las maratones. Pero si se le presta atención se verá que tienen marcadas diferencias, en términos técnicos y reglamentarios.

La gran diferencia radica en que en la marcha, al menos un pie debe estar en contacto con el suelo durante todo el tiempo. En general, cuando cualquiera corre o trota, suele intercalar momentos de apoyo, con momentos de vuelo. Hay instantes en los que ambas extremidades inferiores están en el aire. En la marcha esto no es posible. Además, se le suma que la rodilla debe permanecer recta cuando el pie se mantenga en contacto con el suelo.

Si alguien levanta ambos pies, puede recibir sanciones. En las competiciones se utilizan paletas amarillas y rojas para marcar las penalizaciones. Cómo en el fútbol, las primeras implican advertencias y las segundas la descalificación.

Es por esa razón que la técnica a la hora de moverse es tan extraña. Como no se pueden despegar los pies del suelo, hay que tener mucha concentración para no cometer errores.

El movimiento consiste en tres fases. La primera es la tracción, en la que se afirma el talón del pie de apoyo y comienza el movimiento. Después sigue el sostén en el que el peso del cuerpo es sostenido por el pie de apoyo asentado en su totalidad (la pierna de apoyo y el tronco deben quedar en línea recta) y se eleva la cadera contraria. Finalmente llega el momento del impulso, que se produce en el momento del doble apoyo. El primer pie comienza a levantarse y el segundo a apoyarse. Los brazos cumplen un rol fundamental para mantener el equilibrio y evitar que los pies se levanten.

Este movimiento sincronizado que involucra a todas las partes del cuerpo es el que origina esa imagen tan particular que transmiten los que marchan. Alguno diría que parecen los viejos juguetes a cuerda, que avanzaban repitiendo la misma secuencia una y otra vez. Ese vaivén, que parece curioso y hasta gracioso, ese el resultado de un desplazamiento complejo y muy mecánico.

Otra de las características que tiene el movimiento de la marcha, es que suele demandar un mayor esfuerzo de energías que una corrida o un trote. Quien marcha suele gastar más calorías que el que corre, ya que no hay periodos de vuelo en los que no se esté tomando impulso desde el suelo. Justo cuando Mardones leía sobre eso apareció Mía, bañada en transpiración y dispuesta a elongar.

Mardones suele tener raptos de mal llevado y siempre disfruta de tener la última palabra en las peleas y discusiones. Por eso no perdió la oportunidad de decirle a Mía que si lo que quería era quemar grasas, le vendría bien incluir en su rutina un rato de marcha atlética. Su tono irónico, hizo que su novia utilizara su escaso aliento para dirigirle un sonoro: «Pero ¿Porqué no te vas bien a la…?» .

Por Agustín Hurtado – Periodista y docente universitario.

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