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Efemérides

Allá en General Deheza y hace mucho tiempo…

En el Día de la Futbolista, también recordamos rememoramos un histórico partido para el fútbol femenino de nuestra región. También un día como hoy, pero algunos años antes de la hazaña de la Selección Argentina en México. Un 21 de agosto de 1965 se enfrentaron en General Deheza 25 de Mayo y Estrella Azul. En memoria de ese partido, recordamos fragmentos de la nota que es parte del libro Miralas Gambetear.

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Síntesis de aquel histórico partido.

Hoy se celebra el Día de la Futbolista Argentina en recuerdo del triunfo 4 a 1 de la Selección Argentina ante Inglaterra. El partido fue un 21 de agosto de 1971, valido por la Copa del Mundo de México, la primera experiencia mundialista para la Argentina en el fútbol femenino.

También un día como, pero unos años antes de ese hito, hubo un partido histórico en nuestra región. Un 21 de agosto de 1965 se enfrentaron 25 de Mayo y Estrella Azul en la localidad de General Deheza.

Fueron nuestras pioneras. El partido fue triunfo 4 a 0 de 25 de Mayo, con dobletes de Raquel Echeverría y Olga Quevedo.

En memoria de ese partido, recordamos fragmentos de la nota que es parte del libro Miralas Gambetear – Las mujeres cambian la historia del fútbol con golazos a los prejuicios de género: Allá en General Deheza y hace mucho tiempo…

En 2019 compartimos una hermosa charla con las hermanas Echevarría: Raquel -goleadora de ese 21 de agosto de 1965, Juana -también jugó ese encuentro- y Leticia.

“Raquel está viniendo, ya entraron a Río Cuarto, así que no demorará en llegar”. La dueña de casa advierte que la cita para evocar entrañables momentos se dilatará sólo unos minutos. Son casi las 10 de la mañana. En barrio Alberdi aún hace frío. El sol luminoso e impoluto comienza a colorear la cotidianeidad de la familia, pero no alcanza para elevar la temperatura, aunque es el presagio de un gran día. La radio de fondo anuncia que hace 6.7 grados centígrados pero la sensación térmica es de sólo 2.5. El clima se refleja en cómo transpira el vidrio de la ventana de la cocina, el contraste del fresco del afuera y la calidez del hogar. Uno de los hijos sentado en la computadora en su pieza, mientras el otro recupera sueño luego de una trasnochada de baile. 

La dueña de casa es Juana Nely. “Ahí llegó”, afirma al escuchar que el motor de un auto deja de marchar. Emponchada y con entusiasmo, raudamente ingresa Raquel escoltada por Leticia, la hermana más chica de la dinastía Echevarría.

Ella, su hermana Juana y otras tantas fueron parte de los primeros esbozos del fútbol femenino en la localidad de General Deheza bajo la dirección de don Froilán Ferreyra. Como si abrazase una pelota de fútbol, en su mano derecha contiene con celosa custodia fotos en blanco y negro.

“Mira -invita- la mayoría de estas fotos son del equipo de Alberdi de los años 60. Y nosotras estamos en esta solita; es del 63”. La foto es una postal, una reliquia con contornos blancos y matices de grises que llenan de colores los recuerdos: “Esa es mi hermana -indica-, ahí está la ´olguita´ Quevedo, y ellas son las hermanas Díaz”.

Mientras mamá Elmida cosía para afuera y papá hombreaba bolsas en el campo para poner el pan en la mesa, Juana, Raquel y Leticia jugaban a ser feliz en aquél pequeño poblado ubicado a la vera de la ruta Nacional 158. Esa localidad que, con la luz del día, se superpoblaba y luego, de noche, retomaba su fisonomía habitual. Era la dinámica que le imprimía (y aún lo hace) el proyecto fundacional de Adrián Urquía: la Aceitera General Deheza. Un parque productivo que nació en 1948 y en los años sesenta experimentó la tecnificación de su actividad, el incremento y multiplicación de su producción, una dura crisis (1968) y una refundación (1969) para erigirse en la actualidad en un complejo agroindustrial que exhibe un posicionamiento distinguido en el mercado argentino y mundial por sus niveles de integración, diversificación y tecnología.


“Mi padre era un hombre muy bueno, pero no quería que jugáramos al fútbol y a nosotras nos encantaba”, reafirma Raquel


Las horas compartidas con los varones con estirpe futbolera en la crianza acrecentaron el gusto y la pasión de las hermanas Echevarría por el deporte. Pero en aquellos tiempos jugar al fútbol era considerado potestad sólo de hombres: “Mi padre era un hombre muy bueno, pero no quería que jugáramos al fútbol y a nosotras nos encantaba”, reafirma Raquel, quien confiesa que utilizaron al tío Cecilio como “gestionador” de permisos que generalmente eran denegados. Las desbordantes ansias de jugar al fútbol debían ser canalizadas de alguna manera, por tanto Raquel y Juana apelaban a la “gambeta”: ese artilugio para generar ruptura desde la belleza creativa, recurso estético/productivo iniciador de toda revolución dentro de un campo de juego y que, con el paso del tiempo, la mujer lo empleó para esquivarle a las prohibiciones y prejuicios a los fines conquistar un espacio históricamente negado.

“Nosotras nos escapábamos para ir a entrenar con don Ferreyra. Le pedíamos dos pares de zapatillas a mi tío para ir a jugar. Lo dejábamos descalzo al pobre tío y tenía que quedarse en cama hasta volviéramos del fútbol… ¡era tan bueno!”, exclama Juana.

Las estrategias para lograr jugar sin levantar sospechas fueron eficientes hasta que el ´Baby metió la cola´. “En casa no podíamos dar señales de que nos íbamos a jugar al fútbol. Pero un día nos siguió el perro que teníamos -Baby-. En realidad, la siguió a mi hermana más chica: Leticia (“si no me llevaban a mí, ellas no iban porque no me podían dejar sola, era la más chiquita”, aclara la más pequeña de las hermanas) y cuando mi papá empezó a seguir el perro nos encontró en el campito jugando al fútbol. Ahí se acabó el juego. El no quería que jugáramos”. Pese a que fue un período demasiado breve para tanta pasión fue intensamente vivido.

Hablan con nostalgia de aquello que duró poco, pero bastó para ubicarse en el sitial de lo mejor de la vida pasada: “Jugábamos con los primos y sus amigos, con quien estaba en la calle nos prendíamos, generalmente eran varones. Jugábamos en la calle. Una vez nos amenazaron que no nos iban a entrenar más porque jugábamos con los muchachos y nos podían golpear”.

“Qué tal las vagas…”

Evocan, sonríen, disfrutan. “No se podían organizar muchos partidos formales porque casi no había equipos, más que Alberdi en Río Cuarto, Estrella Azul, quizá alguno más, y no mucho más. Pero cada vez que jugábamos en canchas y con camisetas era una fiesta. Iba mucha gente a ver los partidos, llamaba la atención. Recuerdo que jugamos en General Cabrera un amistoso en el Club Unión. Creo que fue ante Estrella Azul. Y cada vez que había partidos con camisetas y gente nos pagaban después de los partidos porque generalmente se invitaba a gente de Río Cuarto y a ellas se les deba para afrontar los gastos del viaje, la comida… Por eso a nosotras también”, señala Raquel. “¡Qué tal las vagas…!”, exclaman al unísono.

Los partidos en Deheza se disputaban en el club 25 de Mayo, en cercanías de la ruta. “La cancha estaba cercada por bolsas arpilleras porque daba la ruta. No había nada, era todo descampado”, apunta Leticia, quien nunca jugó al fútbol, pero fue fundamental para que sus hermanas sí lo hagan: “Mamá pasaba sus días haciendo las cosas de la casa, cosiendo, y dedicó gran parte de su vida a cuidar a una hermana discapacitada que teníamos (falleció hace algunos años) así que, si con Raquel nos íbamos a algún lado, debíamos llevarnos a la más chiquita. Por eso Leticia nos acompañaba cuando jugábamos”, explica Juana.


“A nosotras nos apasionaba, pero nacimos en tiempos equivocados. Por eso no había equipos, no hubo continuidad”


Por entonces, la postal del pueblo estaba compuesta por un latifundio con algunas casas, la evolución de la planta productiva de AGD, la ruta y la estación ferroviaria (la Dirección Nacional de Ferrocarriles le dio la nominación de General Deheza) como marca identitaria que determinaría el nombre de una localidad que en sus inicios se llamó: Villa La Agrícola.

Mucha extensión de tierra, poca urbanización y farolas lumínicas en las esquinas cada 200 metros aproximadamente. Cuando el ocaso marcaba en el fin de la actividad diurna se advertían jóvenes que resistían a ese epílogo: “Cuando se hacía de noche, buscábamos algunas esquinas con un farol prendido y seguíamos jugando a la pelota hasta que nos iban a buscar nuestros padres para comer. Siempre hacíamos partidos con las primas Zabala, sus hermanos y amigos”. La intersección de 25 de Mayo y Córdoba (o en su defecto Azcuénaga) vio germinar y engrandecer la pasión, el gusto y el placer por el fútbol: “A nosotras nos apasionaba, pero nacimos en tiempos equivocados. Por eso no había equipos, no hubo continuidad. Sólo jugábamos cuando don Ferreyra podía armar partidos con otros equipos, que no había tantos tampoco. Aparte los hombres no querían que juguemos”. Es así que esas delanteras goleadoras y mañosas (´yo hacía un poco de teatro, cuando se me iba un poco larga la pelota, buscaba el contacto con una rival y me tiraba para sacar algún foul´, admite Juana y agrega: ´don Froilán siempre me decía que era buena… buena mañosa´) optaron por las bochas o el básquet, aunque Raquel reincidió en su viejo amor el fútbol cuando ya tenía 40 años y algunas arrugas en su rostro jovial: “Nos dirigía Facundo Quiroga. Jugábamos para la Municipalidad de General Deheza y fuimos a Villa del Dique, Las Higueras… casi 25 años después me animé a volver a jugar. Ya en esa época había torneos comerciales y en el pueblo había dos equipos: el nuestro y el otro era Los Toritos Dehecinos. Ahí jugaba la señora de mi hermano”.

 -Y las otras chicas del barrio o del pueblo, ¿las iban a ver jugar?, ¿Cómo eran ustedes consideradas por jugar a ese deporte “exclusivo de hombres”?

“Las chicas q no jugaban nos iban a mirar, pero a muchas les encantaba jugar, pero no las dejaban. Es más, había una que atajaba muy bien pero no la dejaban jugar (Bety). Algunas chicas se morían de ganas de patear como nosotras ¿Te acordás?”, contesta y exhorta Juana. Raquel asiente y amplía: “Después del Colegio íbamos a jugar siempre, qué tiempos hermosos. Fueron épocas hermosas. Es más, yo ya les dije a mis hijos que cuando me muera quiero que me cremen y mis cenizas las tiren en la cancha de Acción Juvenil… mis hijos se enojan (risas)”.

Esa cuadra y media entre la casa de los Echevarría y la canchita delimitada por bolsas arpilleras se transitaba en un vuelo mágico hacia la felicidad… esa felicidad que tiene cuerpo de mujeres con zapatillas prestadas. Entre la sonoridad del paso de los camiones por la ruta 158 y el inconfundible aviso del paso del tren se oía un grito de gol que viajaba por el filo de los rieles. Tronaba un energético “tocá ´chavarra´, tocá”. Sobre ese rectángulo con mayoría de guadal se posaban las miradas deseosas de quienes no podían ser parte por los mandamientos culturales de la época.

La fidelidad y el cariño inquebrantable del primo Ángel que les “hacía la pata” a Raquel y Juana tiraba una pared con el amor profundo del descalzado Tío Cecilio, que supo pasar tardes enteras en cama para que las sobrinas futboleras puedan tener las zapatillas para jugar. Las miradas cómplices con las hermanas Zabala para desafiar la marcación y el ocaso de los días al son de un picadito. La remembranza de cada momento vivido es un grito sagrado que reverbera, cuarenta años después, en corazones que aún esperan en el andén ese amor que partió para nunca más volver.

* Extraído del libro Miralas Gambetear – Las mujeres cambian la historia del fútbol con golazos a los prejuicios de género.
Gráfico: Al Toque
Redacción Al Toque

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